viernes, octubre 15, 2021

ANARQUÍA

La “anarquía” implica la ausencia total de estructura gubernamental en un Estado y “anarquismo” es una doctrina política que significa: sin autoridad ni poder. Señalo la diferencia para evitar confusiones, porque a la anarquía se llega queriéndolo o no.

La anarquía viene porque se la buscó, como pretende el anarquismo, o como una consecuencia impensada de conductas que destruyen al Estado. En nuestro caso, la Argentina actual, es la que nos interesa y se puede afirmar que la proximidad al abismo de la anarquía lo produce todo el conjunto repudiable de corrupción, improvisación, indiferencia, ignorancia, desfachatez e imprudencia suprema que exhibe el oficialismo.

Llegar por estas causas a la destrucción del Estado, a romper el escaso rezago de orden público, las migajas de paz social e imponer el cotidiano riesgo de vida, son las consecuencias que hoy ya sufrimos y que, lamentablemente, muestran el previsible agravamiento.

Los asesinatos y la rapiña voraz están ingresando a una etapa que, por la reiteración, comienzan a considerarse como aconteceres naturales de nuestra existencia y fragilidad habitual. Quiérase o no, el grueso de la población no está preparada para enfrentar la nueva realidad que crece y los irresponsables del maltrecho gobierno no solamente miran para otro lado, sino que no nos defienden, ni permiten que nos defendamos como podamos; incluso sabiendo de la inferioridad de condiciones que debemos soportar frente a la decisión y desparpajo de los delincuentes agresores.

Pero no pensemos que esto es así y nada más; estamos recién en el comienzo de la pendiente que nos llevaría a un futuro próximo brutal. Si todavía los responsables ignoran a donde conduce esta ruta, también desconocen que no hay frenos para atenuar las consecuencias. Si quisieran saber cómo concluye este dislate, solamente les bastaría mirar a España (1936/9) y su millón de muertos en la guerra civil y a los cuarenta años de dictadura fuerte que le siguió.

Piense el lector si está dispuesto para ello y si supone que podría soportar junto a sus seres queridos, un plazo semejante de tiempo, de dolor y frustración.

Hoy se nos dice que ingresamos al mundo de las comunicaciones, pero eso es una verdad que induce equívocos, porque hay tantas posibilidades las veinticuatro horas del día que no alcanzamos a elaborar lo que recibimos, ni a distinguir lo importante dentro del cúmulo de chabacanería que lo envuelve.

Estamos a un paso de las elecciones de conjuntos de rejuntados, sin plan ni promesa concreta de lo que verosímilmente piensan hacer. Escuchamos críticas espeluznantes y verídicas del pasado de cada uno.

Todos caminan avanzando de espaldas al futuro; gran logro de un oficialismo descarado y cínico.

Los asesinatos, la droga y el despilfarro obsceno de los muy escasos recursos públicos, son moneda corriente que ni siquiera, por vergüenza e ilegalidad, pretende ocultarse. Los funcionarios son todos misteriosos nuevos ricos que pisotean la miseria de muchos y el desempeño honesto de otros tantos que si trabajan. Ninguno puede justificar de dónde salió el fabuloso patrimonio que no pueden ocultar. Ni pensar en el negro que si lograron esconder.

En fin, hace más de cuatrocientos años (Thomas Hobbes) que ya se anunció que el desquicio público, la anarquía, produce el miedo a la violencia que clama por defensa, temor que ruega protección y esa protección se paga resignando libertades. Ese es su precio.

Al que dude de este aserto, le bastaría mirar a su alrededor con suficiente atención y contarnos qué es lo que ve y escucha, sobre todo en los últimos años.

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