Verdad o mito, la frase se le atribuye a una película (1968) donde Isabel Sarli la habría formulado ante una obviedad. Desnuda e indefensa dentro de un camión frigorífico, sin escape y frente a un personaje nefasto que se acercaba con la clara intención de violarla y maltratarla sin tener impedimento alguno. ¿Para qué le daría mayores explicaciones sobre sus pretensiones, si hasta se le corría la baba?
Qué habrá pretendido el director del film (Armando Bo) con la escena estúpidamente ingenua y pornográfica, más allá de inducir el morbo del espectador considerado “estúpido”, y que colmó la taquilla. Nada, absolutamente nada más que dinero. La película entonces prohibida para menores, hoy se suele pasar sin restricciones por TV. Deben suponer que los chicos crecieron sin dejar de ser estúpidos.
Imaginemos por un momento que fuéramos nosotros los arrinconados en el fondo del camión y, de repente, entran todos los secuaces que volvieron con Aníbal y Manzur a la cabeza, supuestamente dirigidos por un badulaque, que a su vez reporta a Cristina. ¿Se justificaría, acaso, hacer la pregunta que inmortalizó la Sarli? ¿Es difícil suponer qué es lo que pretende semejante banda de procesados? Tal vez ya sepamos, sin duda alguna, cuales serían las pretensiones que mueven a un equipo más conocido que “Harry Potter” y sus trucos, para hacer desaparecer mejor que el pequeño mago, las cosas ajenas o hacernos creer que lo que vemos no es lo peor.
La realidad, que empezó hace dos años como una película de fantasía, de dibujos animados, que el elenco de delincuentes vendió a un público candoroso, repentinamente se convirtió al género del horror chabacano, que no esperó al final para asustarnos. Queda todavía un buen rato de mascaradas espeluznantes y ridículas. Digamos que esto recién empieza.
Esta etapa de nuestra Argentina no debería existir, es increíble que no haya más que delincuentes que aspiran terminar de esquilmar a este país quebrado, en vez de moderar sus tragedias. Tropeles de matones ahuyentan a las empresas, salteadores urbanos atemorizan a la gente y la falta de un futuro aceptable empuja a la juventud valiosa para que se vaya.
No debemos dejar de considerar las barbaridades que hicieron, hacen y harán durante la lamentable presencia de la pandemia. Negociaron con la compra de vacunas por hacerse los “progres”, tan inmorales como chorros, así se anotaron unas cuantas muertes. Robaron y escondieron vacunas o las usaron por debajo de la mesa; con esta chanchada se puedieron anotar otros tantos de los 115.000 finados. Encerraron al pueblo un año y medio y cerraron las escuelas. Todavía no alcanzaron ninguna de las metas que se propusieron o mintieron que lo hacían.
Ahora que la peste afloja un poco, la dan por terminada por decreto que satisface sus necesidades de movilización electoral, a los actos, las junteras y los regalos. Disponer que no se use el tapaboca ni en las reuniones multitudinarias como el futbol, es un inocultable mérito para adjudicarse a sabiendas más contagios y muertes. Total, esos no hablan, tampoco votan ni piden nada.
Ni pensar en lo que pretenden hacer con la maltrecha economía en el transcurso al 14 de noviembre. No muestra pudor ni medida la cosmética con que se pintan los asustados “compañeros”. Si los viera el propio General, manto sacrosanto donde se ocultaron varias gavillas de malandras, los vuelve a sacar a patadas por ridículos e inservibles.
“Qué pretenden ustedes de nosotros”, remedando a la Sarli por la obviedad manifiesta, cuando estamos en “pelotas y a los gritos”, como dijo otro General que si servía (San Martín), ante el rejunte improvisado que gobierna para seguir esquilmándonos con descaro. Evidentemente que continúan navegando en la neblina con absoluta irresponsabilidad. En esto ya se le adelanto Luis XV en Francia hace mucho, cuando frente al descontento popular respondió con malicia y manifiesto desinterés: “Después de mí el diluvio”. ¿No es muy similar lo que sucede ahora? Una pena que ignorara que luego a su hijo y heredero le cortaran la cabeza junto a su querida María Antonieta. Ojo, que del rencor popular no se salvan ni las mujeres, ni los niños.
Cualquier parecido con la realidad NO es mera coincidencia.
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