La frase le pertenecía a Pepe Biondi, que la inventó para sus desventurados personajes y que hoy la podríamos aplicar a los argentinos, a todos nosotros; es decir, a un sujeto colectivo “que es un imán para la mala suerte, al que siempre le pasan cosas inesperadas y desastrosas”.
No quiero aburrir con una extensa retahíla de las “cosas malas” que considero que sufrimos todos, cualquiera sea el bando (o “banda”) político que haya elegido para aposentar su destino. Lo cierto es que hoy, en nuestro país, nadie puede llegar a suponer un futuro próximo venturoso. Pareciera que buscamos los caminos más tortuosos y dañinos para transitar los momentos más difíciles. No será novedad para mis amigos e interlocutores que hace tiempo que vengo manifestando mi desacuerdo y rechazo con el inefable tramite (me privo de hablar de “gestión”) del gobierno que los argentinos tuvieron a bien elegir.
La desavenencia perniciosa e inoportuna que muestra la pareja que integra el ejecutivo, tiene el demérito de ubicar al país en un limbo de incertidumbre y lamentable presagio. Nada bueno puede esperarse de una conducción bicéfala enemistada y con una actividad concreta de confrontación. A las reiteradas y ridículas contradicciones presidenciales habrá que sumarle el ladino proceder de la vice, que no pierde oportunidad para denigrar lo que fue su propia creación. Una verdadera alquimia política que apuesta irresponsablemente en forma cotidiana la suerte argentina. Su destino y libertad son sólo el sencillo que a diario se arriesga.
También afirmo que nuestro desastre económico y político lamentablemente nos empantana en una ciénaga que nos va hundiendo sin esperanza, alejándonos cada vez más de todo lo que pudimos ser, destino que despilfarramos sin ninguna excusa ni justificación
Por si fuera poco, ni siquiera se ha tenido en cuenta la oportunidad y la situación para profundizar el zafarrancho cotidiano interno. Es una obligación ineludible de quién gobierna cierta coherencia, cuanto anticipar el efecto de los actos propios y ajenos, fundamentalmente cuando las nefastas consecuencias las debamos pagar todos los gobernados.
Hoy el planeta afronta la posibilidad cierta de una tercera guerra mundial, posibilidad que ya ha complicado seriamente la totalidad de las relaciones internacionales, sean económicas, políticas o sociales.
La injustificable invasión rusa a Ucrania pareciera que no obtiene los resultados que, entiempo y forma, esperaba su díscolo mentor: Putin.
La demora del triunfo y las consiguientes consecuencias, no solamente lo debilitan internacionalmente, sino también internamente y, contra lo que sería de esperar, éste redobla su apuesta con la masacre de un pueblo para doblegar su pretensión legitima por mantener su independencia.
Aunque debo reconocer mi ignorancia de las razones profundas que han alentado la atrocidad que presenciamos de muertes de niños, de hombres y mujeres civiles, de jóvenes soldados, no es menos cierto que estas palabras se fundan en cierto egoísmo; es decir, en la preocupación por la forma en que puede impactarnos esa barbarie.
Tomamos conocimiento por todos los medios informativos que han comenzado a involucrarse directamente potencias con capacidad bélica y económica para temer. Refiero a EEUU, Europa, China, entre otros. Se anuncia la posibilidad del uso de armamento nuclear que todos ellos poseen y puede calcularse, atendiendo la personalidad del autócrata ruso, que puede usarlas para ganar o porque no triunfó. A la manera de Luis XIV en Francia, cuando expresó sin empacho “Después de mí, el diluvio”.
La posibilidad es aterradora y ha sido reciente y claramente graficada en una simulación de la Universidad de Princeton, que afirma que un conflicto nuclear entre Rusia, EEUU y la OTAN solamente, atendiendo la capacidad nuclear ya instalada, produciría en horas más de noventa millones de víctimas.
Es increíble que, ante semejante riesgo cierto, nosotros presenciemos impávidos el desguace institucional, económico y social de nuestro país respondiendo al capricho inorgánico de Cristina y a su miedo, cuanto a la confusión e incapacidad permanente de Alberto y los suyos.
Un gobierno mal parido frente a una hecatombe más que probable es un despropósito injustificable. ¿No tendremos nada que hacer o decir los argentinos? ¿Va a atender y expresarnos la Cancillería de Cafiero, con su ignorancia y ridiculez ostensible? ¿Qué debemos esperar para resolver prevenirnos? En el mejor de los casos, que no hubiese un desenlace nuclear, ¿vamos a seguir prohibiendo la exportación de alimentos que ya nos reclaman?
¿Vamos a seguir “en pelotas y a los gritos”, como aventuró un prócer indiscutido? Prócer que se fue a morir lejos y pobre, para no ver lo que podemos lograr con nuestra estupidez congénita. Una tara que renació para quedarse obcecadamente hasta el final.
Como bien expresaba Biondi: “¡Qué suerte para la desgracia!”.