La mujer entró a su departamento iluminado por las pocas luces que se filtraban por una ventana mal cerrada. Su agobio era tan profundo que no intentó siquiera encender alguna lámpara. Se desplazaba sin errores entre las cosas conocidas que sabia donde estaban, pero ese día le parecían sombras enormes. Todo le aparentaba distinto, más grande y a punto de caérsele encima. Sus piernas se doblaban un poco y tenía la sensación de pisar un suelo blando.
Trastabillando llegó al sillón donde pudo apoyar el bolso que traía consigo conteniendo objetos voluminosos y pesados. Inmediatamente se dejó caer al lado y sintió la primera sensación agradable de descanso. Desde el día que fue violada y tan groseramente humillada, cuando los dolores se disiparon, le quedaron sensaciones físicas y anímicas indescriptibles. Nunca desaparecían totalmente, incluso cuando no pensaba en ello. Invariable y recurrentemente todo aquello se le imponía con creciente crueldad, sobre todo cuando pretendía descansar.
Ya nada volvería a ser igual a lo que conocía, ni ella ni su amante eran los mismos. Su intimidad tenía fisuras por donde se filtraban imágenes indeseadas que alteraban necesariamente su humor y predisposición. Sus pesadillas monotemáticas la cansaban, tenía miedo de dormir por que allí se agazapaban las imágenes más elocuentes y exageradas.
Le molestaba especialmente que su frágil condición de mujer le hubiera impedido defenderse frente a la capacidad física del agresor; pesado, fuerte, decidido. Él sabía que la dominaba, no tenía duda alguna que la asustaba y, fundamentalmente, que la ofendería para siempre y profundamente; no dudaba que allí sucedían cosas que debería callar.
Estas modificaciones de su persona no le impedían captar que en su pareja había nacido un odio rebelde que frustraba desde el inicio sus contactos. Involuntariamente a los dos se les imponía un imaginario recuerdo del abuso. Él no podía perdonarle su condición de víctima; involuntariamente rechazaba que no hubiera podido impedir todo el manoseo, ¿cómo logró aquel bruto que ni siquiera gritara? Nunca comprendió que ella fuera incapaz de identificar a nadie, nunca entendió bien sus silencios.
Con el paso de los días ambos lograron conductas moderadas y esquivas que contribuían a dañarlos. Ella llegó a comprender con rabia que aquel sometimiento agredía permanentemente su honor, su concepto de sí misma, su impotencia. Esa desazón íntima se traslado a una aspiración objetiva: ¿Por qué pudo doblegarla contra su voluntad? ¿Por qué debía convivir impasible con ese agravio a cuestas? ¿Por que tenía que ocultar su deseo de venganza restaurador?
Ella, mujer simple que disfrutaba de su felicidad sin pretensiones, que amaba a su pareja, que no pedía mucho más, de repente vio que todo eso se hacía añicos en el momento que asían sus manos junto a sus cabellos y doblaban sus piernas hasta que su rostro se refregara con el pantalón del agresor. Después, nada, absolutamente nada pudo impedir hasta que escucho: “...y mejor que te calles, no des detalles porque va a ser mucho peor...”. El hombre limpió sus dedos en la cara de ella e innecesariamente le apretó con fuerza el mentón.
En el tiempo que estuvo tirada sintió mucho miedo y las amenazas todavía le retumbaban; sus manos le dolían y sus muñecas se amorataban; sus muslos se humedecían de sangre maloliente y, entonces, lloró y sin quererlo se rasguñaba la cara en una mezcla de histeria, dolor y rabia; mucha rabia.
Después vendría el patético procedimiento policial, todas las veces que debió relatar cómo aquella bestia empujó la puerta que ella abría, golpeándola con el canto violentamente el rostro, provocando las heridas cuyas cicatrices aún eran notorias. Cuando la revisó el forense; cuando se quedaron con sus prendas íntimas sucias y destrozadas. Todos los relatos que, con terror, omitían la cara que vio y conoció.
