lunes, marzo 22, 2021

EL DISCRETO ENCANTO DE SER ARGENTINO (Camino a ningún sitio)

Los vulnerables por la edad tuvimos ocasión de apreciar un inteligente film del director español Buñuel, allá por 1972.  El título original era: “El Discreto Encanto de la Burguesía”; yo lo plagié parcialmente, algo que también hice con el argumento que nos encaja bastante. 

Aterrados por la pandemia, por la vacuna que “puede tocarnos”, por la falta de vacunas, por el vodevil gubernamental de final incierto; es como estar sobre una nave al garete metida en un remolino en medio del océano y que, en cada circunvolución, nos hundimos más y más. Tripulantes azorados que ninguno sabe qué hacer con el barco y con los pasajeros.

La película es una comedia en la que varios personajes aristocráticos ven frustradas sus reiteradas intenciones de cenar; pasean por unos cuantos restaurantes de finura estética e incapacidad de alimentar a nadie. Personajes vanidosos que en su afán de figurar hablan y nunca dicen nada interesante y van a cualquier parte sin sentido, pero siempre con urgencia inexplicable.

En nuestro caso vemos al presidente absolutamente confundido, que habla por cadena nacional para no decir nada que no sepamos. Irresoluto, que no supera el furor de su “socia”, la que pretende destrozar el Poder Judicial buscando su impunidad, no un cambio político. 

Presenciamos el increíble espectáculo de ministros a las trompadas por querer salir en la foto. ¿Echarán a alguno? Si echan alguno tendrá solamente significado en la tirantez subterránea de la formula presidencial. Alguno se llevará pocos porotos; si no la cuestión se considerara empatada, vergonzante y, otra vez, nada más.

Estando el país en vilo por la niña secuestrada, que fue encontrada de casualidad por un camionero y una mujer, involuntariamente dejaron a las fuerzas de seguridad en ridículo luego de un operativo caro, fantástico e inútil. Helicópteros tardíos, fuerzas interjurisdiccionales, perros, funcionarios que sobreactuaban, concejales, intendentes etc., todo para atribuirse el mérito ajeno, llegando a escenas de pugilato callejero en defensa de un honor funcional rastrero.

Al presidente la socia le integra el gabinete con patoteros que no pueden guardar ni las formas inherentes a sus cargos costosos, que en silencio y resignación pagamos todos sin chistar, en medio de una situación realmente amenazante y sin futuro próximo, aunque se supere.

He aquí la paradoja que nos asemeja al film, caminamos urgidos hacia ningún lado. Han conseguido despojarnos de aspiraciones, de dinero e ideales. Hablan y hablamos renuentemente con meros sonidos que no sirven para comunicarnos ni sacándonos el barbijo. Al final, luego del encierro y los desastres educativo y económico, comienzan a ceder los muros de contención social creados por el autoritarismo vocinglero e imprudente, vaya a saber con qué resultado.

La ironía del film de Buñuel nos calza a la perfección; enojados, hastiados y empobrecidos, vamos rápidamente hacia una neblina que no sabemos qué hay dentro. Verdaderamente un camino sin destino; un trampolín a la nada fabricado por personajes de cartón que tradicionalmente nos mintieron reiteradamente y que reiteradamente insistimos en aplaudirlos. Pero esos vítores vacíos serán exclusivamente nuestros, porque afuera ya no nos cree nadie.

Para vendernos vacunas nos piden bienes soberanos en garantía del pago. Ahora, aunque caminemos rápido y sin sentido sacando pecho, no hay consenso político para hipotecar más al país, porque, además de robar lo que se consiga, también hemos roto internamente el vinculo político y social de los ciudadanos.

Es un secreto a voces que al comienzo no nos vendieron vacunas por el sobreprecio para retornos que pedían; ni lástima tuvieron del pueblo los salvadores que fueron urgente, no a buscar remedios, sino a robar. Verdaderos salteadores silenciosos de tumbas con lápidas conocidas.

Las ironías magistrales de Buñuel fueron superadas por el macabro desinterés humanitario de nuestros compatriotas. 

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