Hastiado de no hacer nada, como todos los días de pandemia y jubilación, se me ocurrió repasar mis publicaciones y vi que eran muchas luego de casi un año y medio. Recordé que al comenzar el confinamiento hice un curso “on line” para aprender los rudimentos (nada más) de Facebook, para publicar ideas u opiniones políticas bien intencionadas con destinatarios inciertos, como se hacía en las tribunas. Todo fue un paso, ahora lejano y de final abierto. Advertí que todas esas publicaciones eran de reprobación de determinada actividad oficial que, si bien no me retracto, comprendí que la falta de optimismo pudo dañar alguna sensibilidad. Pero supongo que descubrir mentiras o señalar engaños, es más saludable que callar; aunque un amigo virtual entendiera eso como “destituyente”, según el vocabulario K.
También escribí cuentos que subí a mi sitio (www.robertoyannello.com.ar). Lo hice para colorear los días tan vacíos que pasan en un santiamén gastando vida en forma lamentable, sobre todo para los que estamos andando con la reserva de combustible; mientras tanto, otros no paran de aprovecharse del ánimo achatado de la gente con miedo y roban para el cementerio. El encierro del confinamiento no permite señalarlos y la velocidad de los días nos hace enterar siempre tarde de las cosas que sucedieron. Me recuerda años atrás como una metáfora, cuando estando frente al Obelisco y hablaba por el celular, un chorro me bolsiqueó totalmente y tan rápido, que hasta mi insulto fue inoportuno y tardío. Cuando quise reaccionar ya no estaba. No quisiera repetir la experiencia.
Igual que el robo de vacunas que se conoce siempre demasiado tarde, cuando “todos” los caraduras ya se inmunizaron sin derecho y, si te quejas, te demandan por difamación o te querellan por ofenderlos. Cuando de vacunas se trata, adelantarse en la fila es lo mismo que afanarlas, que quitársela a alguien que la merecía o a un moribundo.
El gobierno lidera la critica a los que se vacunan afuera como si produjeran algún daño adentro. Aplaude a los que acá esconden el remedio para las elecciones, como Insfrán, y condenan al que liberan dosis para los que siguen atrás.
Ahora se buscan vacunas de “Cuba”, previo acuerdo de “confidencialidad”. Según entiendo que, confidencialidad, es sinónimo de “secreto”. ¿Qué pasó con la obligatoria “PUBLICIDAD DE LOS ACTOS DE GOBIERNO”? ¿Quiénes deben o pueden guardar secreto de Estado con las vacunas y por qué?
Si lo que está en riesgo el la Salud Pública, la vida misma de los ciudadanos, nada se les puede ocultar. Ni la calidad del producto, ni el precio o la cantidad. El secreto arrastra el olor de la mugre, de la coima.
Nos hemos acostumbrado a pensar en la coima como una mera inmoralidad y en ocasiones limitarla al que recibe el beneficio, excluyendo hasta el que paga, al pícaro.
Pero la coima se merece identificarla con algo mucho más grave que un tropezón ético porque, en realidad, es TRAICIÓN. Es pagar para que alguien no haga lo que debía hacer. Es pagar al vigilante para que traiciones a quién protegía o al médico para que no cure al enfermo.
¡Y bien! Quisiera que estas críticas se convirtieran sólo en otros cuentos de suspenso y terror. Que se tratara solamente de tragedias irreales.