jueves, diciembre 17, 2020

YO ESTUVE

Recientemente el Presidente dijo que a él lo había marcado el “Mayo francés” de 1968; algo que ironizó un columnista de Clarín (Borestein) recordándole que en ese momento él tenía ocho años de edad. Si realmente conoció con bastante posterioridad ese acontecimiento y con alguna profundidad, seguro que preferiría que no hubiese ocurrido ya que expresaba la concreta antípoda política.

La protesta fue de gran magnitud lo que le dio trascendencia mundial, al comienzo era fundamentalmente estudiantil y luego concitó la adhesión obrera y la clase media. Fue por algo absolutamente contrario a lo que Alberto Fernández hoy hace y representa. Si solamente se advierte que voltearon al presidente, entonces nada menos que De Gaulle, héroe de la resistencia francesa en la guerra, tales consecuencias no quisiera soportarlas.

Ese acontecimiento fue un antecedente de otro suceso nuestro de trascendencia internacional, también en mayo, pero del 69: el “Cordobazo”. En aquel entonces yo estaba próximo a culminar mi carrera en esa ciudad lo que me permitió ver y conocer el suceso y sus antecedentes. Finalmente se llevó puesto a Onganía, un dictadorzuelo que se había iniciado en el ´66 derrocando al Pte. Illia y que mostró su imbecilidad desde el comienzo con la conocida “noche de los bastones largos”. Esto produjo el éxodo de profesores universitarios y científicos que inmediatamente captaron otros países (principalmente EEUU).

Quienes lideraron o inspiraron aquellos sucesos en Francia, tenían envergadura y luz propia (Sartre, Marcuse, Cohn-Bendit), nada que ver con Alberto y bastante más coherentes y honestos que Cristina. Si realmente supieran de qué y de quienes intentan valerse aparentando una ducha de intelectualidad, saldrían espantados.

Hoy serían prácticamente incompatibles aquellos sucesos con nuestra realidad: la población se duplicó creando necesidades nuevas, algunas insoportables; instalando una compuerta grave entre la historia y la tecnología. Esta lamentable consecuencia -haber casi perdido la conciencia histórica- le permite a nuestros contradictorios e improvisados gobernantes suponer similitudes con acontecimientos del pasado que desconocen o creen que los demás los ignoramos. Sólo pretenden aprovechar la estela de cierto romanticismo de aquellos sucesos populares que, en realidad, fueron complejos y duros. Enfrentamientos citadinos que sumaron muertos tanto en Francia como en Córdoba. Estaba a flor de piel el hartazgo popular del régimen impuesto, del destrato a los ciudadanos, del pisoteo de la libertad y la torpeza inmoral de los que mandaban.

En realidad, no comprendemos qué quiso decir el Presidente cuando afirmó estar marcado por el “mayo francés”. ¿Esa marca indica afirmación farandulesca y mentirosa, propia de la ignorancia? ¿Será pavura de saber qué sucede cuando el pueblo se cansa de mentiras, de impunidad, de descalabro e improvisación gubernamental?  ¿O cuando ve desparramada la jerarquía oficial comunicada por vía epistolar deleznable y antirrepublicana?

Es una vergüenza y una fantochada que la vicepresidente, habiendo jurado por la Constitución Nacional, la atropelle con descaro intentando desnaturalizar el sistema republicano de gobierno previsto ostentosamente en el primer  artículo.

jueves, diciembre 10, 2020

CULTURA DE LA MUERTE

Advierto a los amigos que el título puede inducir cierta confusión, lo que me impone alguna referencia al concepto de cultura que adhiero y que, por cierto, puede carecer de precisión para algún criterio estricto o que difiere con el mismo.

Muy sintéticamente diré que entiendo por cultura de un grupo humano, pueblo o nación, al conjunto de conductas valiosas que observa y observó históricamente; es decir, conductas orientadas por valores morales, estéticos, económicos, jurídicos etc. Por el contrario, los actos que carecen de esa orientación o se oponen a ella no integran el concepto que hasta ahora conocimos de cultura. Por ejemplo, el homicidio siempre se consideró inmoral e injusto, por ello no integraba la idea de cultura del grupo.

Hago la escueta referencia porque considero que asistimos a problemas confusos y peligrosísimos que derivan de un cambio, de una mutación de la percepción de los valores conocidos. En efecto, recientemente en Retiro (Bs. As.) un menor de quince años mató con un arma de fuego y a plena luz del día a un kinesiólogo armenio para apoderarse de su bicicleta. Por su edad saldrá inmediatamente y no se computará tal antecedente en su prontuario.

Por cierto, que esa atrocidad desató una vez mas el reclamo y la discusión sobre la edad de imputabilidad; es decir que, hoy por hoy, a un menor de la edad que la ley señala no se le puede imputar delito alguno, suponiéndose que al bajar la edad de imputabilidad penal se lo podría apresar, lo que sería una solución definitiva. Hay países de fijan en diez años el límite.

