lunes, julio 05, 2021

INSALUBRIDAD PÚBLICA

Hoy se afirma sin tapujos que, hasta el momento, se podrían haber restado o evitado más de ONCE MIL muertes argentinas (El cálculo específico arroja 11.227, Clarín del 3/7/21), de las NOVENTA Y CINCO MIL que ya sufrimos. Hasta ahora no se ha podido conocer la verdad del fracaso de resonancia mundial. Las sensaciones más conocidas suponen que la causa del estrago fue: COIMA o IDEOLOGÍA PERVERSA, también puede ser que AMBAS se hicieran presentes. 

Sea cual fuere la realidad de lo que pasó, no queda duda alguna que la responsabilidad recae en el Ejecutivo Nacional, más concretamente en la que manda, con la escenografía de sus silencios oportunos o sus rabietas histéricas. No sabemos qué cálculos hicieron en el 2020, cuando ya la gente comenzó a morirse y demoraran casi un año en advertirlo, perdiendo inexplicablemente, oportunidades increíbles para lograr que la tragedia ostensible hiciera claudicar la torpeza y tozudez evidente. 

El número de la procaz indiferencia tiene dueños. Aclaremos, si OCHENTA MIL MUERTOS se pueden adjudicar al pésimo manejo de la pandemia; digamos ineptitud, incapacidad, adivinación etc., ONCE MIL TRESCIENTOS sólo se pueden atribuir a la mala voluntad del gobierno.

La jefa dio la orden y fue sicario la diputada Moreau que, ladinamente y a sabiendas, introdujo la palabrita necesaria para desnaturalizar la ley que nos permitía el oportuno acceso al remedio. Mientras tanto el resto de nuestros representantes abriendo la boca ni se enteraron.

Por este capricho taimado se perdieron las posibilidades salvadoras que exhibía la vacuna Pfizer, también se perdió la oportunidad de ayuda y la donación posterior.

En Derecho Penal se denomina dolo eventual el ánimo del que sabiendo que puede provocar daños con su conducta acepta la posibilidad de que tales consecuencias sucedan, sin darle importancia. Las “picadas” en la ciudad, por ejemplo, en las que no se pretende matar a nadie, pero el autor no desconocía que era una consecuencia muy posible. y no le importó.

Por lo menos ONCE MIL MUERTOS, tienen dueños con nombre y apellido. Tal vez la inoperancia vernácula, reconocida y aceptada, oriente al olvido de los jueces este desastre inocultable. Pero queda la esperanza de la conciencia moral; esa que no habla ni publica opiniones, pero que íntimamente no miente ni perdona. Frente a ella no hay excusa que valga.

Que se carguen ochenta mil muertos por burros e improvisados, implica ignorancia que, en su momento, supieron ocultar. Pero UNO u ONCE MIL ejecutados a sabiendas es imperdonable, cualquiera sea la cantidad.

Como tampoco puede aceptarse que los que cobran por velar por los clamados DDHH, se queden en el molde.

Quiérase o no, es mucha gente abandonada a su suerte; ya cayeron una barbaridad de una cuenta que no ha terminado. No debemos confundir ciertos murmullos de esperanzas con estar a salvo, ni creamos que cualquier mezcolanza de vacunas sirva y menos para los nuevos desafíos que se avecinan.

Es de público dominio que, además de los favores que ya hicieron a los amigos postergando ciudadanos de prelación justificada, habría una cantidad importante de vacunas escondidas. De ser esto cierto, nos alejaríamos del dolo eventual en la consideración posible, de la imprudencia o de la impericia, para ingresaren el ámbito de los homicidios por omisión y premeditados.

Veremos qué nos depara el “destino”, como afirma el aserto popular.

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