La exitosa novela de Hemingway refiere a una pareja de jóvenes que viven en la aterradora realidad de la Primera Guerra; él, un soldado herido, ella una enfermera que, amándose profundamente, deciden desertar de Italia, sumergida en la contienda, a Suiza, exiliándose en este país neutral para escapar del infierno que no comprendían. Poco después de lograrlo, ella y el hijo común mueren en el parto. Terminada la guerra, el sobreviviente conocerá también las desventuras del desarraigo ya que, como desertor, no puede volver al país del que huyó para salvar su futuro.
Hoy la escuálida síntesis de una célebre novela viene a propósito de dos concretas coincidencias con lo que nos toca vivir acá; un país que antes fue envidiado y que, finalmente, terminó empujado a la miseria, al crimen y a la discordia popular, inspirando nada mas que vergüenza los desaciertos y papelones oficiales. Una realidad brutal que alienta a más de cien jóvenes a huir cada día. Salida incluso aconsejada por los propios dolientes de las ausencias, frente a la lamentable falta de un futuro discreto.
Estamos devolviendo y “pagando” los inmigrantes del Siglo XX, hambrientos y honestos trabajadores que hicieron grande al país, con emigrantes talentosos y jóvenes que la Argentina produce, que necesita ahora y necesitará mañana. De esta suerte sube el porcentaje de corruptos, delincuentes y asesinos que se quedan y no los reciben en ningún lado; ni siquiera en los países vecinos que hacen su importante aporte mandando esa mugre que acá defienden los émulos de Zaffaroni.
Se prostituye la Justicia con el descarado ingreso de militantes o de cobardes que nunca deciden, sin contar la horda de ñoquis, inútiles y excesivos, que soportamos en una burocracia inmensa e inservible, sin que nadie se haga cargo ni insinúe advertirla. Además están los muchos que trabajan para los narcos o integran sus redes, en lugar de proteger a la ciudadanía y la paz social, simplemente, se las ignoran.
El futuro en mano de impresentables absolutamente improvisados, títeres manejados por personajes e intereses espurios, que para peor tienen aún tiempo de sobra para socavar las salidas posibles, aunque difíciles. Muy difíciles.
Los personajes de la famosa novela no podían volver por la guerra y, luego, por haber desertado. Los chicos que se van están condenados a sufrir el desarraigo porque el desastre del que huyeron seguramente permanecerá para entonces. Hacer atractivo el regreso sería una labor ciclópea que, quiérase o no, debemos intentar con toda fuerza.
Somos ignorados por el mundo y dejamos en manos inexpertas funciones esenciales como la Cancillería (p.ej), actividad en la que el protocolo, la previsión y la compostura conforman gran parte del lenguaje de la representación de cualquier país que se precie. Pero la faz distintiva la constituye también el ridículo del que no se vuelve; el manoseo, el idioma y los gestos ordinarios ayudan a que los importantes nos eludan, como Merkel en el G20 y la sorpresa de Biden.
La realidad espeluznante de Hemingway, que desterró para siempre a sus personajes, es equivalente a la desconcertante e interminable parodia social que supimos fabricar para el bochorno y miseria de muchas generaciones.
Esperemos que el “Adiós a las armas” continúe siendo una despedida de las mismas y no se convierta en una bienvenida. Ya conocemos lo que fue saltar de la sartén al fuego.
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