El domingo 12 de septiembre, así como para el oficialismo fue un terremoto, para quienes no lo “admiramos”, ni mucho menos, fue un bálsamo de esperanza de poder orientar racionalmente nuestro ingreso al último vagón del futuro ya en marcha.
Ha nacido una expectativa, pero esperemos que el pronóstico favorable se “concrete” en noviembre. Lo deseo de corazón. Aunado a ese deseo quisiera que, con los números necesarios en el Congreso o, por lo menos, en Diputados, alcance para poner coto a este gobierno bochornoso de fantasmas, que dan órdenes tras bambalinas y que hace rato perdió la brújula de la República. Tenemos urgente necesidad que la Argentina que supimos conseguir entre decididamente al Siglo XXI, lo comprenda y se adapte a sus notables cambios y exigencias.
Primero habrá que superar todas las trapisondas y trampas de las que son capaces y saben hacer. Desde reventar la moneda, o lo que queda de ella, hasta comprar voluntades flojitas, todo es muy posible.
Hay un trámite lamentable que ya conocimos y fue el caso de BOROCOTÓ que, en el año 2005, fue electo integrando el PRO y antes de asumir la banca se lo compró el kirchnerismo. Célebre acto de transfuguismo que debe recordarse para que hagamos lo que esté a nuestro alcance para prevenirlo y evitarlo. Una coalición política será difícil de conducir, pero no puede haber pretexto para traicionarla o debilitarla. Ya hay rumores, sólo rumores, inquietantes por estos lares.
El triunfo obtenido, por ahora, no es más que un buen augurio que no tiene dueño; es sólo el denominador común del ánimo de muchos ciudadanos, no hay patrones ni intérpretes de la voluntad expresada, que busca la estabilidad y la certeza que solamente una república seria puede proveer.
Esta gente que está en el gobierno es inefable; la jefa y sus secuaces más inmediatos buscan fundamentalmente impunidad, escapar de la justicia, mientras siguen los oscuros vuelos con cargas desconocidas. Los subalternos han mostrado ser badulaques desorientados que se pierden en marchas y contramarchas, mientras esa especie de Gestapo que lidera Máximo, discurre entre la traición, la sorpresa ladina y la dictadura demagógica ahora desenmascarada.
Para peor, la casta gobernante es hoy un avispero de pasiones incompatibles, que pisan en el barro del ridículo internacional la cabeza de la Argentina. Subieron el país al viejo “tren fantasma”; un juego de sorpresas mentirosas que se despliegan en el oscuro viaje de final incierto y espeluznante.
El triunfo electoral reciente debe ratificarse en noviembre, para transitar los dos años que faltan con la nariz fuera del agua, no mucho más. Una etapa larga para atajar penales mayormente. La institucionalidad posible en tal plazo es tan sólo lo menos peor a que podemos aspirar para evitar que sigan rompiendo y desapareciendo lo que nos pertenece a todos. Debemos evitar que, si les va mal como espero, desguacen lo que queda del país (Mapuches aparte).
Pero lo más trágico es el tiempo que estamos condenados a perder para prepararnos a entrar en un futuro difícil que, en el mejor de los casos, nos permitiría ocupar un humilde rincón.
Tres incógnitas me desvelan: 1°) ¿Quién se roba desde siempre una fábrica de recursos como es nuestro país, para mantenerlo permanentemente en convocatoria de acreedores o en quiebra (default); 2°) ¿Por qué no se advierte o, simplemente, se calla el latrocinio reincidente, la descomposición institucional y se aplaude el delito?; 3°) ¿No se advierte, acaso, la aceleración del tiempo, de las necesidades que surgen y los cambios que no se asimilan?
No sirve lloriquear y seguir en lo mismo. Si no se piensa y hace algo orgánico y de actualidad, mejor pegarse un tiro bastante más arriba de los pies.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Muchas gracias por tus comentarios.