Con los días, en lugar de encontrar alivio, comprendía que su vida se destrozaba aún más. Con Enrique ya nada sería igual, él ni soportaba lo sucedido, tampoco entendía el secreto de ella que presentía; ella, no sólo tenía terror imborrable y amenazante, sino que no dudaba que las consecuencias serían terribles si él identificaba al agresor. Circunstancialmente pudo saber que éste era un sádico brutal y, por su parte, Enrique era sumamente impulsivo y especialmente irascible cuando cualquier cosa la involucraba a ella. Que trascendiera aquella identidad implicaba de cualquier modo un desastre y, seguramente, el fin de la pareja.
Pero ella se sentía personalmente ofendida, agraviada, con pánico permanente; todo rezumaba odio profundo y un deseo irrefrenable de venganza que crecía en la impotencia: ¿Por qué no puedo vengarme? –Se preguntaba- ¿Por qué tengo que estar quieta sabiendo que hacen muy poco por lo que pasó? ¿Por ser mujer no puedo lavar mi honor? ¿No tengo, acaso, honor o sólo pueden tenerlo los hombres? Estos últimos interrogantes derivaron sus pensamientos aliviándola al sacarla de su ensimismamiento permanente; recordó que había leído sobre mujeres valientes pero, particularmente, de aquellas que lo habían demostrado en la defensa de su honor y para su propia satisfacción. Las que en función de ello habían sido reconocidas en su medio, sin lástima y con orgullo, no con una mal disimulada disculpa y conmiseración. No pudo recordar dónde alguna vez leyó sobre Tomoe, Tomoe Gozen, la celebre guerrera que, no obstante su condición de mujer, fuera reconocida samurái por su valor y destreza, igual jerarquía que su marido. La que en una ocasión cobró la vida de Uchida que intentó agredirla y le llevó a su esposo, como un trofeo, la cabeza del atrevido. Ser samurái en el antiguo Japón señalaba una elite de personas honorables, muy honorables; las ofensas eran lavadas con la vida del ofensor o la propia. Ella imaginaba venganza personal y sufrimiento de aquel bruto, pero dudaba de ser capaz de hacerlo. No quería justicia, deseaba verlo sufrir al violador y ser capaz de provocar ella misma aquel dolor, dominar la intensidad del castigo. También quería que su crueldad fuera vista y conocida por su amante; que comprendiera su odio y que no dudara de su total y permanente repudio de aquel abuso. Quería que llegara a arrepentirse él también de haber cambiado desde entonces.
Cuando pensaba en la venganza se abstraía totalmente y, así como crecía el rencor, también movilizaba sensaciones contradictorias; le placía suponer la represalia personal, pero también le aterraba la posibilidad de hacerlo, dudando de su capacidad. Llegó a admitir que jamás se animaría a hacer nada por miedo. Dudaba sobre cuán cruel podría ser realmente. Pero algo distinto había nacido ya en ella; jamás se imaginó como una persona violenta o capaz de premeditar un crimen y, mucho menos, sentirse con pleno derecho a consumarlo.
Enrique abrió la puerta descubriéndola en la penumbra, echada sobre el sillón junto a los bultos, callada y seria como últimamente permanecía. Encendió la luz, lo que no provocó ningún movimiento en sus párpados ni en sus ojos, llegó a alarmarse por esa inmovilidad que ella abandonó lentamente cuando comenzó a girar su rostro hasta que las miradas coincidieron. Luego de algunos segundos interminables ella rompió el silencio con palabras apenas audibles que manaban de una garganta seca: Ya todo por fin ha terminado. En ese bolso he traído la cabeza de tu hermano. El fue quién me violó después que lo descubrí desollando animales vivos. ¡Ah! He teñido sus dientes de negro como hacían los samuráis para que no quedara en su figura maldita ningún rastro de distinción. Déjame sola, por favor.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Muchas gracias por tus comentarios.