Finalmente

I

A las siete de la mañana bramó, como siempre, el odioso reloj despertador. Ella sin mayor interés se levantó y miró con desgano a su marido que se reacomodaba, sin despertar, en la cama grande. La luz tenue que se introducía entre las tablillas oblicuas de la celosía, le permitió observar al hombre que tuvo a su lado. Ahora estaba con la boca entreabierta emitiendo un ronquido suave y acompasado, panza arriba mostrando un abdomen algo crecido. Los escasos cabellos de las sienes estaban desaliñados por la almohada.

Pensó que el cariño suplantó al fogoso amor de antaño, ausencia que, desde hacía ya tiempo, impedía su excitación veraz. Los dos intentaban periódicamente una relación que estimaban necesaria y que también hacía su aporte a la fidelidad recíproca, una cualidad muy valorada íntimamente y estrictamente vigilada por la sociedad de la época en las ciudades de mediana población. Un prejuicio grave e imperdonable su inobservancia.

Fue al baño para acicalarse cuidadosamente y se sorprendió al advertir dos o tres pequeñas arrugas en los extremos de sus ojos y tras las comisuras de su boca. Seguro que ya existían, pero recién ahora se mostraron con cierta crueldad. Reflexionó y supuso que esos detalles eran compatibles con los cuarenta y seis años recién cumplidos. Molesta prestó atención a su frondosa cabellera castaña y descubrió más canas que las aceptables. Era una mujer linda que aspiraba a conservar su belleza más tiempo, pero sin caer en el ridículo, lo que cuidaría con precaución.

Antes de salir besó la ampliada frente de su marido, trece años mayor que ella, comprendiendo que ahora esa diferencia de edad se hacía notoria y molesta.

Salió de la casa y se dirigió a pie a la lencería que hacía años instalaron con su marido y que estaba bajo su exclusiva administración. No iba contenta con las sorpresas matinales de ese día, inexplicablemente ocultas con anterioridad. En el trayecto se distrajo recordando que se aproximaban la temporada verano de aquel 1943 y debía preparar adecuadamente el negocio. Poco antes había agregado un pequeño, pero lujoso sector de perfumería, maquillajes, cremas y esmaltes para uñas. Muchos productos importados caros.

Mostrando moderado desinterés ante los empleados, se aproximó al sector boutique y aprovechó sobre sí los elementos destinados a muestras probadoras. Dada la ausencia de clientes, se dispuso a usarlos empezando por aquellos que disimularían sus arrugas incipientes. Luego atendió sus ojos en modo similar a los de las modelos y las actrices que aparecían en las revistas, para finalizar con sus cuidadas uñas que pintó con esmalte rojo más fuerte que el habitual.

La primera en advertir el cambio fue la encargada de ese sector que la miró sorprendida y halagó el resultado: “¡Señora, que espléndido cambio con el arreglo que ha logrado! Parece un trabajo profesional. Le queda hermoso todo lo que se ha hecho. Solo faltaría atender su cabello borrando sus pocas canas”, concluyó acercándole la tintura que entendía adecuada.

Laura aceptó la sugerencia pensando que el tratamiento de su melena era trabajo de peluquería, algo que excedía sus posibilidades y que efectuaría sin demora.

Pronto el negocio se integró con un número razonable de clientes, propio del fin de semana. La nueva boutique evidenció rápidamente que era la preferencia de las mujeres. Cuando volvió a encontrarse con su marido, éste esbozó una sonrisa de sorpresa y admiración al ver su maquillaje distinto, que se adelantó a una broma chabacana pero francamente halagadora de su mejor aspecto.

Al día siguiente en la peluquería concretaba el tratamiento que le sugirió su empleada, quedando completamente satisfecha con el resultado. Se sentía cómoda con los nuevos afeites y su presencia remozada le imprimía alegría y otra motivación para afrontar la repetición de días similares. No obstante, ese cambio había influido en el trato más distendido con su clientela y mejorado el ritmo comercial de la lencería y boutique, especialmente la última.

