Ahora es la historia de las ideas políticas y no el arte, la que proporciona el pivote de estas reflexiones. Nicolás Maquiavelo, el autor de “El Príncipe”, una pequeña obra de menos de cien páginas que es más citada que leída, no fue el inventor de crueldades y traiciones, sino un agudo observador del desempeño de los gobiernos y de aquellas circunstancias o actos que los aproximaron o alejaron del Poder; conductas que aprovecharon después varios adoradores del mismo. La obra se comenzó a conocer a casi un siglo de la muerte del autor.
En silencio el pequeño “opúsculo” es un manual que durante cuatrocientos años leyeron y leen aun hoy, los que aspiran a alcanzar o retener el Poder.
La cuestión viene a guisa porque nuestros gobernantes, evidentemente, hojearon el librito, pero no como lo hizo Napoleón, Catalina de Rusia, Hitler y la mayoría de los famosos, sino a la ligera, confundiendo destinatarios y propósitos.
El Príncipe estaba dirigido al que manda en nombre propio y no a un subordinado que simplemente figura al mando; tampoco esas experiencias pueden encajar al que escondido sólo mueve los hilos; por lo tanto, el presidente y su vice no pueden atender aquellas experiencias que el autor plasmó en su obra.
Por ejemplo, una experiencia desoída es que el que manda debe ser bien aconsejado, pero tales consejos debe recibirlos cuando él los quiere, “no cuando lo quieren los otros” y sin dejar jamás que los que aconsejan ejerzan presión sobre él. Es evidente que esta página el presidente la salteó. Si Alberto Fernández conscientemente asumió el rol de mandadero, no recibirá consejos sino órdenes y, en cuanto a la presión que soporta de buen grado, ¿Qué quieren que les diga?
Ahora, con el Vacunatorio VIP, la inflación, la presión impositiva, el impuesto a la “riqueza” y el entuerto grosero con la Justicia, concretamente se salieron totalmente del librito. Desoyó el binomio gobernante sugerencias fundamentales y lógicas que expresó el antiguo recopilador de las técnicas del ejercicio del Poder.
Así recomendaba que las ofensas y crueldades necesarias deben cometerse al principio y de una sola vez, también deben ser cortas, porque así parecen menos amargas; en cambio los beneficios, a la inversa, deben sucederse lentamente para que sean mejor saboreados.
El tema de las vacunas soporta mentiras procaces y dañinas que se extienden demasiado en el tiempo, acarreando consecuencias que no se olvidan ni perdonan.
Por otra parte, Maquiavelo distinguía: “ser temido no significa ser odiado, que es cosa grave”. Señalaba una receta simple para evitar ese odio, que es “abstenerse de atentar ya a los bienes de los súbditos, ya al honor de sus mujeres”.
Las medidas adoptadas por el gobierno, tan inconsultas como dramáticas, han dejado el reguero de patrimonios destrozados y desempleos al por mayor. La muy extensa y desastrosa gestión de la pandemia, la injustificable aproximación a monstruos como Insfran, justificar permanentemente a la vicepresidenta o soportar ingenuamente ser vapuleado y apedreado por la gente, como sucedió en Chubut, haría que el autor de El Príncipe señalara también a estos casos como ejemplos de sucesos muy previsibles como inaceptables.
Finalmente, el exageradamente premiado despido de la Ministro de Justicia, Marcela Losardo, luego del golpe palaciego que ideara su compañera de fórmula, puso al presidente a caminar por el difícil alambre del ridículo. El despido y la conjunta designación de la funcionaria al envidiable destino como embajadora en París, aparenta un despropósito tan risible como incompatible, ya que echar es un reproche fuerte y no un premio. A la vieja amiga, socia y querida persona del presidente, según afirmaron con insistencia sugestiva los medios, aparentemente la “echaron” al paraíso; tal vez para salvar aquello de “no tocar el honor de sus mujeres”.
En otra obra del mismo autor (Historia de Florencia), éste refiere a una máxima tan brutal como cierta: “…a los poderosos, o no hay que tocarlos o cuando se los toca hay que matarlos”. ¿Qué hará Alberto o qué hará Cristina?
Como enseña un maestro de la materia, se pensó que la derrota de Hitler en la II Guerra era, en definitiva, la derrota de Maquiavelo. “Pero derrota de Hitler es, en una parte apreciable, victoria de Stalin”, otro acólito del mismo autor que guardaba permanentemente a su cabecera El Príncipe. Allí seguramente encontró la guía pera instaurar su terrible régimen, aplaudiendo de tal suerte las observaciones del famoso florentino.
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