Por cierto que primero referiré brevemente al Alberto que nació el 14 de marzo de 1879, Albert su nombre en alemán y Einstein su apellido. Un niño que vino al mundo gordo y cabezón para disgusto de su abuela; que no pronunció palabra alguna hasta pasados los tres años de vida y en la escuela fue menos que mediocre. Como el vulgo sarcásticamente afirmaría hoy: “nadie le ponía alguna ficha” entonces.
Sin embargo, se transformó en el científico más famoso del Siglo XX y lo que llevamos del XXI. Un verdadero genio que en su tránsito por este mundo dejó ocurrencias indiscutibles; principalmente una que se le atribuye es la que ahora nos ocupa: “Si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo”, una verdad tan evidente como conocida. Una oración a la que no le falta ni le sobra una letra.
El otro Alberto, de apellido Fernández, que nació un 2 de abril de 1959 en Buenos Aires, abogado y profesor universitario de Derecho Penal según él, ahora presidente de los argentinos, junto a otra presunta abogada, desconocieron o ignoraron de propósito el célebre apotegma y ¡allá vamos!, buscando el “mismo” resultado que ya conocemos, aunque él sea cada vez más profundo y más irreversible.
Hace cuarenta años, un ebrio que no había ido ni al cine para saber cómo terminaban las guerras conocidas y quiénes son y han sido siempre socios de aventuras, desafió a los ingleses siendo ensordecedoramente aplaudido por la muchedumbre que colmaba Plaza de Mayo cuando dijo: “Si quieren venir que vengan, les presentaremos batalla”.
Y llegaron, se quedaron, mataron a muchos argentinos que valerosamente ofrendaron sus vidas, volvieron el estado de cosas a como estuvieron antes y bastante peor. Si bien el curda fue auto amnistiado, luego condenado, después indultado y, finalmente, vuelto a condenar; en todos los casos se escucharon estrepitosos aplausos como música de fondo. Pareciera que, en su momento, todo merece aplausos que ayudan a confundir.
Recientemente un funcionario reeditó aquellas lamentables palabras para un desafío tan innecesario como de inútil resultado previsible. ¿Valía la pena? Fue calurosamente aplaudido por todos los presentes.
Recuerdan cuando estallaban explosivos casi todos los días matando gente; bueno, ya están empezando a escucharse otra vez las detonaciones citadinas como instrumento político.
Hace apenas veinte años, cuando la injustificable algarabía y aplausos resonaban en el Congreso celebrando el “default” que decretó improvisadamente Rodriguez Saa, cuando pasó fugazmente por la presidencia, en una semana que hubo varios presidentes sucesivos. Si bien inmediatamente huyó a San Luis por las amenazas, el estado de quiebra quedó declarado desatando consecuencias surtidas, aplausos mediante y sin responsable alguno.
Bueno, ahora el presidente llorisquea por el mundo pidiendo algún placito para evitar el nuevo default, mientras su propio sector torpedea el propósito; en síntesis, aplaude el advenimiento de otra quiebra en medio de la pandemia, gritando a viva voz que no se pagarán las deudas. No solamente nos falta mucha plata que fue objeto de prestidigitación procaz, sino que igual destino corren las vacunas salvadoras. Sólo el silencio y la ira contestan los reclamos que no obtienen respuestas válidas.
No se olvidará el cierre de las exportaciones y el aumento de retenciones para “abaratar” precios interiores y seguir deglutiendo ingresos que son comunes. Bien, ahora se vuelve a cerrar las exportaciones del sector que más recursos produce. Los países vecinos no se cansan de aplaudir el vacío que les regalamos una vez más.
Mientras el planeta se achica, nosotros que tenemos espacio, seguimos en el “reino del revés” que, según una estrofa de la canción de María Elena Walsh, resulta premonitoria:
“Me dijeron que en el Reino del Revés”
“Nadie baila con los pies”
“Que un ladrón es vigilante y otro es juez”
“Y que dos y dos son tres”
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