En una ocasión, poco después de abrir, cuando el local estaba prácticamente vacío, entró un hombre apuesto, bien trajeado, finos bigotes y cabello prolijamente peinado, con una raya perfecta sobre la derecha y el notorio uso de fijador al estilo gardeliano.

Se movía con cierto nerviosismo entre la perfumería y el sector de las sugerentes prendas femeninas más íntimas.

Mirando a Laura requirió consejo sobre el perfume que sentara a una mujer de ciertas características. La pregunta motivó la intervención de quién tenía a cargo la sección perfumería, mejor preparada que Laura para responder. La destinataria del perfume rondaba los treinta y cinco años, cabellos negros y la alegría chispeante completaba su atractivo aspecto.

La sugerencia de la encargada, que contaba con el asentimiento permanente de Laura, se orientó a novedosos perfumes franceses intensos y caros. El hombre eligió el que había logrado coincidencia de las mujeres, sin conmoverse por el alto precio. La empleada se dirigió a empaque habiéndosele encomendado envoltorio elegante para regalo, momento que el hombre, disculpándose por no haberlo hecho oportunamente, se presentó como el nuevo subgerente de un banco cercano y se identificó como Carlos Achával.

Cuando el hombre iba a retirarse para pagar en la caja, se detuvo a solas con Laura y le pidió que incluyera en otro paquete una prenda femenina íntima de color negro, exhibida en un lugar prudente de la lencería, inadecuada para el uso cotidiano. Sin mediar palabra, Laura comprendiendo la delación del hombre por la adquisición que prefería disimulada, tomó la prenda, se encargó se envolverla personalmente y de registrar la venta, adjuntando ambos paquetes al entregarlos en mano. Apenas retirado el comprador, la empleada con sonrisa picaresca murmuró en bajo tono: “Me parece raro que esos regalos sean para la misma mujer”. Laura asintió compartiendo el gesto pícaro y agregó: “es lindo, parece Errol Flynn”.

Días después, un domingo Laura, que caminaba con su esposo al atardecer en la plaza céntrica, costumbre generalizada en el lugar, a la distancia vio acercarse en sentido contrario al hombre del brazo con una mujer de mediana estatura, rubia natural y buena presencia. Por cierto, que en nada coincidía con la descripción que hiciera de la destinataria del perfume y las bragas. Al cruzarse, Achával simuló no ver a Laura y ella hizo lo mismo, pero los dos estaban seguros que se reconocieron, siendo evidente que él prefería no tener que dar explicaciones si la saludaba, sobre la ocasión en que habría conocido a la bella y llamativa Laura.

 

II

La mujer que acompañaba a Achával, era su esposa y se llamaba Elsa. Ella no tardó en concurrir como clienta a la lencería que tenía prestigio en el lugar; era una persona amable y parlanchina que no tardó en confraternizar con Laura a quién, casualmente, pidió consejo sobre los perfumes que podrían sentarle bien. Laura honestamente sugirió algunas fragancias ligeras y dulces. La mujer indecisa llevó dos de los sugeridos, comentando que requeriría la opinión de su esposo a quien contaría el motivo de la buena elección aconsejada por Laura.

Días después, luego que Elsa frecuentara la perfumería dado la simpatía y el buen trato que allí recibía, invitó a Laura y a su marido a cenar. Con franqueza expuso que deseaba confraternizar con ellos y no ocultó que no tenía amistades de su agrado en el nuevo destino bancario de su marido. Convinieron reunirse el viernes siguiente.

Carlos Achával íntimamente sintió la incomodidad derivada de haber ocultado a su esposa cómo y porqué había conocido a Laura antes que ella; además le preocupaba cómo actuaría al enfrentar las presentaciones de rigor. Achával se sentía rehén de Laura que no tenía motivo alguno para actuar engañosamente, a menos que ella hubiera advertido la naturaleza de su comportamiento en la tienda y en la plaza. No cabía duda alguna que el silencio de Laura implicaría compartir un secreto con él.

