miércoles, agosto 26, 2020

ANARQUÍA CON OLOR A SANGRE

Eduardo Duhalde, peronista, expresidente de la Nación elegido por la Asamblea Legislativa en 2 de enero de 2002. Previamente gobernador de la Prov. de Buenos Aires. A él pertenece el vaticinio de anarquía con olor a sangre, dicho en un programa reciente de TV, como también habló de posible golpe de Estado y descreyó que el próximo año haya elecciones. Refiero puntualmente a Duhalde por dos razones: 1°- Porque no es un cualquiera quién habló, ya que conoce la realidad gubernamental por dentro; 2°- Porque pertenece al riñón del peronismo. Tales augurios afirmó haberlos comentado recientemente con el presidente. Por cierto que semejantes declaraciones levantaron una polvareda importante en los medios que reprodujeron negativas parciales del oficialismo.

Pero ninguno negó el apresurado acercamiento a la anarquía y la consecuente violencia que están consiguiendo. ¿Tendrá el gobierno una idea aproximada de lo que está logrando? ¿Sabrá la vicepresidente lo que provoca en su histérico afán de impunidad? ¿Tendrá la seguridad que si se avanza ganará personalmente en el conflicto? La anarquía es el ámbito inicial de la guerra civil y no existe un denominador común capaz de volver a aglutinar prontamente a la nación. Véase España 1936/9, un millón de víctimas para permitir el triunfo de un fascismo feroz, como la Falange que sostuvo como dictador a Franco hasta su muerte.

Supongo que esta inmovilidad que provoca la pandemia, muy complicada interna como externamente, debiera aprovecharse para lograr algunos consensos especiales sobre aspectos fundamentales y urgentes como la educación, por ej. No basta que los chicos simplemente pierdan el tiempo o que pasen de grado automáticamente. Se necesita un plan coherente y especial que recupere la instrucción perdida. Una planificación que atienda las especiales circunstancias que transcurren. Pero al lado del ejemplo evidente de la realidad educacional, hay un sin número de problemas cuya atención no puede demorarse. Soluciones que difícilmente alcanzará el presidente abrazándose con Moyano sin barbijo. La escena es una muestra evidente que el presidente no busca interlocutores adecuados y prefiere malandrines sospechados, a la par que desafía innecesariamente los riesgos de salud con una conducta para nada ejemplar.

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