lunes, junio 14, 2021

EL HOMBRE DE LAS MIL CARAS

No hace mucho publiqué una opinión en la que se me ocurrió vincular a Don Juan Tenorio con Edipo Rey; es decir, a los autores de esas obras: José Zorrilla y Sófocles. Destacaba del primero la ironía en la comedia y del segundo la tragedia; tal vez hoy me aproxime a la “tragicomedia”, hurgando en la filmografía y en la vida real y reciente.

“El hombre de las mil caras” refiere a un personaje real y actual: Francisco Paesa. Su compleja historia ingresó en la literatura y en la filmografía cercana (2016). Un individuo que engañó a España y salió indemne. Fue un hombre de negocios, banquero, traficante de armas, gigoló, play boy, diplomático, aventurero, estafador y agente secreto.

Si agregáramos: profesor universitario, jefe de gabinete, opositor feroz, presidente gracias a su destratada enemiga, mentiroso y ridículo, parecería que Alberto Fernández plagia a Paesa, mostrando también sus mil caras; aunque no todas las cualidades coincidan en resultados exitosos o hayan sido del mismo modo bien actuadas o interpretadas.

Por ejemplo, Paesa también fue un gigoló, expresión que refiere al “hombre joven que vive mantenido por una mujer mayor a cambio de compañía o ciertos favores…”. Digamos que en esto el plagiador derrapó porque él, en vez de recibir, es quién hace las estupideces que disfruta la señora callada, sorteando así sus dificultades serias por demás.

Ambos hombres son mentirosos y cambian sobre la marcha cualquier afirmación anterior, también soportan con cara de piedra ese tránsito y los nuevos argumentos no justifican lo ya dicho, sino que, simplemente, aquellos son ignorados.

No voy a repasar el glosario de mentiras, negociados y contradicciones que le atribuyen a Alberto y su banda, fundamentalmente cuando navegamos sobre la miseria inexplicable y una pandemia aterradora. 

Sólo me detendré en el ridículo pernicioso que acumuló en muy pocos días nuestro presidente y mejor que no aclare ni explique nada.

Frente al presidente español, que se salvó que se notara su risa por el barbijo, ninguneó y ofendió sin ninguna necesidad a Brasil y Méjico y a sus poblaciones, improvisando el discurso e inventando la historia por un afán de agradar frente a un interlocutor digno de respeto. El presidente de España estaba acá representando a su país; merecía palabras previamente preparadas y estudiadas, no un discurso inventado sobre la marcha, falso y ofensivo. Algo similar a la felicitación al NO presidente de Perú. Sin que se le caiga la cara de vergüenza, los recientes y sucesivos tropezones lo convirtieron en el hazmerreír dentro y fuera de la Argentina. Nosotros que lo elegimos no nos salvamos.

Seguro que el dignatario hispano debe conocer al personaje que señalamos al comienzo: Francisco Paesa. Pero difícilmente pueda vincular al hábil connacional con nuestro Alberto, por una cualidad que aquel no pudo tener para llegar hasta donde llegó: evitar el ridículo.

Parece mentira que el presidente también ignore una sentencia que popularizó su carismático líder, Juan Perón: “DEL RIDÍCULO NO SE VUELVE”.

Por si fuera poco, el ridículo internacional en el que se sumergió por iniciativa propia, pareciera que tiene la necesidad de embarrarse más al denunciarse solito y espontáneamente ante el INADI, que conduce la inefable VICTORIA DONDA. Personaje cuya servidumbre permaneció siempre en negro y la quiso silenciar con planes y empleos del Estado. Digamos con nuestro dinero, del que puede disponer con libertad. Ella es la que debe restaurar la personalidad no racista, no xenófoba y no ridícula del presidente. ¿Acaso piensa convencer a alguien?

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