Considero que el aserto que resulta del epígrafe, frase que creo original del portugués Saramago, es ahora más que oportuna y francamente expresiva. Además, me sirve para enfocar una realidad verbal y política que insensiblemente nos perjudica y hasta colaboramos ingenuamente para ello
Hoy asistimos a un avance del quehacer político inorgánico sobre la cultura y el idioma, suponiendo erróneamente que se trata de una pretensión inocua, pueril y hasta graciosa. Vemos y escuchamos de altos funcionarios barbaridades que asustarían a mi maestra de tercer grado y a periodistas prestigiosos banalizar ese engendro.
Pero dejemos de lado el despropósito literal del llamado lenguaje “inclusivo”, que achica y deforma al diccionario; la agresión que refiero es toda la que complica la posibilidad de entendernos hasta en el disenso, ya que podemos confrontar estando de acuerdo sin saberlo. De este modo es muy difícil que podamos salir del pantano al que nos llevó nuestra indiferencia e ignorancia.
Hoy sólo me interesa señalar la sinonimia absurda que se está logrando con cruel derrape, entre algunos términos y su consecuencia política y social. Pensar o pretender alguna forma de “orden social”, en general se la reprocha como ideología propia de una derecha nazi-fascista. Por el contrario, la inobservancia de cualquier ley o reglamento, toda forma de protesta desordenada y prepotente que no reconozca a los otros, sería patrimonio saludable de una presunta “izquierda progresista”.
La verdad es que hoy no conozco quién explique claramente qué es “derecha” o “izquierda”. Como afirma un célebre historiador y miembro de la Academia francesa: “…cuando se interroga a los franceses sobre cual es el sentido que le dan a la división de izquierda y derecha responden que les parece algo caduco, pero que no tienen dificultad en proclamarse de uno u otro sector que no pueden definir con precisión”.
Digamos que actualmente los criterios sobre revolución, religión, república, democracia que en ocasiones distinguieron a la derecha e izquierda, ya no son válidos. Sólo sirven para la confrontación y cubren fines subalternos.
Lo que enfáticamente afirmo es que tan falso es distinguir a la “derecha” por un presunto contenido fascista, como a la “izquierda” entenderla inorgánica y puramente revoltosa. Hoy izquierda y derecha son meras camisetas vacías que señalan sectores de intereses que confrontan. Camisetas distintas que el mismo jugador puede usar en ocasiones según le convenga.
Por ejemplo, Perón y el peronismo ¿se ubican a la derecha o a la izquierda? Creo que la orientación fundacional era próxima a Mussolini y su fascismo, hoy no se qué piensa el que usa esa camiseta.
Aspirar a cierto orden que armonice la convivencia es una pretensión inmemorial, vigente en todo grupo social con afán de permanencia. El orden democrático no establece QUÉ se debe pensar, sino organiza CÓMO se debe expresar el pensamiento y para eso usa la LEY. Ley que nace de la costumbre, como la inglesa, o de un parlamento, como la francesa.
Desconocer o confundir ese criterio rector, algo que esta sucediendo entre nosotros, es zambullirnos en anarquía y violencia. Imaginemos, a modo de ejemplo, al tránsito o a cualquier deporte sin que se observe reglas mínimas.
Quien habla mal confundiendo las reglas, es porque piensa mal, con lo que causa perjuicio e incertidumbre a todos.
En nuestra dramática actualidad política ¿Quién se atreve a señalar o distinguir que es oficialismo y qué es oposición? ¿Se pueden cruzar los roles dentro de lo que suponíamos nuestro sistema institucional? ¿No es previsible que se agrave el caos que ya estamos pisando?
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