jueves, marzo 24, 2022

¡QUÉ SUERTE PARA LA DESGRACIA!

La frase le pertenecía a Pepe Biondi, que la inventó para sus desventurados personajes y que hoy la podríamos aplicar a los argentinos, a todos nosotros; es decir, a un sujeto colectivo “que es un imán para la mala suerte, al que siempre le pasan cosas inesperadas y desastrosas”.

No quiero aburrir con una extensa retahíla de las “cosas malas” que considero que sufrimos todos, cualquiera sea el bando (o “banda”) político que haya elegido para aposentar su destino. Lo cierto es que hoy, en nuestro país, nadie puede llegar a suponer un futuro próximo venturoso. Pareciera que buscamos los caminos más tortuosos y dañinos para transitar los momentos más difíciles. No será novedad para mis amigos e interlocutores que hace tiempo que vengo manifestando mi desacuerdo y rechazo con el inefable tramite (me privo de hablar de “gestión”) del gobierno que los argentinos tuvieron a bien elegir.

La desavenencia perniciosa e inoportuna que muestra la pareja que integra el ejecutivo, tiene el demérito de ubicar al país en un limbo de incertidumbre y lamentable presagio. Nada bueno puede esperarse de una conducción bicéfala enemistada y con una actividad concreta de confrontación. A las reiteradas y ridículas contradicciones presidenciales habrá que sumarle el ladino proceder de la vice, que no pierde oportunidad para denigrar lo que fue su propia creación. Una verdadera alquimia política que apuesta irresponsablemente en forma cotidiana la suerte argentina. Su destino y libertad son sólo el sencillo que a diario se arriesga.

También afirmo que nuestro desastre económico y político lamentablemente nos empantana en una ciénaga que nos va hundiendo sin esperanza, alejándonos cada vez más de todo lo que pudimos ser, destino que despilfarramos sin ninguna excusa ni justificación

Por si fuera poco, ni siquiera se ha tenido en cuenta la oportunidad y la situación para profundizar el zafarrancho cotidiano interno. Es una obligación ineludible de quién gobierna cierta coherencia, cuanto anticipar el efecto de los actos propios y ajenos, fundamentalmente cuando las nefastas consecuencias las debamos pagar todos los gobernados.

Hoy el planeta afronta la posibilidad cierta de una tercera guerra mundial, posibilidad que ya ha complicado seriamente la totalidad de las relaciones internacionales, sean económicas, políticas o sociales.
La injustificable invasión rusa a Ucrania pareciera que no obtiene los resultados que, entiempo y forma, esperaba su díscolo mentor: Putin. 

La demora del triunfo y las consiguientes consecuencias, no solamente lo debilitan internacionalmente, sino también internamente y, contra lo que sería de esperar, éste redobla su apuesta con la masacre de un pueblo para doblegar su pretensión legitima por mantener su independencia.

Aunque debo reconocer mi ignorancia de las razones profundas que han alentado la atrocidad que presenciamos de muertes de niños, de hombres y mujeres civiles, de jóvenes soldados, no es menos cierto que estas palabras se fundan en cierto egoísmo; es decir, en la preocupación por la forma en que puede impactarnos esa barbarie.

Tomamos conocimiento por todos los medios informativos que han comenzado a involucrarse directamente potencias con capacidad bélica y económica para temer. Refiero a EEUU, Europa, China, entre otros. Se anuncia la posibilidad del uso de armamento nuclear que todos ellos poseen y puede calcularse, atendiendo la personalidad del autócrata ruso, que puede usarlas para ganar o porque no triunfó. A la manera de Luis XIV en Francia, cuando expresó sin empacho “Después de mí, el diluvio”.

La posibilidad es aterradora y ha sido reciente y claramente graficada en una simulación de la Universidad de Princeton, que afirma que un conflicto nuclear entre Rusia, EEUU y la OTAN solamente, atendiendo la capacidad nuclear ya instalada, produciría en horas más de noventa millones de víctimas.

Es increíble que, ante semejante riesgo cierto, nosotros presenciemos impávidos el desguace institucional, económico y social de nuestro país respondiendo al capricho inorgánico de Cristina y a su miedo, cuanto a la confusión e incapacidad permanente de Alberto y los suyos.

Un gobierno mal parido frente a una hecatombe más que probable es un despropósito injustificable. ¿No tendremos nada que hacer o decir los argentinos? ¿Va a atender y expresarnos la Cancillería de Cafiero, con su ignorancia y ridiculez ostensible? ¿Qué debemos esperar para resolver prevenirnos? En el mejor de los casos, que no hubiese un desenlace nuclear, ¿vamos a seguir prohibiendo la exportación de alimentos que ya nos reclaman?

¿Vamos a seguir “en pelotas y a los gritos”, como aventuró un prócer indiscutido? Prócer que se fue a morir lejos y pobre, para no ver lo que podemos lograr con nuestra estupidez congénita. Una tara que renació para quedarse obcecadamente hasta el final.

Como bien expresaba Biondi: “¡Qué suerte para la desgracia!”.

domingo, marzo 13, 2022

EL BORDE DE LA SARTÉN

No es habitual suponer la metáfora que refiere el epígrafe puesto que siempre se habla, cuando se habla, del salto de “la sartén al fuego”, para indicar un quehacer que señala un destino o elección inexorablemente terrible, cualquiera que sea la opción.