Llegado el viernes, a la hora prevista, Laura y su esposo, con un fino paquete de bombones esperaban en la puerta de los Achával. Carlos se apresuró a abrirla antes que Elsa, exclamando: “Mucho gusto, es una alegría que hayan venido. Pasen, pasen”, superando con ambigüedades la crítica presentación.

Luego de un agradable copetín de rigor, pasaron a la mesa que también integró un educado niño de unos doce años, hijo de los anfitriones. La cena fue grata y la conversación versó especialmente sobre los destinos en que había recalado la familia impuesta por la ascendente carrera del bancario, destacando que a él aún le quedaban algunos viajes cortos a su destino anterior por razones atribuibles al banco y para finiquitar formalmente el abandono de su anterior domicilio. Finalmente se despidieron amablemente y sin consecuencias para Carlos, que íntimamente agradecía la discreción de Laura.

Un par de semanas después, Achával dispuesto a viajar detuvo su auto frente al negocio de Laura. Descendió un acompañante y pidió el perfume que compró Carlos la primera vez. Entregó el paquete por la ventanilla del vehículo y se alejó caminando mientras el auto avanzó en sentido contrario. No cabía duda que Carlos no quería mostrarse nuevamente en la perfumería.

Laura observó todo lo sucedido tras la vidriera ocupada por maniquíes y fantaseó con la infidelidad de aquel hombre bien parecido, ya que supuso que viajaba solo para agasajar a la morocha del perfume intenso y las bragas negras. Por su parte, Carlos pensaba en Laura, en su discreción y en su figura atrayente.

Con posterioridad los matrimonios continuaron reuniéndose periódicamente, afianzándose la confianza entre los cuatros.

Laura y Carlos disimulaban bien la fuerte atracción recíproca; especialmente ella, que no admitía ningún tipo de complicaciones en su vida lánguida; menos aún si pudiera afectar la tranquilidad de su hijo estudiante de abogacía en Córdoba.

 

III

En una ocasión coincidió que un prestigioso cliente del banco, amigo de Carlos y del marido de Laura, invitara a los dos matrimonios a la fiesta que preparaba para el casamiento de su hija. El hombre preparaba una celebración fastuosa en su amplia y lujosa residencia, la que se llevaría a cabo luego de la ceremonia religiosa que oficiaría el mismísimo obispo en la catedral, también incluido entre los invitados.

Allí se concentrarían los pudientes y los sanamente destacados del lugar, incluyendo al dueño y director del periódico local que al día siguiente dejaría constancia ampliada del suceso social. Había contratado orquestas que intercalaría tangos y temas tropicales según la usanza generalizada de la época.

Luego de la cena apareció una torta de varios pisos y una pareja de muñequitos en la parte superior. En la etapa siguiente pendían infinidad de cintas para que las solteras tiraran de ellas y festejar a la que sacara un anillo. Esa prenda auguraba casamiento a la agraciada.

Luego del interminable vals que iniciaba la novia con su padre y le seguían pariente y amigos, se continuaba con el baile general y algunos juegos. Algunos incluían el intercambio de pareja. En un momento, bajo la apariencia de casualidad, coincidieron Laura y Carlos. El tango, que permitía la aproximación frontal de los cuerpos y la toma enérgica de las manos, permitió que Carlos presionara la cintura de Laura atrayéndola confundiendo su pierna entre las de ella. Sin haber opuesto resistencia, Laura, que percibió el contacto y lo disfrutó, no demoró en concluir el baile y volver a la mesa de sus respectivos cónyuges que hablaban alegremente.

Aquella noche cuando Laura y su esposo se acostaron, ella advirtió que él se durmió pronto, dándole la espalda en la forma acostumbrada. Entonces no dudó en masturbarse silenciosamente.

Carlos, por su parte, penetró a Elsa sin mayores prolegómenos enseguida de acostarse; algo que ella celebraba suponiéndose la destinataria sensual del inesperado arranque de su marido, que tenía en mente a Laura.

