La frase actualmente se la utiliza para señalar un discurso que esconde engaño, un suceso que nace y nos llega de la mitología griega; leyendas anteriores a la historia cargadas de simbolismos; algunas de ellas integran “La Odisea” de Homero.
Rescatamos de ese antiguo poema de veinticuatro cantos, uno que relata el regreso de Ulises, después de tanto tiempo alejado de su hogar y de su realidad cotidiana por la guerra de Troya.
En el trayecto se acercaban a la isla de las Sirenas, algo sobre lo cual fue prevenido por una hechicera, Circe, que le anticipó que allí atraían a los marinos con dulces cantos para luego matarlos. Ulises ordenó a su tripulación tapar sus oídos con cera y se hizo atar al mástil para conocer el encanto al que no pudo sucumbir por sus ataduras salvadoras.
Nos corremos, entonces, de la mitología al presente en el que escuchamos diversos y dulces “Cantos de Sirena”, que nos confunden con entidad suficiente para perjudicarnos. Hoy propondría como entretenimiento unos instantes de reflexión íntima. De observarnos y apreciar lo que nos toca vivir y lo que hacemos, para sacar algunas conclusiones útiles y valiosas para nosotros mismos.
En primer lugar, no podemos olvidar que llevamos un año y medio de encierro por la pandemia y, también, por ignorancia o rapiña de los que mandan. Ello produjo cambio de ánimos y acostumbramiento a mirar paredes. También quedaron consecuencias de decisiones acertadas algunas o absolutamente fallidas la mayoría; la educación, por ejemplo, es una víctima irrecuperable cuyo daño se siente ya y se sentirá agravado en el futuro próximo.
Nos hemos acostumbrado a criticar solamente vía “on line” a quienes toman decisiones inauditas; en definitiva, nos acomodamos en la inacción, en la nada misma. Inercia peligrosa cuando a la reacción la reclame el agobio de la realidad y nuestra canoa se aproxime demasiado a la catarata. Mientras más larga es la espera y próxima la caída, el salvataje se dificulta.
No podemos olvidar que a nuestro país se lo colocó en un tobogán cuya orientación no se eligió concretamente; encima, se lo va torciendo más en forma inconsulta. Yo, por lo menos, no pretendí la excesiva aproximación a Venezuela tomada como modelo, ni supe que el acercamiento se anunciara en la campaña.
Durante esta inefable y trágica pandemia nuestros “representantes” han orientado rumbos que exceden sus “mandatos” y las leyes vigentes; aprovechando el encierro, la incomunicación y la ausencia total de debates.
Hemos naturalizado la creencia que basta con escuchar inertes las noticias, que, en realidad, empujan silenciosos grupos de presión o de poder, inspirados por intereses ajenos a nosotros. No importa que el objetivo nos convenga o no; generalmente su finalidad son negocios espurios o la impunidad que borraría la historia cercana.
El pueblo en silencio sólo escucha “cantos de sirena”, estando imposibilitado, como Ulises, nada puede hacer, nadie lo escucha ni lo libera; o como sucede con los remeros que, ensordecidos por la cera o por una realidad que no conocían, avanzan de espaldas hacia un futuro que también ignoran.
Frente a la miseria y la hambruna naciente, los dueños del poder, todos sin distinción, se atribuyen retribuciones obscenas que sostendrán con impuestos retroactivos a los incautos enmudecidos y a los encerrados, cuyo pasado insólitamente se encarece ya que deberán pagar lo que antes no adeudaban. Eso no lo conocieron ni los señores feudales.
Por otra parte, solamente se admiten en el teatro político manifestaciones públicas selectivas y sin “barbijos”, que sortean únicamente aquellos que reciben migajas para respaldar al que reparte dinero que no es suyo, sin saber que se suicidan de a poco.
Ya enfrentamos un proceso electoral manipulado, cercano y fundamental; para semejante ocasión ¿Usted sabe quién y cómo se eligen los candidatos que votará?
La cera de los oídos que ensordece a los remeros, el sol y el sudor la va derritiendo y todavía pueden llegar a escuchar a las sirenas y virar hacia el peor desastre.
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