Hoy los argentinos transitamos por el borde, también caliente, de la sartén. Es increíble que la esperanza sea no caernos dentro o fuera, aun cuando ya sintamos que los zapatos se queman y complican el difícil equilibrio.

Vivimos un estado de permanente, ridícula e inexplicable zozobra. Es tan burda la amenaza constante que supimos conseguir que, si la sufrieran otros, seguramente nos provocaría una sonrisa lastimera.

Cómo justificar la existencia de un gobierno parido por un acto de prestidigitación política barata, que hoy deba ser auxiliado por una oposición permanentemente maltratada y rescatado del salvaje ataque de sus “compañeros” de ruta; llámese “fuego amigo”. Un sainete lamentable que genera situaciones grotescas y tragicómicas de consecuencias muy dolorosas que no soportarán ellos, los ladrones, sino todos nosotros.

Describir y criticar el desguace de la sociedad argentina, el odio reinante y las disparatadas actitudes de quienes manejan y orientan nuestro destino, nos llevaría a producir una obra tan grande, como inútil por conocida.

Tal vez exprese mejor el profundo desconcierto, desorientación y perplejidad que me embarga y que supongo una sensación generalizada, utilizando unos pocos conceptos que invito a considerar. Pienso que señalando tres palabras que, seguramente, escuchamos a diario y que su reiteración las cubrió con indiferencia y hastío, pueden ser suficientes para una charla entre amigos.

CORRUPCIÓN, DEFAULT y REPRESIÓN son los términos que hoy están necesariamente impuestos a una sociedad seriamente preocupada y parcialmente envilecida.

¿Será necesario explicar, señalar y soportar lo que expresa la corrupción y quienes se valen de ella? Yo no lo creo. Lo que si creo injustificable es que a diario nos refrieguen la cara con ella y haya muchos que encima aplaudan. ¿Hay, acaso, otra causa de nuestra situación mendicante además del robo y la traición? Si, también cuenta la mentira, la contradicción y el engaño procaz que ni siquiera sorprende e ignoramos complacientes las consecuencias.

Por ejemplo, los que participan del gobierno en total desacuerdo entre ellos ¿Por qué no renuncian y sueltan las “cajas” millonarias que constantemente esquilman? ¿Por qué no echa a nadie el que debiera valerse de semejantes colaboradores? ¿Por qué todos nosotros nos acostumbramos a sostener un barril de corrupción sin fondo? ¿Nos convence el tormentoso vínculo de Alberto y Cristina que pelean con la nave a la deriva? Qué decir de los que cobran fortunas para controlar e impedir esas situaciones.

¿Insistirá ahora Alberto con traer a Putin y desprenderse el pantalón como le prometió? Quizá haya advertido que éste no anda con chiquitas y apoye su espalda contra la pared del FMI.

DEFAULT, es cesación de pagos, quiebra que induce al desapoderamiento de lo que le queda al deudor. Es afianzarse en la situación del mendigo. Para más, en nuestro caso la plata que probablemente nos presten es sólo para que se cobre el mismo prestamista. Te presto para cobrarme lo que me debes y te doy un nuevo plazo para recuperar lo nuevamente prestado, lo que te permitirá seguir trabajando más o menos como antes. Ya conocimos el default, lo declaramos nosotros con algarabía y aplausos, sin perjuicio que enseguida el declarante Rodríguez Saa, tuvo que huir inmediatamente a su feudo.

¿Quién puede señalar algún beneficio del default en nuestra sequía? Quizá haya quién suponga que, en lugar de pagar, nos podríamos quedar con la plata; pero como no hay plata ni habría plazo para devolver, sólo serviría para sumergirnos bastante más.

REPRESIÓN, palabra que transformaron en maldita. Mérito que Néstor ayudó a consolidar con aquello de “no criminalizar la protesta”. Así cundieron los acampes, cortes programados de arterias, el uso de rehenes a todos los que no participan del reclamo, que se tornan innecesariamente violentos y destruyen bienes públicos. También se queman policías con bombas incendiarias y pueden justificar pedreas de crítica contra su propio gobierno, de nacimiento prematuro y salud complicada.

El termino represión es utilizado en la legislación, especialmente en el Código Penal que lo repite hasta el cansancio. La represión es el arma de la ley para garantizar su vigencia; para eso guardó para sí, con nuestro expreso consentimiento, el monopolio de la fuerza pública, impidiendo a los ciudadanos la necesidad de defensa o de venganza personal. Las barbaridades que el Proceso setentista llamó represión fue para violar la ley no para asegurarla.

Ojalá que algún día podamos conocer lo que sería vivir sin miedo, aprovechar los bienes públicos y reconocernos como los que mandan al gobierno puesto a nuestro servicio.

No confundamos Orden Público bajo un régimen legal con nazismo y no olvidemos que los derechos de los que protestan terminan, o debieran terminar, donde comienza el derecho de otro.

No creo que estas palabrejas las ignoren cualquiera, como tampoco creo que les den cinco de bolilla.

Como broche de oro, recuerdo que pisoteamos los umbrales de la III Guerra, con duros efectos en todo el mundo, sin saber en cual tribuna vamos a sentarnos. Es indispensable que Alberto se calle por un tiempito.