Para Laura sus impulsos le causaron preocupación, tanto por el arranque espontáneo e irracional, cuanto por haberse representado su fugaz deseo de infidelidad. Ya calmada, pensó que esa posibilidad no era más que una fantasía pasajera que no se repetiría y, si así sucediera, debía evitarla. Entonces enfocó a Carlos y no dudó de su insinuación concreta al apretarla; si bien ella puso un discreto freno al impedir que la audacia avanzara, no dudaba que Carlos intuyó su falta de convicción al separase dando término al baile.

Al día siguiente, un feriado que le imponía permanecer en la casa, Laura fue a preparar su desayuno mientras su marido continuaba durmiendo. Sola repasaba lo acontecido y su íntima reacción al borde del ensueño. Aquella mañana no reprimió su imaginación y, dada la falta de consecuencias y de conductas dudosas, considero innecesario seguir negándose que todo aquello la halagaba.

Finalmente, entendió conveniente evitar la frecuencia de trato con el matrimonio Achával, aunque ello ocasionara distanciamiento con Elsa a quién apreciaba honestamente.

 

IV

Algunas semanas después, poco antes de cerrar su negocio, entró una mujer alta y morocha de buena figura. Mostraba carácter decidido y algo de innecesaria arrogancia. Se dirigió a Laura que ya se encontraba sola revisando las existencias de perfumes. Se paró frente a ella observándola cuidadosamente ante de hablar, para luego pedir la misma fragancia que inicialmente compró Carlos junto a la braga negra.

Con el perfume en sus manos, la extraña mujer manifestó: “¡Al fin lo encuentro! No he podido conseguirlo donde vivo y me encanta. El primero que tuve me lo regaló un “querido amigo” que un buen día desapareció. Por las etiquetas de los envoltorios ubiqué dónde lo compró, por eso vine. En realidad, vengo por el perfume y para averiguar si alguien sabe algo de él, aunque como bancario debe estar transferido a la sucursal de acá. ¡Ah! Sé que la bombacha también la elegiste vos. Buen gusto, me queda pintada”. Las últimas palabras cargadas de ironía las dijo al retirarse, sin dar tiempo a Laura de aclarar que en esa elección nada tuvo que ver.

Asumiendo que la morocha encontraría a Carlos, actuando sin precaución ni discreción, sería algo que en el banco podría ser un bochorno público. Esa posibilidad, si trascendiera, podía crearle problemas con Elsa por haberle ocultado su conocimiento de las supuestas andanzas del marido.

Pero cuando Laura se serenó, no le quedó duda alguna que su malestar, en realidad, eran celos. El desparpajo de la hermosa mujer evidenciaba que hubo una fuerte relación anterior con Carlos y eso le molestó sobremanera. Sabía que debía tranquilizarse y que no tenía derecho para albergar ese tipo de sentimientos, anhelos que podían herir a su familia y a sus amigos.

Inés, la mujer que buscaba a Carlos, llegó al banco y enseguida la contactaron con él que no pudo ocultar su sorpresa de desagrado. En el recinto privado de su oficina ella dijo: “Es linda la que te elige el perfume y los calzones para mí, recién estuve con ella. ¿Es tu nueva víctima?”

“¿Qué haces acá? ¿No quedó todo claro cuando nos despedimos acordando que allí terminaba todo?” Las palabras de Carlos las pronunciaba cuando cerraba la puerta, permitiendo que varios escucharan y empujaran el rumor malicioso.

Ya en privado ella le hizo saber su intención de hablar con Elsa, contarle de su amorío y del que suponía estaba iniciando con Laura.

Para sorpresa de Carlos su mundo se hacía trizas y su mayor angustia la provocaba la inexplicable complicación con Laura y se distrajo un momento pensando en ella.

Cuando se restableció del drama de esos instantes, encaró a Inés y sin torpezas ni brusquedades le dijo: “¡Por qué viniste! ¿No hemos hablado francamente cuando coincidimos en que todo terminaba bien? Jamás te mentí, no hice promesas vanas, no te hice ningún daño. Siempre prioricé a mi familia y vos no tenías dudas al respecto. Recíprocamente evitamos comprometernos, porque así lo quisimos y, también, porque a ninguno convenía que lo nuestro saliera a la luz, especialmente a vos. Entonces ¿a qué viene todo esto?, ¿crees que complicándome la vida vas a lograr algún futuro conmigo?”

