Hace pocos días que el jefe de Gabinete de Alberto Fernández, Santiago Cafiero, se excusó por las consecuencias de la pésima gestión de las vacunas, apoyándose en un sofisma tenebrosamente concebido. Digamos que abusó de una “verdad” aparente para proveer de simpatía a su discurso; algo que lo hiciera menos importante de lo que es realmente, como todo el desaguisado sanitario que escapó desde el comienzo de las manos del gobierno.
Días atrás Cafiero dijo, sin que se le moviera uno de sus muchos pelos: “SOLO 330.000 ESTÁN CUMPLIENDO LOS 90 DÍAS”. En buen romance la afirmación significa que ya, esa cantidad de gente, salió de la protección de la primera dosis de la vacuna rusa. Inicialmente se anunció que el plazo no excedería de catorce días, luego se fue ampliando hasta los tres meses, atendiendo siempre las conveniencias del gobierno y distante de las opiniones científicas que circularon. Por cierto, los tres meses no existieron o se estiran lo que haga falta.
Ahora bien, 330.000 personas ¿Es poco o es mucho? Si comprendemos que semejante cantidad de personas vuelven a la cola de los indefensos, es algo así como volver a hacerlos entrar al campo de concentración cuando se suponían casi salvados; la desesperanza por recaída es peor y más cruel que la anterior, mas cuando no se sabe qué debe hacerse en el caso. ¿El refuerzo servirá si el sostén base está vencido?
Digan lo que digan, nunca desconocieron que la segunda dosis no llegaría o no lo haría en tiempo propio.
Decir “SÓLO 330.000”, es lo mismo que decir que son unos pocos, que no es para exagerar. Proponer la sugerencia es un agravio moral al modo nazi. Peor si se piensa en improvisar alguna mescolanza de vacunas para disimular el fraude y el misterio con el que comenzó el nuevo negocio de las vacunas, que ya benefició a los “amigos privilegiados” desde el minuto cero.
Ahora podemos ver al “primer adelantado”, don Ginés González, lejos del bochorno, brindando en Madrid sonriente, despreocupado y escondido tras una indumentaria vergonzante.
El afán por ignorar la esencia de la realidad y de la historia no es un método novedoso en el kirchnerismo. Desde su comienzo se hizo patente la ausencia de un límite concreto entre su imaginación y la verdad que esconde la charlatanería propia y taimada.
Allá por el 24 de marzo de 2004, Néstor ordenó sacar de la galería del Colegio Militar el cuadro de Videla, hecho considerado histórico. ¿Acaso este asesino no existió? ¿No fue presidente? ¿No trabajaron con Cristina para él? Se entendió que la anterior presencia del genocida se borraba sacando una foto, en lugar de destacar hasta dónde puede llegar una bestia en nuestro país. Una leyenda aclaratoria debajo del cuadro del genocida, sería más ilustrativa que desaparecer el cuadro.
Algo similar ocurre con disponer que los chicos pasen de grado sin haber ido a la escuela ¿Para qué sirve? Supongo que lo más apropiado sería preparar un plan específico que compense ese deterioro sin daño para ellos. El perjuicio sufrido por no haber ido a la escuela debe ser subsanado y no escondido bajo la alfombra, tapado con un certificado escolar.
Pero volviendo a la torpe excusa de Cafiero de pretender pasar desapercibido a 330.000 personas, cuando está parado sobre 90.000 muertos; el triple de víctimas que le atribuyen al proceso militar, debería enfatizar sobre los que pudieron salvar actuando honestamente y con información suficiente, como es su deber.
Hace algunos años, la dependiente jerárquica de DDHH de la Nación, Karina Núñez, organizó en la lúgubre E.S.M.A. una muy regada fiesta de fin de año. Ahora Cafiero y su indiferencia mentirosa, organiza otro baile sobre cementerio. Total, nadie recuerda a Karina Núñez y su festejo; Videla no existió desde que bajaron la foto ¿Qué importa minimizar a unos 330.000 ciudadanos para tapar otra mentira?