El mundo se encuentra en una etapa de misterio e incertidumbre sorpresiva. Nadie esperaba un acontecimiento como la pandemia que, en pocos días, sepultara las relaciones internacionales y, qué decir, de las nacionales que conociéramos o pudiéramos suponer. Esto obligará a una reorganización inexorable y urgente de ambas y no es de esperar que alguien salga inmune de esta parálisis general. Por supuesto que algunos saldrán -si se salen- mejor parados que otros. Nosotros que ya llegamos de rodillas nos tocará afrontar los peores pronósticos.
Esta circunstancia nos obliga a la cautela, organización y capacidad de resolución; que no tenemos. ¿Alberto Fernández fue cooptado por el cargo de presidente o creyó que lo buscaron para gobernar realmente? La indecisión y retractación tardía es el peor y más ridículo de los roles posibles.
Con media docena de default o cesaciones pagos sobre las espaldas del país, somos y hemos sido la delicia de los usureros que compran a precio vil en los momentos de miseria y cobran con sobreprecios más intereses en la etapa de recuperación. La frágil situación de Argentina siempre la ocasionó la corrupción. No existe justificativo alguno para los reiterados endeudamientos, si se pidió dinero fue para pagar deudas que no existieron legalmente. Precio que sólo sirvió para fabricar millonarios con antifaz, esos que no pueden hablar ni mostrarse, pero conforman grupos de presión que les permite cogobernar.
El mundo actualmente ya excedió con creces su capacidad de albergar personas, especie que también se encuentra a la cabeza de los depredadores. Con mucha más gente y cada vez menos recursos, no es de esperar generosidad de nadie.
Nuestra urgencia actual es grave, entonces ¿quién gobierna, para qué y hacia dónde? Tenemos tanto derecho a saberlo, como tampoco podemos ignorar la responsabilidad que nos cabe.
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