El gatopardo (il gattopardo) es, originalmente, el título de una novela del italiano Lampedusa, resistida en sus comienzos y llevada al cine años después con mucho éxito (1963) de la mano del famoso Luchino Visconti. El gatopardo, en castellano refiere a “leopardo jaspeado”, nombre que asusta, pero que se trata de un animal algo parecido a un gato y fácil de domesticar. En política ese término acuñó luego un concepto cínico: “Si queremos que todo siga como está, necesitamos que todo cambie”. Por ello el nombre fiero de “leopardo” refiere, en definitiva, a un dócil gatito; lo que se vocifera como un cambio importante, resulta que es sólo apariencia que encubre la continuidad de lo mismo. Privilegios que se mantendrán disfrazados, tropelías que se disimulan, delitos graves que serán ignorados; en fin, el feroz cambio se conforma con algunos retoques cosméticos.
La novela y la superior elocuencia de la vieja película, desnudaron, enrostraron una realidad política que algunos desconocían y otros presentían, pero sin suponer concretamente la crueldad del aforismo, que en su desarrollo vital consumió ingratamente vidas en luchas inservibles, principios que se deformaron, bienes y juventudes frustradas. ¿Cuántas promesas vanas se han escuchado de sectores políticos y de supuestos revolucionarios que, llegados al poder, se fueron diluyendo prontamente?
Pero no está en la finalidad de este modesto trabajo desmenuzar la naturaleza y falsedad de los cambios prometidos por quienes aspiraron a tomar el Poder; esos gatopardismos que hoy más o menos todos entienden y que muchos justifican. Pero, en definitiva, se trataría de cambios que son promesas de hombres, tal vez realizables, tal vez imposibles.
Pero los cambios que acá me ocupan no son promesas humanas; ni siquiera dependen ya de alguna voluntad. Tampoco aparentan belleza, ni preanunciarían beneficios. Estos cambios sin control ya no dependen de los hombres, quizá tampoco exista la posibilidad de evitarlos.
Por ello es que el epígrafe refiere al “gatopardo moribundo”, porque pronto los cambios se producirán, pero nada seguirá igual.
Señalo apenas tres pautas inmanejables que complicarán el futuro próximo (tal vez muy próximo): la explosión demográfica, la crisis cultural y la tremenda expansión tecnológica, todas en curso y acelerando. Por cierto, que tratar acabadamente cualquiera de ellas excede la finalidad y la amplitud de este espacio cuyo propósito es modesto.
La explosión demográfica es un problema espinoso sobre el que se pretendieron soluciones ambiguas o crueles, las que difícilmente logren coincidencias satisfactorias.
La población mundial en los diez mil años previos a 1950 sumó dos mil quinientos millones de personas; desde entonces al día de hoy, en apenas setenta años, esa cantidad se triplicó alcanzando los siete mil quinientos millones. Esta cifra ya es más del doble de la que los científicos consideran apta para que la capacidad de recursos del planeta permitiera vida sustentable. Pero la habilidad humana para depredar tales recursos es increíble y agrava las soluciones posibles. Digamos que, la capacidad para albergar gente es finita y cada vez menos recursos por su depredación no es compatible con un crecimiento poblacional y demanda infinita de aquellos.
Por su parte la depredación incontrolada y la contaminación ambiental han logrado ya un cambio climático cada vez más insoportable y violento. Disminuir los daños que provoca el hombre podría moderar las consecuencias previsibles; sin embargo, no se advierte voluntad concreta; unos por poderosos, otros por ignorantes. El camino al hacinamiento y a sus lamentables consecuencias parece garantizado
La crisis cultural, insinuada ya por Spengler en su obra “La Decadencia de Occidente” a comienzo de siglo pasado, va un poco de la mano con la vertiginosa expansión tecnológica. Permítaseme asimilar a esta crisis de la cultura con la destrucción de un puente que comunicaba puntos de otro modo inalcanzables. De los pocos que habían podido cruzarlo, unos cuantos jóvenes inexpertos fueron prontamente absorbidos por la tecnología, la misma que aisló e incomunicó a los pocos portadores del bagaje cultural anterior, quebrándose así la continuidad histórica de la cultura. El puente que se destruyó por el peso de la aglomeración humana (explosión demográfica) que transitaba sobre él, augura el nacimiento de otra civilización, el advenimiento de nuevos valores y una distinta conformación del nexo social futuro.
La sorpresiva presentación y avance de una tecnología también distinta de la que quedó del otro lado del puente destruido, ahora de magnitud inconmensurable y dimensión fuera de la imaginación común, con acceso restringido a sectores lúcidos, augura cambios políticos, religiosos, morales, sociales y científicos.
Volviendo al punto de partida, digamos que los cambios en curso no permitirán que “todo siga igual”. Son cambios que implosionan el pasado. Aunque muchos no lo admitan o no quieran admitirlo, el gatopardo agoniza junto al prestigio que tradujo bien la tradición política y literaria que, asimismo, también culmina.
¿Qué vendrá? ¿Cómo sigue todo lo que llegó hasta acá? No lo sé, ni puedo suponerlo, pero semejante y abrupto cambio no creo que sea gratis ni indoloro. Es de señalar que los problemas que hemos fabricado lenta e insensiblemente sugieren soluciones urgentes en su dimensión histórica.
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