jueves, diciembre 10, 2020

CULTURA DE LA MUERTE

Advierto a los amigos que el título puede inducir cierta confusión, lo que me impone alguna referencia al concepto de cultura que adhiero y que, por cierto, puede carecer de precisión para algún criterio estricto o que difiere con el mismo.

Muy sintéticamente diré que entiendo por cultura de un grupo humano, pueblo o nación, al conjunto de conductas valiosas que observa y observó históricamente; es decir, conductas orientadas por valores morales, estéticos, económicos, jurídicos etc. Por el contrario, los actos que carecen de esa orientación o se oponen a ella no integran el concepto que hasta ahora conocimos de cultura. Por ejemplo, el homicidio siempre se consideró inmoral e injusto, por ello no integraba la idea de cultura del grupo.

Hago la escueta referencia porque considero que asistimos a problemas confusos y peligrosísimos que derivan de un cambio, de una mutación de la percepción de los valores conocidos. En efecto, recientemente en Retiro (Bs. As.) un menor de quince años mató con un arma de fuego y a plena luz del día a un kinesiólogo armenio para apoderarse de su bicicleta. Por su edad saldrá inmediatamente y no se computará tal antecedente en su prontuario.

Por cierto, que esa atrocidad desató una vez mas el reclamo y la discusión sobre la edad de imputabilidad; es decir que, hoy por hoy, a un menor de la edad que la ley señala no se le puede imputar delito alguno, suponiéndose que al bajar la edad de imputabilidad penal se lo podría apresar, lo que sería una solución definitiva. Hay países de fijan en diez años el límite.

Imputabilidad penal es sinónimo de la capacidad de “comprender la criminalidad del acto”, tal vez el tema más espinoso del Derecho Penal según el famoso Sebastián Soler.

Pero el problema de la imputabilidad es un tema de segundo orden frente a la distorsión y tergiversación cultural actual. Ser criminal hoy es una cualidad admirada y temida por amplios sectores de nuestra sociedad, digna de admiración por los menores de los más diversos estratos sociales. Matar o herir a alguien da prestigio a sus autores que, probablemente, luego mostrarán los tatuajes que certificarán las cárceles que han visitado; títulos honoríficos vigentes en los guetos.

No debemos creer que el problema cultural es patrimonio de sectores empobrecidos, ya que se ha mostrado con claridad en clases acomodadas.

La distorsión cultural va mucho más allá del Derecho Penal, de la situación económica e incluso educativa, siendo lamentablemente complejo algún atisbo de solución aceptable. Cuando el crimen se aplaude o se ignora, cuando la corrupción triunfa y la red de cómplices de cualquier modo se extiende, resulta cada vez más difícil que el pueblo rechace el delito, tenga la forma que tenga.

La estructura penal está saturada en la ley y en los que deberían aplicarla; es la propia dinámica social la que cruje con intensidad inocultable.

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