El zafarrancho político nacional autoriza que, por lo menos individualmente, de rienda suelta a las especulaciones más disparatadas que parten desde la profunda incertidumbre sobre el futuro propio y el social. El descalabro republicano logrado y con lo poco que queda amenazado, nos permite suponer que, si subsiste alguna forma de Estado que sirva, es por obra y gracia de una inercia pronta a agotarse, enfrente de la indiferencia histórica que nos ha caracterizado. Aplaudimos el desorden y la picardía política, tampoco son muchos los que rechazarían una tajada turbia a su alcance si pudieran incorporarse a esa comparsa rastrera.
Podemos reconocer muy serios problemas económicos, otros también muy graves de seguridad, de corrupción admitida y sin excepción, de salubridad, de educación etc.
¿Alguien piensa que alguno de esos problemas tendrá pronta solución? Yo no lo creo, porque estimo que la fuente donde nacen todos ellos es de naturaleza cultural y esa pudrición es de difícil tratamiento.
Además, los beneficiarios del chorro infame no les interesa que termine.
A modo de ejemplo me pregunto, también pregunto a los amigos, quién ignora que robar es indigno y perjudicial para las víctimas. ¿Cristina robó y sigue robando? ¿Alguien lo desconoce? Sin embargo, muchos le rinden honores y aplausos, mientras sus adláteres en el Honorable Senado de la Nación (?) se prestan a cara descubierta a apoyar sus instrucciones y avivadas en busca de impunidad propia. Todos millonarios famosos, muchos exgobernadores temerosos de que todos los secretos se conozcan y quienes gozaron en sus feudos de un supuesto prestigio. ¿Puede concebirse un órgano de la alcurnia del Senado se convierta en cómplice y mero encubridor de tantos delitos? ¿No saben, acaso, que todo el mundo sabe? En medio de la descomposición de un gobierno vergonzante que se derrite, no tienen siquiera la pretensión de aparentar un poco de dignidad.
Quién o quienes allí, ignorando ejemplos destacados del pasado, sólo componen con descaro una murga que modela nuestro presente y tuerce nuestro futuro. Ya no guardan siquiera las apariencias, ni muestran alguna obediencia a las leyes que juraron respetar. Simplemente las atropellan porque son funcionarios, mostrando así una cualidad que poseen la gran mayoría de los integrantes de todos los gobiernos del país.
Difícil encontrar alguno que pueda justificar la fortuna que no ha podido ocultar. De la oculta, mejor no hablar.
Hasta no hace mucho brillaba la justificación cínica: “Roban, pero hacen”, ya ni siquiera eso subsiste. Sin cuidado van derecho al grano y nos acostumbraron a soportarlo.
Ahora han inventado el “impuesto a la renta inesperada”, artilugio que el ingenio popular ya se ocupó de descalificar: “Acá la única renta inesperada son los bolsos llenos de dólares que caen del cielo”, como el milagro que sucedió en el famoso convento cuando López los revoleaba desde afuera. Dislate que le cargaron a una monjita moribunda de noventa y tantos años de edad. Esa muerte fue suficiente para el posterior silencio y olvido bendecido por una Iglesia que trastabilla.