La pandemia le cambió la vida al mundo; por lo tanto nosotros, tradicionalmente volubles, descreídos, vivillos y desinteresados, no podíamos ser una excepción. Hace más de un año que voluntaria o involuntariamente fuimos encerrados, aislados y arruinados. Permanentemente embozados con el barbijo perdimos el contacto con la gente, los amigos y la familia, todos a los que ahora saludamos con los nudillos apenas y cada tanto.
Así es que varios nos aferramos a alguna red social y nos incorporamos al ambiente comunicacional con “amigos” virtuales a los que, por suerte, algo les podemos decir y compartir. Pero perdimos toda la expresión que engloba la presencia; sólo nos queda aferrarnos a la palabra escrita y a lo que fríamente ésta logre transmitir.
Pues bien, esta circunstancia nos impone ser sinceros y escuetos a riesgo de aparentar tremendismo. Tal vez en una charla informal los mismos términos pueden ser más amables y menos sentenciosos.
Nuestro país, como el hijo pródigo, salió afortunado y volvió quebrado en pocos años, aislado y con fama de tramposo, a un ámbito mundial cerrado y desconfiado.
Cuando hablo de miedo al comienzo, refiero al que se palpita al presentir un peligro que se avecina y profundiza. Sin embargo, cuando veo al binomio presidencial y sus actitudes arteras, empiezo a encontrar cierta explicación racional a ese temor. Cuando mandamos a alguien a pedir dinero para vivir y al mismo tiempo le hacemos saber que no pagaremos, superamos la posibilidad que nos presten y el ridículo de la imbecilidad; si no nos fían vacunas y las pocas que llegan se las roban o dejan sólo retazos, empezamos a depender de la suerte de “llegar” y hasta conformarnos con ello.
El país se jacta de ofender a amigos como Uruguay y a socios del Mercosur, al tiempo que se ufana de acercarse a una Venezuela seca y vergonzante, a crueles como Irán que no nos hizo ningún favor bombardeándonos, a Cuba o Bolivia. Pero todo este “progresismo autóctono” es un teatro montado para la impunidad de la jefa y unos cuantos más que estafaron al país. El presidente, mequetrefe sin disimulo, va y viene traicionando a quienes pensaron en su moderación y presumible orgullo. Funcionarios que sobreactúan o se intercambian y una población que la amenaza la enfermedad, la muerte, el nuevo encierro o la miseria. Policía inerte que no sabe quién manda, ni que destino les espera si maltratan a un delincuente.
Las calles son de narcos y motochorros que matan sin mayores consecuencias, violencia que consumimos por televisión y asustados al abrir la puerta. Periodistas que opinan muy ligeramente y terminan adhiriendo al garantismo que también critican. Tampoco saben qué decir.
Sin plan ni destino, en manos de mentirosos ineptos para gerenciar el momento más complejo, la organización social trastabilla camino a su disolución. A esta altura es cuando comienza el miedo cierto a superar el punto de no retorno. Ya tenemos unos cuantos disfrazados de “mapuches” que mordisquean o incendian parte de nuestro territorio sin provocar alguna reacción oficial adecuada (¿Quiénes cuidaban las fronteras?). Se bloquean empresas que trabajan y piquetes diversos paralizan ciudades.
La anarquía, el desorden, la necesaria defensa propia y la actual existencia de organizaciones barriales que por turnos de vecinos se custodian recíprocamente, nos sugieren que el desorden e inseguridad creciente acercan la violencia ciudadana general. Ya sucedió en España no hace tanto y acá también.
Será necesario ingenio y buena política pronto, antes que a alguno se le vuelva a ocurrir poner orden con asesinatos.
No hay dudas que fuimos aviesamente engañados antes y sorprendidos ahora por la dinámica de la desordenada demagogia en curso. Una banda se adueña de la estructura de la República y no reaccionan ni los propios amigos ante el ataque íntimo, llámense gobernadores, intendentes o, quizá, cómplices.
Debemos idear desde el hartazgo, la inmovilidad y la humillación, algún modo de contención del descalabro que habremos de soportar bastante tiempo. Tal vez sepamos que solamente podemos aspirar a la mediocridad preferible al desastre hacia dónde vamos