jueves, enero 27, 2022

ARGENTINA-DEMOCRACIA- EDUCACIÓN

Si enfrentáramos la obligación de hacer un bosquejo de nuestro país, su realidad política, institucional, educativa, social y en base a todo ello concretar un somero pronóstico de nuestra suerte futura ¿Qué podríamos decir? Mejor dicho ¿Qué podríamos decirnos con cierta benevolencia que lograra convencernos? Creo que muy poco.

El gobierno nacional es una mascarada inexplicable que transita el ridículo y la contradicción. En un momento en que el mundo se estremece por la posible confrontación bélica entre Rusia (con China) y EEUU más sus respectivos aliados, se dispone para lo inmediato que una delegación solicite torpemente auxilio económico a EEUU, al mismo tiempo que el presidente, con unos impresentables más, hace exactamente lo mismo con los otros. Estas delegaciones de personajes improvisados difícilmente logren ser recibidos en algún lado con simpatía. Ahora ¿por qué actúan así? Yo no los entiendo o, mejor dicho, no quiero entender esto como una mera entrega al mejor postor.

Para los mismos días de las visitas previstas al exterior, el Ejecutivo impulsa manifestaciones “populares” para echar a la Corte Suprema de Justicia; al mismo tiempo se preparan otras para defenderla. El Poder, que en el curso de la historia separó sus funciones legislativas, judiciales y ejecutivas para huir del absolutismo preparando el camino a la nueva democracia, hoy intenta reagruparlas en detrimento de la propia subsistencia de los interesados. Créase o no, solamente la subsistencia nos puede permitir pensar en la libertad, la igualdad, el orden y, finalmente, la paz social.

La pretensión de impunidad del latrocinio desquiciado de ayer, hoy y mañana; la violencia inaudita en las calles, junto al esplendor del narcotráfico y los asesinatos, se han constituidos en moneda corriente. Tenemos al embajador en Chile, bregando por el pseudo mapuche Jones Huala, condenado allá por terrorismo -iguales actos cometió acá- y que tiene en vilo a los ciudadanos argentinos que agrede y ataca, mientras reclama la secesión de parte del territorio nacional. 

Pero este punto merece una breve digresión, la Argentina que supimos conseguir cuenta en su haber miles de muertes fratricidas, sea por la independencia, por el ramillete de caudillos que enseguida aparecieron guerreando; por Urquiza, Rosas, Roca, Mitre y otros cuantos que crearon ríos de sangre; los malones indígenas y vaya a saber cuántos otros responsables de entonces aportaron lo suyo; para qué enumerar a los del Siglo XX, con sus golpes y terrorismo de estado, incluyendo el lamentable episodio de Malvinas. Todo para conseguir esta frágil Argentina que ahora se aprestan a repartir.

¿Quién puede atribuirse el derecho de despilfarrar por dentro y por fuera un país cargado de recursos y adormecido por deudas inexplicables? Las cuotas de vidas las pagaron todos los sectores del país y ninguno tiene derecho a llevarse nada o a perder algo de lo que aún queda.

En esto que queda, los que por cualquier razón confrontan agresivamente, ninguno se priva de sentirse respaldado por la benevolente Democracia, sin insinuar qué es lo que entienden por ella. Desde el vamos podemos afirmar que no puede significar lo mismo para cada bando, puesto que si estuvieran todos de acuerdo con su significado carecería de sentido el enfrentamiento.  Por lo tanto, podemos afirmar que el régimen político imperante no es una democracia, sino un caldero que revuelven oligarquías mafiosas, que bien se guardan de aparentar enfrentamientos insolubles, para que aplaudamos intermitentemente con un voto algunos discursos que apoyaremos cada cuatro años, cuando el desfalco es cotidiano.

Mientras tanto nos comemos el sofisma que la única solución verdadera es la educación. Aferrados a esta verdad indiscutible que sirve hoy para frenarnos y conformarnos, simplemente esperamos. Aún si nos pusiéramos de acuerdo ya en restaurar un sistema educativo viable, sus efectos benéficos podrían notarse dentro de veinte años. ¿Tenemos, acaso, ese plazo de espera dentro de un mundo que avanza urgente a lo desconocido y descarta la memoria histórica? ¿Seguiremos desechando los méritos en pos de una pretendida filosofía igualitaria, retrograda y “no estigmatizante”?

Queremos educación y regalamos cerebros lúcidos que resultan inmediatamente absorbidos afuera por los que reconocen el potencial que representan. Acá destruimos abanderados para que a nuestra enseña la porte un grupo elegido por sorteo que no sabe leer, ni interpretar un texto simple. En vez de apoyar la capacidad y el mérito, pretendemos que estos arrastren a la mediocridad y de ese modo claudiquen todos.
Si pudiéramos navegar y elegir entre lo urgente y lo importante, creo que hoy se impone lo que nos urge, que no es más que algo que podría estar a nuestro alcance: moderar el odio doméstico que sólo nos inmoviliza interior y exteriormente.

Si tuviéramos ocasión de observar en derredor y simplemente advirtiéramos que todos tenemos un pronto destino de presas, de víctimas; que estamos en el grupo de los que sobran sin remedio; de aquellos que ni siquiera pueden defender lo que tienen, tal vez entonces se podría comprender la necesidad y conveniencia de organizar una “resistencia” coherente y posible. Una reacción de esta naturaleza nos permitiría durar un poco más.

La violencia la vivimos hoy y nadie duda que continuará cada día más grave y, como siempre, caerán primero los más quietos, incrédulos, ingenuos e indiferentes.

No nos engañemos, no hay república, democracia, educación, leyes ni destino grato a la vista. Sólo podemos, por ahora, intentar reconocernos como una nación con todas las letras y con pretensión de durar.

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