El individuo caminaba con el cansancio propio de quién nada tiene que hacer, ese que nada lo apura ni nada lo demora. Salió un momento de su ensimismamiento para ingresar inmediatamente en los despojos de su avejentada realidad. Volvió a sentir el ruido que odiaba, el que producía la suela de sus zapatos raspando involuntariamente las baldosas cuando olvidaba levantar los pies al caminar; hasta hace unos pocos años espontáneamente lo hacía.
Últimamente, en forma habitual caía en el repaso de su vida, cada vez retrocedía más y también aparecían momentos sin importancia que suponía olvidados, por lo menos no aportaban nada de interés. Los momentos de interés o significado eran surtidos, buenos los menos y desagradables o insípidos los demás. Jamás fantaseo con sentirse héroe o villano en cualquier circunstancia de su vida; un denominador común fue siempre su íntima y profunda soledad.
Llegó a reconocer vivencias muy lejanas de su infancia, nítidas fotografías de lo acontecido cuando tuvo cuatro o cinco años; nada más que fotos sin continuidad temporal. El overol que usaba a diario y su entretenimiento preferido que contribuía al silencio y soledad, a veces acompañado por personajes estrafalarios nacidos y muertos en su imaginación frondosa. No necesitaba más compañía.
Su entretenimiento favorito en la niñez y adolescencia era lanzar un cuchillo sobre un hermoso, paciente y maltratado palo borracho que había en un jardín ubicado en el fondo de la casa paterna. De tanto insistir alcanzó notable habilidad, logrando clavarlo en la blanda y espinuda corteza en el lugar elegido.
Tempranamente su padre se mató en un accidente y su último recuerdo de él en el cajón oscila entre espeluznante e indiferente. La escasa porción del rostro visible mostraba una larga cicatriz mal remendada sobre su frente. Su escasa edad y altura apenas le permitía ver sobre el borde del féretro y le extrañó que, siendo el regalón, su padre no le contestara sus preguntas inaudibles para los demás. El rostro parcial del hombre inerte provocaba su curiosidad y miedo. Mucho tiempo después supondría que, ante el desastre que no alcanzan a comprender, a los niños les invade una rara sensación de angustia e incertidumbre. Nada más.
El cortejo se fue organizando detrás de una carroza grande, lustrosa y muy negra, que tiraban cuatro caballos también muy negros. La conducían dos cocheros con galeras; uno de ellos rompió la madera del rebenque al golpearla contra un borde del carruaje al azuzar a los animales.
Luego pensó que, algún tiempo después, se abandonó aquella lúgubre y macabra usanza.
Le costaba desprenderse de esos recuerdos que, por suerte, cuando podía hacerlo, sobrevenía una sucesión de instantes felices que lo trasladaban a etapas mejores.
Cuando involuntariamente procuraba una síntesis de su vida no la juzgaba desechable; hasta que una bandada de pájaros de rapiña de garras aguzadas se aferraba en distintas ramas de su vida y señalaban periódicas recaídas infelices.
Ya su íntima soledad conformaba su personalidad y, siendo consciente de ello, intentaba que no trascendiera a su vida social compleja y nutrida. Nunca hablaba de sí mismo y odiaba que lo indagaran demasiado; mucho más cuando alguien clamaba por aportar soluciones o inducir consuelos. Se suponía obligado a brindar apoyo a aquel que en su cercanía lo necesitara, más nunca admitió recibirlo. No consideraba para nada justificable cargar a quienes más quería compartiendo algún agobio propio, así que volvió impenetrable su intimidad, sin perjuicio de aparentar lo contrario en ocasiones. Casi nada había en él de espontaneidad, todo se filtraba en una fina malla bien ajustada en su consciencia, una característica que diluía placeres o dolores despojando de sorpresa hasta el más pueril de los sucesos. Una cualidad dolorosa y malsana.
Alguna vez pensó que en esa personalidad prefabricada tuvo mucho que ver la cantidad de películas que consumió incansablemente en su adolescencia y, luego. su formación universitaria. En el cine naturalmente se concentraba absorto en la observación de los personajes. La oscuridad y el silencio le permitían analizar sujetos y situaciones sin ser molestado y la sorpresa se correspondía con su concentración. Esta reiterada presencia en cines seguramente influyó en la observación silenciosa de las personas, más aún de quienes se sentaban frente a él en su estudio jurídico. No sólo atendía lo que decía quién lo visitaba, sino que también prestaba atención a sus gestos, al modo de exposición del problema y hasta los movimientos de quien se sentaba adelante suyo.
En una ocasión recibió un halago espontáneo e inesperado que valoró íntimamente. Una mujer relativamente joven y ciertamente agobiada, casi al concluir su versión le dijo: “Doctor, permítame decirle que usted es la única persona que conozco que sabe escuchar, una singular cualidad que me hizo bien”.
Era la esposa de un conocido que le trajo el problema de su intención de separarse, ya que una nueva relación suya lo atraía tanto como para apartarse de su familia. Esa intención ya la había hecho conocer en su casa provocando heridas casi irreparables en la pareja y en sus dos hijos pequeños.
En aquellos momentos ya regía la separación por mutuo consentimiento, razón para que atendiera oportunamente la opinión de la esposa para saber si realmente el consentimiento era mutuo y no entrar a la atención de personas con intereses contrapuestos, lo que está prohibido.
Así fue que la mujer concurrió al bufete y de entrada manifestó su dolor tanto como la certeza que el matrimonio no tenía remedio alguno.
Ambos concurrieron individualmente en distintas oportunidades y se mostraban proclives a solucionar sus diferencias: la casa, la tenencia de los hijos, la cuota etc. El tiempo pasaba y agotaba esos menesteres. El trámite había comenzado y en el juzgado le prestaban poca atención dada la ausencia de conflictos y necesidad de urgencia. Bastaban un par de audiencias con el magistrado y la sentencia de aprobación.
El día que la mujer expresó su conformidad con el trato recibido y la atención de ciertas intimidades, mostró más que resignación, alivio por la separación. Lentamente su versión fue virando hacia un acontecimiento inesperado. La falta de apoyo familiar había transformado y aumentado su actividad diaria, imponiéndole viajar cotidianamente al centro y a los mercados.
Su casa estaba próxima al final del recorrido del ómnibus que utilizaba y muchas veces llegaba sola hasta el lugar. Por tal razón en ocasiones mantenía charlas circunstanciales con el conductor, lo que, finalmente, llevó a un tórrido romance entre ellos. Una relación de características e intensidad que desconocía.
Pocos días después apareció el marido con una actitud extraña y particular desgano. No demoró en exteriorizar que extrañaba a su familia y su pretensión de recomponer su vínculo. El abogado acotó que la posibilidad era un tema personal que excedía la naturaleza jurídica de su intervención, por lo que no debía intervenir ni opinar sobre tal circunstancia. El hombre no demoró demasiado en volver sabiendo que nada podía hacer para componer el pasado que añoraba y había perdido. Mirando al suelo y desparramado sobre la silla, dijo de su extraño dolor y escalofriante soledad ante lo perdido.
Al abogado se le representó lo que sería una parábola que anudaba sensaciones similares y distantes: El hombre, como él en su niñez, se había asomado al féretro que callaba un irremediable amor inerte.
Sin darse cuenta el individuo volvió a arrastrar sus zapatos produciendo un ruido desagradable. No le importó.
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