miércoles, octubre 07, 2020

CUESTA ABAJO

Cada vez que algo me impresiona mucho y, fundamentalmente, cuando me apena bastante, suelen patentizarse recuerdos decidores, analogías, contenidos en tangos, libros, películas etc. Me extraña esa involuntaria circunstancia no vividas por mí, pero conocidas y guardadas en el subconsciente; citas que afloran inexplicablemente. Es muy variado el origen de las mismas y pueden pertenecer a Maquiavelo como a Gardel o recordar a los hombres con polleras de Escocia.

Ahora pensaba con mucha tristeza la situación que vive mi país y la amenazante posibilidad que empeore dramáticamente. De allí que el titulo de la vieja canción “Cuesta abajo” me resultó tan expresivo que me indujo a copiarlo. También la primera estrofa es insustituible: "… la vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser…".

De haber sido una potencia se rodó en algunos años a la miseria adornada por el ridículo. Esta semana interpretamos un innecesario papelón internacional: por un lado, el representante argentino en la OEA (Raimundi) rechazaba el grave informe de Bachelet sobre los DDHH en Venezuela; por el otro, nuestro embajador en la ONU (Villegas) apoyaba y adhería fervientemente al mismo informe; a todo esto, el presidente daba clases en la Facultad de Derecho y la vice junto a D´Elia trinaban en el local partidario pensando en que zancadilla podrían idear. A su vez, la Corte Suprema de Justicia hace equilibrio por el apriete presidencial entre otros; ataque que sufre al resistirse a decretar la impunidad incontestable de Cristina y familia que le exigen desde los otros poderes del Estado. Finalmente, el Congreso Nacional funciona con sus integrantes escondidos o dormidos y cuando alguno se despierta de malhumor. como Moreau, pide juicios políticos a mansalva, mientras otro como Ameri por su bruta torpeza, da espectáculo erótico en plena sesión, para sorpresa y burlas de propios y extraños.

La República avergonzada se oculta como metáfora en un desvencijado “tren fantasma” de algún parque de diversiones ya olvidado y, sabiendo lo que afirma el viejo adagio: “del ridículo no hay salida honorable”, no quiere bajar por ahora.

Para colmo, esta inefable pandemia en la que los muertos se ocultan y esas desgracias pasan a integrar los argumentos de la deleznable política vernácula, se transforma en el broche de oro para la desorientación e incredulidad. Hoy nada hay más incierto que el futuro que enfrentaremos en estas condiciones.

En un mundo complicado dirigido por el “sálvese quién pueda”, no es posible esperar generosidad de otros o simplemente de aquellos que quieran conceder esperas a cambio de beneficios. Todos están urgidos y asustados mientras nosotros carecemos de instrumentos para elegir cualquier camino, guste o no, pero algo que sea coherente por lo menos. No podemos continuar en un estado de confusión permanente. Eso se arrima a la violencia, algo que en forma incipiente aún ya existe en nuestras calles.

Duele pensar que teniéndose a la mano el instrumento insustituible de la Constitución Nacional, se lo ignore premeditada e irresponsablemente.

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