Fortunato Costa era un italiano regordete y de escasa estatura, originario de Sicilia, que ingresó al país a comienzos de la década del “20”, unos pocos años después de la Primera Guerra. En esa época hubo una fuerte inmigración europea, personas que huían de una miseria peor que la soportada por ellos a comienzos del Siglo XX.
Fortunato eligió San Juan como destino, provincia que figuraba entre las menos elegidas por los inmigrantes. En pocos años era propietario de una bodega que anexaba un aserradero. De donde salió todo eso tan rápido, continúa siendo un interrogante. Vivía solo en un caserón ubicado en la esquina, delante de su establecimiento, que quedaba en un extremo de la ciudad, pero dentro de ella. La casa tenía ambientes grandes y altos, con muebles de principio de siglo.
Era una persona de bajo perfil y unos pocos amigos de su mismo origen, quienes se referían entre sí como: “paesano”. Solía recibir a cenar a personas de peso de la política provincial o alguno de calaña compleja, como por ejemplo a Juan Galiffi o Giovanni Galiffi o, más bien, don “Chicho Grande”, mafioso conocido como el “Al Capone” de Rosario, su residencia habitual. Nacido también en Sicilia, llegó a la Argentina en 1910, donde creó un verdadero imperio delictivo y amasó una gran fortuna.
Cuando llegaba a San Juan iba a lo de Fortunato y se alojaba en el caserón, desde donde volvía a Rosario sin haberse hecho ver demasiado. En las reuniones nocturnas que se hacían, siempre muy bien servidas y con pocos amigos, él ocupaba la cabecera de un mesón grande, lugar que honrosamente le cedía don Costa. Primero escuchaba a los comensales y poco antes de terminar la cena, tomaba la palabra sin que hubiera interrupciones, salvo que preguntara algo y esperara pronta respuesta.
Galiffi fue un mafioso cruel, de mucho poder y dinero. Tenía influencia sobre el hampa, la prostitución, los juegos ilegales y, también, sobre la policía y los jueces. Supo tener algunos intereses en San Juan, donde vivió y murió su hija, Ágata, que al final de su existencia tuvo una zapatería para damas en una avenida céntrica. De ella se dice que era hermosa, que también tuvo una vida turbulenta, al punto de inspirar una película en los años setenta.
La suerte de Giovanni Galiffi vio el comienzo del fin en 1933, cuando se produjo el secuestro y asesinato del joven Abel Ayerza, un prestigioso estudiante de medicina de veinticuatro años, perteneciente a una familia acaudalada e hijo de una eminencia como médico y profesor. También secuestraron a su acompañante, Alberto Malaver, hijo del ministro de Hacienda de la nación, quién luego fue soltado y utilizado como mensajero. El asesinato conmocionó a la población, al gobierno y a la policía, que inició una guerra contra la mafia con movimientos dentro y fuera de la ley.
El joven estuvo secuestrado como cuatro meses y su familia pagó la suma fabulosa que los mafiosos exigían, no obstante, lo asesinaron. Lo increíble fue que la muerte la motivó un craso error de los brutos asesinos. La banda había previsto que, si el pago se concretaba, avisarían por telegrama a los cómplices que retenían al muchacho en una localidad lejana para que fuera liberado. La clave telegráfica debía ser: “Manden urgente al chancho” y los torpes entendieron: “maten urgente al chancho” y le clavaron varios balazos en la espalda inmediatamente.
Este asesinato conmocionó a las autoridades que, finalmente, deportaron a Galiffi, quién moriría en Milán en 1943 a causa de un bombardeo aliado.
La estructura de la Mafia siciliana era muy sólida y entre sus componentes regía una norma que nunca nadie debía desobedecer: la Omertá, ley del silencio y código de honor siciliano. También la obediencia era ciega. Las ordenes de quién podía darlas, debían cumplirse a cualquier precio.
En una de las visitas a San Juan y durante una reunión nocturna entre pocos, terminada la cena, Galiffi dirigiéndose concretamente a uno de los comensales le hizo saber que tenía un compromiso con un miembro poderoso de Buenos Aires, por lo que debía hablar en privado con la persona a la que se dirigió.
Sabedor el capo bonaerense de las vinculaciones de Galiffi en la Provincia, para no interferir directamente en su territorio, le pidió que él se ocupara de concretar una venganza personal, aunque sabía de las dificultades que afrontaría. La cuestión era matar al joven hijo de otro mafioso de segundo o tercer orden, que respondía al mismo comensal que debía cumplir el servicio homicida. Quién debía ser ultimado con crueldad por haber causado la muerte de la amante del jefe porteño y de su hija, sin importar que todo hubiera sucedido en un accidente, que no lo creían casual, sino un pase factura. Tampoco importaría que se tratara o no de un infortunio ¡Había que limpiarlo a lo que diese lugar!
