Como lo he señalado en ocasiones, la historia, la literatura o la música popular me prestan frases o imágenes insustituibles para expresar opiniones como la presente.
El conventillo del que ahora me valgo es al que tuvo lugar entre nosotros al comenzar el Siglo XX o un poco antes.
La gran inmigración de entonces, personas provenientes de todas partes del mundo y muy empobrecidas, auspiciaron la propagación de este tipo de vivienda urbana colectiva. Se trataba generalmente de construcciones precarias de techos de chapas y paredes de madera, de una o más plantas y muchas habitaciones; cuartos reducidos que eran compartidos por una o dos familias. Los escasos baños y la poca agua provista para todos por alguna canilla común, además del miserable hacinamiento, causaba conflictos agravados por la diversidad de costumbres e idiomas de los extranjeros amontonados. La confrontación era un acontecimiento cotidiano que podía convertirse en tragedia en cualquier momento; sin embargo, para los foráneos se mostraba como algo cómico la discusión entre un turco, un polaco, un ruso o italiano; en fin, personas que ni siquiera podían entenderse. Una verdadera Babel propia de aquel entonces, tragicomedias que inspiraron el género teatral de los sainetes y grotescos, especialmente a Alberto Vaccarezza, el más afamado de los autores de ese tipo de comedia vernácula.
A diferencia de lo que anteriormente me aconteciera cuando buscaba frases de tangos o acontecimientos históricos que me ayudaran a describir aspectos de nuestra realidad política, ahora el camino fue inverso: buceando en la historieta llegué a nuestra realidad política, entonces ésta me permitió comprender mejor cómo fue el afamado CONVENTILLO.
Es de no creer lo que sucede en la llamada conducción del país que nos transforma en el hazmerreír en esta especie de tragicomedia barata, que apunta directamente al desfiladero.
La pareja presidencial se comunica a través de cartitas disruptivas, ideales para la confusión ciudadana y disfrute de acreedores y de voraces funcionarios altamente improvisados.
Alberto, maestro de la indecisión, actúa reconociendo su rol de vicario; de usar poderes de otro que lo confunde. Él no debería olvidar que acordó asumir el cargo de presidente ¡No de mandadero! Su principal obligación es frente al pueblo y no frente a quienes lo pusieron con el dedo, porque también la gente lo votó. Como dijo un amigo: “si te prestan un auto, el que lo conduce sos vos y también tuya es la responsabilidad”.
Tampoco los funcionarios pueden ser permanentemente vigilados y criticados por quién no corresponde en esa camarilla.
Recurre al FMI clamando ayuda y los senadores “amigos” insultan al prestamista, obviando groseramente la función inherente al legislador y ridiculizando al verdadero protagonista.
Como líder desoye sus propios consejos sanitarios abrazando amigos de acá y de afuera, lo que determina su mayor aislamiento y distanciamiento de la sociedad a su cargo.
En fin, la conducción se asemeja cada día más a un conventillo donde el “cocoliche” es el idioma imperante y nadie se entiende con claridad.
Hoy, luego de la administración espantosa de una cuarentena que nos empantanó, ostensiblemente continúan confrontando la necesidad de impunidad de algunos y algunas, frente al ahogo y desesperación popular. ¿Podríamos suponer cual triunfará?
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