Al fin pasaron las elecciones y, por suerte, la población se expresó como pudo. Esa opinión cruzó al oficialismo nacional, aunque éste en su rara cosmovisión política, celebre la derrota como un triunfo (Alberto dixit).
El resultado, las sorpresas buenas y malas que se esperan de él, suponen una larga tela para cortar y, de peor pronóstico, si se atienden sugerencias K que debe resolver un futuro por demás complejo.
Con la intención de aliviar el resultado de las PASO el gobierno no trepidó en consumar maniobras ilegales, arrastrando a muchos funcionarios a la complicidad penal que deberían afrontar más pronto que tarde. Por lo menos es de esperar que así sea.
El descarado “plan platita”, destinado a la compra infructuosa de votos, insumió centenares de millones de pesos, consecuencia de la prepotencia oficial, la histeria y el miedo de la jefa y sus secuaces.
Hasta la promoción pública del “plan platita” es en sí un delito. Digamos que el sistema reprocha tanto el origen cuanto el destino de esos fondos, además de la publicidad de esos actos.
Usar recursos públicos cambiando el destino legal previsto, es Malversación de Caudales Públicos. Si bien fue una procacidad insolente hacerlo público y jactarse de ello, no deja de ser también un agravante del delito y de la inmoralidad pública. Proponer ese plan, como se jactó Gollán (Incitación a Cometer Delito), hasta la consumación, implica una ristra de responsables genuflexos y caraduras que saben haberse prestado a semejante atrocidad para desfigurar a propósito la real voluntad popular. Autoridades del Banco Central, ministerios, intendentes deberían a acompañar a Alberto en las consecuencias de la desquiciada aventura.
Pero la cuestión no termina en el reproche penal y el repudio social; el dinero debiera ser reintegrado a las arcas oficiales de donde se extrajo tan vergonzosamente; no debería ser disimulada la exacción con inflación y emisión espuria.
Mucho se ha robado y algo se ha descubierto en esta época, pero avisar que se continúa en lo mismo y llevarlo a cabo es demasiado, por lo menos para mí.
¿Quién se hace cargo del efectivo, los calefones, camas, bicicletas y electrodomésticos que de regalaron en la Prov. de Buenos Aires y, en menor medida, en el resto del país?, sin contar, por cierto, con los insaciables intermediarios y los muchos “delíberi”. Digamos que, lamentablemente, muchos vendieron su voto acuciado por su ignorancia o sus necesidades impostergables; pero también señalaremos que se agrandó la banda con los repartidores que también se beneficiaron personalmente con algún vuelto.
Esperemos que el conglomerado triunfante sepa asumir las obligaciones que el pueblo le encomendó, confiando en su armonía interna que, seguramente, se debe despojar de pretensiones individuales, por ahora inservibles.