Circunstancialmente releía la carta abierta de autoría de Èmile Zola (1898), titulada “Yo Acuso”, instrumento del que se valió para denunciar públicamente, con nombre y apellido, a las encumbradas autoridades civiles y militares que a sabiendas habían condenado deshonrosamente y a consciencia a un inocente, el capitán Alfred Dreyfus. Éste soportó diez años espeluznantes en la prisión de la Isla del Diablo. La denuncia de Zola tuvo incluso serias consecuencias para él debiendo asilarse, presumiéndose también, que fue por ello asesinado. Pocos años después de la muerte se conoció la verdad en modo irrefutable de la inocencia de Dreyfus. El famoso caso había trascendido la orbita judicial, convirtiéndose en instrumento de confrontación política, con graves fisuras en la sociedad que no las pudo superar ni cuando el caso Dreyfus pasó al olvido.
La cuestión de algún modo se asemeja a nuestra suerte a lo que luego referiré con más precisión. Sucede que el martes pasado escuche por Radio Mitre, a las doce aproximadamente, la terrible situación vivida por una familia neuquina en su provincia. El joven matrimonio y sus pequeños hijos fueron a comer un asado a orilla de uno de los hermosos lagos de Neuquén. De pronto se aparecieron supuestos (o no) mapuches armados y en camionetas de doble tracción. Previo a echarlos les dieron una paliza atroz, que incluyó cuchilladas y machetazos, reivindicando “sus tierras ancestrales”. La familia, con el hombre seriamente herido, pudo huir hasta llegar a un puesto de Gendarmería en busca de auxilio. Los dos gendarmes que había, arguyendo que estaban solos, entendieron que nada podían hacer. Mientras tanto los agresores pasaban delante de ellos a los gritos y haciendo ostentación de su armamento, también en la “voluntad de defender a toda costa las tierras que pretenden no son argentinas”. Gendarmes callados y asustados no hicieron nada, ni siquiera pedir ayuda.
Éste no es más que otra de las cotidianas muestras y actos de posesión que, quiérase o no, pueden justificar derechos posteriores. Poco y nada más he escuchado de semejante tropelía.
Y, ya que estamos hablando de derechos mal habidos, acabo de leer en la Nación que la vicepresidente habría sido sobreseída en el caso del Pacto con Irán. En síntesis, acá puede venir cualquiera, poner bombas, matar a ochenta y cinco argentinos y esfumarse entre aplausos, medallas y besos.
Ni los árabes, ni los mapuches pueden confundir válidamente para nosotros, un pretendido derecho de propiedad con lo que es nuestro territorio soberano. No es lo mismo propiedad que soberanía,;"caranchear el territorio es INADMISIBLE. La anarquía y el terrorismo merece el más profundo repudio para muchos de nosotros; no para todos y menos para los cobardes y los cipayos.
Acá retornamos al célebre Zola, su valor y sacrificio, capaz de señalar, con nombre y apellido, a los jerarquizados farsantes, inútiles, traidores y terroristas.
Si aquí estuviera no dudaría en decir: YO ACUSO a Alberto por mequetrefe, títere y cómplice consciente de una engañifa popular; a Cristina por su afán de evadir hasta una justicia “dudosa” y sus bienes; a Manzur que le pide ayuda a Dios porque no sabe qué hacer y cuidar su misteriosa fortuna; Aníbal, gran zorro en el gallinero. Todo un séquito numeroso de mentirosos, ladrones de vacunas, asesinos, todos descarados mercaderes del horror y la miseria junto a su camarilla de adláteres.
La nómina de Zolá sería muy extensa, pero seguro que en algún lado de ella incluiría a los propios argentinos que sostienen a los infames.
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