El hombre aludido por Galiffi sabía que éste no disponía de la posibilidad de perdonar y que se trataba de un compromiso ineludible hasta en las formas. También la obediencia debida a Galiffi, su “capo”, le impedía ir más allá de hacerle conocer la condición de la futura víctima e informarle que, el cumplimiento, orientaría a un final abierto cuyas consecuencias eran imprevisibles. El padre del joven, era un hombre rudo, ignorante y vengativo que hasta ese momento era un fiel subordinado suyo.
Galiffi dispuso que liquidara también al padre para evitar resentimientos y venganzas posteriores que complicarían a la organización. Pero debía hacerlo de tal modo que no dañara su reputación de jefe, fusilando a un fiel soldado.
Rafael Aielo calló aceptando perplejo, la falta de otras palabras le hacían comprender que Galiffi no tenía más que decir, dando por hecho lo que había pedido.
Para Aielo tener que matar a un integrante de su banda y a su hijo era una complicación muy dura y enorme, porque además de apreciarlos, le haría perder la confianza de sus hombres y le sería difícil encontrar a quién aceptara hacerse cargo y que callara. Por ese motivo supuso que la tarea debía llevarla a cabo personalmente y en soledad. Tampoco disponía de mucho tiempo.
El joven sentenciado había sido recomendado como chofer de la amante del capo porteño, Alfonso Giri; una mujer atractiva de unos cincuenta años y de la hija de ambos.
Esa tarea de conductor la debía cumplir en la tarde, ocasión que sus estudios lo permitían. Estudiaba en Buenos Aires para alejarse de la actividad de mafioso del padre, que le disgustaba y sería su destino inexorable. Para obtener ese trabajo allá, la cadena de favores había recorrido el sentido contrario.
La mujer y la hija se entretenían coqueteándole cuando las llevaba, a sabiendas que no se atrevería a insinuarse por respeto y miedo a Giri, lo que las divertía.
En una ocasión que llovía, mientras la mujer esperaba en el auto a su hija, que inesperadamente llegó acompañada de su padre; éste la sorprendió tocando suavemente la nuca del chofer que permanecía serio y asustado sentado frente al volante delante de ella. Ostensiblemente molesto y celoso, antes de dar un portazo intimó al muchacho a que volviera pronto y se presentara en su escritorio. El muchacho no dudó que se le venía el mundo encima.
Nervioso y con miedo intentó llevar velozmente a las mujeres cometiendo varios errores, hasta el instante fatal en que el vehículo patinó en un paso a nivel arrollándolos el tren. En el accidente murieron las mujeres en el acto y el chofer quedó muy malherido. Así lo trajeron a la provincia en la caja de una camioneta para que expirara en el viaje.
Contra lo esperado, después de varios meses, el joven se recuperó totalmente de casualidad y solamente para incrementar el odio de Giri que lo quería muerto.
Una semana después de la cena fatídica con Galiffi, Aielo convocó a Morrone y a su hijo que fuera el chofer de Giri, para que lo llevaran y acompañaran a una reunión peligrosa y secreta en una finca de olivos lejana. Al llegar ordenó a los hombres que no se mostraran y bajó solo del Ford, caminó sigilosamente hacia la parte posterior y extrajo del baúl una ametralladora Thompson con más de sesenta balas en su tambor y disparó la totalidad contra los incautos, que estaban agazapados en el interior del auto. Volvió hacia la ciudad y antes de llegar abandonó el vehículo con los cuerpos inertes, simulando luego un ataque a su persona que por milagro salió indemne. Su historia no fue puesta en duda por ser un acontecimiento posible y común en la época.
En esos días hubo otro asesinato de un conocido paesano de don Fortunato Costa, a quién en un carneo, luego de unos cuantos vinos, un comensal borracho como una cuba le puso dos tiros en el pecho. En el funeral de Valente, quien vivió cerca de la bodega de Costa y era su amigo, se conversó sobre la próxima llagada de Galiffi y la cena tradicional en los penumbrosos salones del caserón donde debían concurrir, sin excusas, los escasos invitados de siempre. Todos desde el principio sabían que debían llegar caminando para que los vehículos no denunciaran la reunión.
Esa noche Aielo caminaba en soledad por la vereda irregular de Avenida España, que llevaba a la bodega, procurando no aproximarse al amarillento y escaso alumbrado público. Al llegar a una tapia que dejaron en pie los temblores, alcanzó a ver el relámpago de un disparo y pudo sentir un fuerte golpe sobre su pómulo derecho; luego la noche se hizo totalmente negra.
Detrás de la pared casi destruida salió un hombre extraño con indumentaria oscura y caminó unas tres cuadras hasta llegar a uno de los hoteles de mala muerte que había frente a la estación del ferrocarril. Al día siguiente, el hombre con la misma ropa oscura, salió de esa pocilga, cruzó la calle y subió al tren hacia Mendoza. Luego seguiría a Rosario, orgulloso de su tarea cumplida pensaba que el silencio estaba garantizado sin fisuras tal como quería el jefe y la Omertá nuevamente ratificada.
Galiffi satisfecho, mandó una importante corona de flores al sepelio de Aielo que decía solamente “Su amigo” e hizo llegar sus condolencias a los deudos.
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