Imputabilidad penal es sinónimo de la capacidad de “comprender la criminalidad del acto”, tal vez el tema más espinoso del Derecho Penal según el famoso Sebastián Soler.

Pero el problema de la imputabilidad es un tema de segundo orden frente a la distorsión y tergiversación cultural actual. Ser criminal hoy es una cualidad admirada y temida por amplios sectores de nuestra sociedad, digna de admiración por los menores de los más diversos estratos sociales. Matar o herir a alguien da prestigio a sus autores que, probablemente, luego mostrarán los tatuajes que certificarán las cárceles que han visitado; títulos honoríficos vigentes en los guetos.

No debemos creer que el problema cultural es patrimonio de sectores empobrecidos, ya que se ha mostrado con claridad en clases acomodadas.

La distorsión cultural va mucho más allá del Derecho Penal, de la situación económica e incluso educativa, siendo lamentablemente complejo algún atisbo de solución aceptable. Cuando el crimen se aplaude o se ignora, cuando la corrupción triunfa y la red de cómplices de cualquier modo se extiende, resulta cada vez más difícil que el pueblo rechace el delito, tenga la forma que tenga.

La estructura penal está saturada en la ley y en los que deberían aplicarla; es la propia dinámica social la que cruje con intensidad inocultable.

martes, diciembre 01, 2020

¡ABORTO!

En 2012 publiqué un artículo con motivo de un fallo de la Corte Suprema que dispuso que en ese caso particular el delito de aborto no era punible. Era delito, pero se excusaba la pena.

Ahora, repentinamente y claro oportunismo político, el PE ha enviado el proyecto sobre el denominado “aborto legal”. Es decir que abortar sea lícito, voluntario y gratuito; ello me permite volver sobre el espinoso tema.

Las opiniones que duramente confrontan identificándose con banderas, pañuelos o pulseras de colores, son intransigentes y hasta violentas en casos. Cada una se vale de fundamentos religiosos, morales, políticos o jurídicos. Generalmente unos se contestan con otros de distinta clase, toda vez que es necesario eludir la cuestión concreta para facilitar la discusión; sea por si o por no. El aborto pasa a segundo plano después del espectáculo de la pelea.

Señalo que en el presente no refiero a un caso específicamente; al contrario, lo descarto. Es decir, excluyo el aborto de condición “no punible” (Violaciones, abusos etc.); tampoco refiero al aborto terapéutico (cuando peligra la madre) o al eugenésico (debilidad o malformación del feto) etc. En fin, eludo incluir acá cualquier caso particular o que permita calificación capaz de inducir algún argumento extraño que exceda al hecho mismo y único del aborto.

Aquí pretendo traer a la consideración el aborto más clásico, antiguo y común, aquel que se induce o provoca voluntariamente por así desearlo o consentirlo la madre; ese aborto que es tenido en mira por quienes reclaman la legalización, que puede llevarse a cabo sin límite, ni reproche legal, moral o social.

 Ahora bien: ¿Qué entendemos por abortar? Esto es necesario dilucidar para no dudar que hablamos de lo mismo, de la coincidencia en el punto de partida: abortar, a los efectos del presente, lo comprendo como “la interrupción de un proceso vital iniciado en la concepción o, más simplemente, como la interrupción del embarazo”. Considero más ajustado el primer concepto. 

El aborto es reclamado como patrimonio de posiciones políticas opuestas; tanto la “derecha” como la “izquierda” pretenden derechos de autor respecto a la legalización del aborto, sea porque conviene al denominado “control de natalidad” según la primera o a motivos de “liberación femenina” la segunda, aún cuando la cuestión no deja de ser una piedra en el zapato para ambas. Incluso ventilar la cuestión frente al rubro de los “Derechos Humanos”, no resulta para nada pacífica en el universo “progre”, ya que podrían referirse tanto a los de la madre, como a los del hijo.

Ahora bien, cualquiera sea la forma de exteriorizar sus anhelos, con mayor o menor precaución o pudor, tanto los abortistas como los antiabortistas no ignoran que sus propuestas cargan ineludiblemente un costo grave. Un costo que deberá afrontar la madre o el hijo. Ninguna solución es gratis, indiferente o sin víctima.

No interrumpir el proceso vital indeseado, es obligar a perpetuidad a la mujer contra su voluntad; interrumpirlo, es la rápida e irreversible condena del hijo.

Mi propósito no es bregar por una u otra posibilidad, sino tan sólo ahuyentar toda especie de frivolidad para encarar la disyuntiva y los triunfalismos de todas las formas. Ni la madre eligió ser mujer con todos sus impulsos inherentes, ni el hijo estar allí. Acá inexorablemente alguno pierde sin ser culpable.