Es obvio que la manifestación nacional y extraordinaria del día 17 de agosto, fue provocada por causas diversas, pero, fundamentalmente, la principal fue la llamada reforma judicial. Un verdadero injerto que sólo aspira a eludir los procesos que Cristina Fernández anticipa le serán desfavorables. Ésta, sin negar la autoría de la mal habida apropiación, exhibe una histeria furiosa que hace temblar a sus súbditos y actuar en consecuencia. “¡¿Si, fui yo y qué?!”. Acurrucados los subordinados podrían hacerse cortar las venas con tal de no enojarla. Los corre con la vaina.
El presidente asume sin chistar la vergüenza del descaro y prepotencia de su jefa. En realidad, este fenómeno es el que ahora nos motiva; la ignominia del presidente que soporta el yugo impuesto por quién se suponía subalterna que ostensiblemente lo maltrata y hace notar quién manda; también que él es un mandadero. Para más, no es ni siquiera secreto que necesita protección en su ilegalidad manifiesta; ni siquiera son causas dudosas.
Queda la remota esperanza de que el proyecto se frene en el Congreso. Gobernadores, senadores y diputados deben dar cuenta de las ordenes recibidas y del porque levantaron sus manos para facilitar esa barbaridad. Más aun, sería su obligación hacer saber previamente lo que van a ordenar los gobiernos y lo que van a hacer los congresales. Sobre todo, aquellos opositores mostrencos que están dispuestos a venderse al mejor postor.
Al presidente, jactancioso profesor de Derecho de la UBA, sólo le queda reconocer la obediencia debida a una abogada de título desconocido.
Los rastros de la prosperidad del proyecto de impunidad muestran consecuencias imprevisibles.
Los responsables de la viabilidad de ese engendro están rifando el escaso respeto que pudieran conservar. De esta suerte empujan consciente o inconscientemente el país hacia la anarquía, en un momento en que el mundo no sabe qué hacer.
Personajes de semejante calidad a mi no me representan, aunque esa sea la función especifica por la que cobran abultadas sumas que todos nosotros pagamos obligatoriamente. Si no se juzga bien al ladrón, el grupo que así lo permite, es simplemente una banda encubridora.
Nadie puede decir que no sabía a quién defendía y por qué; por último, ya todos sabemos que se vota con la mano y con “la cola”, absteniéndose o no estando sentado en la banca en el momento oportuno. Así que el “no sabía”, en este caso no sirve, ya que será notorio el mero negociado.
Finalmente, no puede afirmarse que el amontonamiento de personas en una gran manifestación hoy sea saludable, pero no asistir implicaba consentir el delito, el desgobierno y el oportunismo. Las herramientas que maneja el gobierno que no pudo evitar la marcha por impulsar un engendro vergonzante, confirman lo que es evidente.
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