En la tercera década del SIGLO XX, Gardel incluía este verso en un momento del tango “VOLVER”, así continuaba el anterior: “Sentir que es un soplo la vida”. Las sentidas palabras se entendían mejor entonces; en un mundo mucho más lento que el que conocemos hoy, con urgencias distintas. Los días eran parecidos y podía preverse un futuro más o menos similar. Las cuatro estaciones del año se presentaban más apacibles con las características que les eran propias y, de repente, los jóvenes se volvían viejos en el mismo escenario que les ofreció la vida sin grandes cambios.
La cuestión viene a propósito de lo que expresó públicamente un elocuente periodista cuando, opinando sobre este año perdido y estrafalario, manifestaba que, en un mundo también bastante conflictuado, nosotros necesitaríamos más de veinte años haciendo las cosas bien -lo que es poco probable- para volver a la situación que teníamos hace cincuenta o sesenta años atrás. Apuntó a la situación catastrófica de la educación, exhibiendo fotos de la contrapartida que ejemplificaba Hiroshima, en la que un maestro daba clases a sus alumnos al aire libre y entre los escombros que acababa de dejar la bomba. Ahí esta Japón ahora, mientras esa posibilidad nosotros la descartamos con aplausos desde el vamos.
Ellos desde el comienzo presentían en medio de la hecatombe, que la educación era impostergable. Nosotros regalamos días, meses y años sin atisbos de algún plan para no detenernos en el tiempo.
Setenta años atrás había un tercio de la población actual y se depredaba el planeta en esa proporción. Hoy en este corto lapso, los habitantes se han más que triplicado y la depredación ni hablar. Dentro de veinte años con unos cuantos miles de millones de personas más y depredación mayor de lo que para entonces quede, la complicación no nos animamos a suponerla. Entre muchos otros, basura, aire y agua serán problemas graves que deberán afrontarse con tecnología y capacitación general.
De allí que no se comprenda que nosotros, que comparativamente viajamos detrás del último vagón, podamos aceptar que el presidente y su comitiva denigren el “mérito”. Personalmente no coincido para nada; creo que metafóricamente es lo mismo que equiparar a Baradel y su fábrica de burros con Favaloro. Un ser excepcional que estudió, dedicó diez años a ayudar a los otros en el campo; otros diez en perfeccionarse para finalmente VOLVER a su tierra con todo el bagaje de experiencia alcanzado, ayudando nuevamente salvando vidas. Claro que terminó suicidándose al comprobar que su aporte valioso era ignorado. No se negará que él fue un ejemplo de mérito, aunque la indiferencia lo sepultara.
Lamentable y “coincidentemente” (?) el Papa -otro argentino- se expresaba en forma similar al presidente menoscabando el valor del mérito. Menudo consejo de una voz resonante que alienta el desvalor de cualquier actitud que se reconozca positiva frente al desafío mayúsculo del futuro cercano. ¿Qué entenderán por mérito? No tenemos veinte años para averiguarlo.
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