Hacer algo pronto no implica haberlo hecho a tiempo, tal vez sólo sirva para evitar que el daño que ya se sufre no sea mayor.
En realidad, nuestro país se encuentra empantanado en una situación compleja, difícil y lamentable, producto de la corrupción, la prodigalidad oficial y la indiferencia popular, complicado más aún por el problema pandemia.
Todas esas cualidades permanecen vigentes, son conocidas y hasta ahora fueron aceptadas; aunque creo que las consecuencias aparentan que serán dolorosas y es probable que orienten a un cambio que será espinoso, sacrificado, largo e incierto; esperemos que no sea también muy equivocado.
El fracaso que refiero es incompatible con las posibilidades naturales que siempre tuvo nuestro país y que ahora pone en evidencia el gran desperdicio que hubo durante muchos años.
No es mi interés mostrar un pronóstico apocalíptico, pero pocos eufemismos me permiten no ser agorero.
Recientemente me sorprendió un programa periodístico en el que se habló de “la tragedia educacional” que resulta del año perdido. Primero supuse exagerado el calificativo, pero luego de repasar el cúmulo de consecuencias que tendrá en todos los niveles y en la sociedad, pensé que el periodista no equivocó el aserto.
Otra función principalísima de la República es el cuidado de la SALUD. Éste es un tema actual y mundial, pero nosotros soportamos la “cuarentena” más extensa en el tiempo que cualquier otro país, para alcanzar resultados lamentables. Nos ubicamos en el quinto lugar en número de muertos por millón de personas y somos el segundo Estado que peor gestionó la pandemia.
Qué decir de la ECONOMIA luego de la parálisis provocada por las decisiones gubernamentales plagadas de reyertas de la pareja oficial; binomio incoherente y malparido que responde a propósitos distintos, en muchos casos violentando descaradamente normas constitucionales con actitudes que, asimismo, resultan de la improvisación y las pretensiones oscuras o malintencionadas, aun cuando burdamente pretendan disimularlo para proteger a su primera gran víctima y responsable; el peronismo:
La DEFENSA, otra función indelegable de la República, la consideraremos en otra ocasión; lo que tenemos aquí es más que suficiente.
La vicepresidente recientemente eludió la comunicación privada prefiriendo hacer llegar sus órdenes al presidente por la vía de la carta pública -para que nadie dude que es ella la que manda- sobre la necesidad de intentar un acuerdo CON TODOS, a sabiendas que si fuera posible ella sería la primera en provocar su implosión.
Personas capacitadas estiman con exceso de optimismo que, haciendo todo bien, se requerirían por lo menos diez años para volver a nuestra actual precariedad.
Repasar la triste historia de los desguaces de bienes públicos: ferrocarril, YPF, Aerolíneas Argentinas, el petróleo y cuantas otras fuentes de recursos con sucesivas estatizaciones y privatizaciones, más nuevas estatizaciones de los mismos bienes, pagando indemnizaciones de y de vuelta, desmantelando todo y robando hasta las vías del tren que supo haber. Todo esto nos impide ser optimistas y menos suponiendo un plazo decenal.
Pero, más allá de un racconto de los desastres actuales ¿Quién se atreve a suponer que contamos con diez años para volver haciendo todo bien a la manera de Alemania, Japón o Italia, verdaderamente destruidas por la guerra? Ni contamos con población similar a ellos, ni el mundo es el mismo, ni el tiempo ahora es tan lento como para esperarnos. Ese plazo con mil o dos mil millones de personas más en el planeta será mucho más tortuoso de transitar. Datos que los capacitados seriamente los saben.
Hay urgente necesidad de salir del conventillo en que vivimos con todos sus melodramas y que personas que sepan propongan atisbos de soluciones integrales. Esto con Baradel, Moyano, Grabois y el resto ni se aproximarían a lograr algo ajeno a sí mismos.
Si pudiera hacerse algo orgánico y sin quimeras, es fundamental que fuera PRONTO, aunque ya sea TARDE debemos detener cuanto antes el proceso de degradación y ruina en curso que ya dejó de ser un problema partidario o ideológico. No tenemos derecho a distraernos ni aceptar vericuetos judiciales y administrativos o a la presencia de “vivos” que siempre zafan.
Nos aproximamos raudamente a la violencia popular y a la anarquía. Esto es disgregación social que no se evita esperando simplemente o mostrando banderas de vez en cuando que cada vez convocan menos.