Luego de un silencio prolongado, Inés levanto la vista y miró a Carlos a los ojos para decirle: “Tenés razón, pero desde que te fuiste comencé a extrañarte cada vez más; esto es un arrebato que no lo pensé demasiado y quise dañarte. Me voy a ir inmediatamente, lamento este escandalete. Solamente respóndeme ¿Ahora estás enredado con la dueña de la boutique?”.

Carlos sorprendido, luego de un demoroso trago de saliva, dijo: “no”. Ella se fue sin creerle.

El episodio tuvo escasa trascendencia social por lo poco que duró; corrieron algunas versiones de poca monta, atribuibles a chismes de subordinados. A Elsa no le llegó nada concreto, pero a Laura le acercaron versiones más jugosas de un romance perdurable del subgerente. Aun cuando no quisiera reconocerlo la mortificaron bastante.

 

V

Carlos, que estaba al tanto de lo sucedido entre Inés y Laura en la sedería, no dudaba que ésta tuviera alguna forma de conocimiento del romance, también supuso que luego de las insinuaciones que hizo Inés a Laura, que la dejaron sin respuesta, no le cabía duda que le habrían molestado. Tampoco encontraba forma de explicar o de disculparse por algo personalísimo y actualmente equívoco; sobre todo teniendo en cuenta la amistad de Elsa con Laura.

Promediando el mes de diciembre de 1943 comenzaron a ocuparse los locales disponibles para las multitudinarias reuniones de despedida del año. Laura y su esposo lograron una ubicación en los lujosos salones del Club Español; allí agasajarían a los empleados de la sedería y amigos comunes como Carlos y Elsa, que se sentaron próximos a ellos.

Luego de la cena y en plena algarabía, como muestra de cortesía una de las empleadas de la sedería invitó al esposo de Laura a bailar en la pista atestada de gente, otro tímidamente invitó a Elsa y los demás insistieron que lo hicieran Carlos y Laura que quedaron solos en la larga mesa.

Ambos accedieron y procuraron acomodarse en el gentío que los obligó a juntar sus cuerpos, pero justificadamente. Se saludaron con Elsa y José, el marido de Laura, que apenas podía moverse con su pareja algunos metros más allá.

Carlos dijo a su inesperada compañera que entendía que de alguna forma debía disculparse por lo acontecido con la extraña, también agradecer su discreción. No obstante, los argumentos que escuchaba ella sintió que el brazo de Carlos no se distendió luego de un empujón, a la vez que también apretaba su mano. Ahora Laura no hizo nada por evitarlo y se dejó llevar escuchando muy cerca de su oído: “Laura, sé que es inoportuno, pero siento una necesidad imperiosa de hablar un instante tranquilo con vos”. Esas palabras sonaron ambiguas; podían continuar la explicación sobre la aparición de Inés o podría entenderse como una insinuación íntima. La respuesta también fue ambivalente: “Como quieras, siempre me vas a encontrar en la sedería”. Podía entenderse que esperaba una mejor justificación de la aventura descubierta, o bien, que admitía la insinuación. Allí terminó la conversación y el baile, por lo que retornaron como pudieron a la mesa riendo por la peculiar ocasión vivida dentro de la muchedumbre que se movía sin descanso, un ánimo compartido por todos los de la mesa. Laura no quería admitir que la posible insinuación le halagaba y la deseaba; en cambio, si la pretensión fuera explicar mejor lo de Inés, sabía que aludiría con notoria falsedad no saber nada y cortaría drásticamente la conversación, lo que justificaría su silencio frente a Elsa.

Luego de unos pocos días, Carlos decidió hablar con Laura ya que su ansiedad le resultaba cada vez más insoportable. Salió del banco en horario de trabajo y se dirigió a la lencería entrando con decisión. Quedó congelado cuando encontró a Elsa y Laura conversando distendidamente en la boutique. Lo primero que se le ocurrió decir fue: “Salí un momento del banco porque se me ocurrió regalarte un perfume y pedir consejo a Laura sobre qué producto podía elegir”.

Elsa se mostró relativamente incrédula, pero de todos modos agradeció el gesto e indicó la fragancia que prefería. Laura, incómoda porque intuía que el hombre venía para hablar con ella a solas, sólo manifestó luego de saludar: “Esos son maridos enamorados con impulsos románticos”. Tomó luego distancia del matrimonio para permitirles intimidad en la elección que finalmente lograron, entonces agregó sonriente: “Ese perfume va gratis y quiero felicitarlos por ese perdurable vínculo amoroso. Ojalá yo pudiera contar con esa suerte a esta altura”.

Carlos y Elsa agradecieron y se retiraron juntos; ya en la calle mientras caminaban tomados del brazo, Elsa recordó el rumor al que apenas prestó atención, de la visita de una extraña al banco y algo que escuchó sobre un perfume obsequiado. No quiso continuar con su silencio y con ánimo inquisidor preguntó a su marido: “Esta aparición tuya en la perfumería me resultó muy extraña y se te notó la muy angustiosa sorpresa que sufriste al verme. ¿En qué andás ahora? Espero que no vuelvas a empezar con otra historia porque no te la aguantaría”.

Carlos se deshizo en negaciones y explicaciones, insistiendo que lo había impulsado solamente su interés por darle una sorpresa inesperada.

Por su parte Laura tomó el suceso como una premonición, una advertencia que le requería disipar la creciente atracción por Carlos, admitiendo que, si éste hubiera llegado primero que Elsa, se habría generado una situación embarazosa dada su íntima sensación de culpa que difícilmente podría ocultar. Todo este enjambre de circunstancias y anhelos apenas encubiertos hacía crecer el interés de Laura, que iba desmereciendo el respeto a su marido y a la lealtad debida a Elsa, a quién ahora podía considerar una amiga bastante cercana.

Para Navidad José pensó en hacer una reunión a la que invitaría a unos pocos familiares cercanos y al matrimonio Achával. Laura, a pesar de suponer un acontecimiento peligroso, no tenía excusa válida para oponerse. Tampoco deseaba hacerlo.

En la reunión, Carlos sentado cerca de Laura, rozó repetidamente su pierna con la de ella que no acusaba recibo del atrevimiento. Esta primera e incipiente aventura de Laura la llenaba de dudas y deseos que procuraba no exteriorizar y la presencia de su hijo le provocaba algún remordimiento.

Pasados los feriados que ocasionara la llegada del nuevo año, cuando todas las actividades se reactivaron, al comienzo de la mañana, Carlos llamó a Laura por teléfono reiterando su afán de hablar un momento a solas con ella que respondió: “Puedes venir a la tarde cerca del cierre, cuando los empleados se retiran podrás hablarme tranquilo, pero no demores porque habitualmente salgo pocos minutos después que ellos”.

Carlos entró luego de la salida de la última empleada y se dirigió directamente hacia Laura que retiraba prendas que quedaron en el probador, la tomó de la cintura con una mano y con la otra aseguró su cara para besarla con inusitada pasión, ella mostró también su incontenible deseo. Luego lo condujo de la mano a un pequeño sótano atiborrado de telas y allí, como pudieron, gozaron muy profundamente sus impulsos.

Ya no había vuelta atrás, ninguno podría reprimir luego sus instintos sinceros. Más calmos, reaparecieron todos los que podían sufrir con ese romance que se tornó muy profundo. Sería necesario repensar todo aquello con más calma, aunque no pensaran en renunciar a su pasión.

Ella no sabía de engaños ni mentiras, solamente debía pensar en procurar el menor daño posible a las personas que amaba. Entonces propuso que no le hablara por unos días; pronto, el sábado quince de enero, se casaba la hija de un amigo común donde estaban invitados. Laura creía que para entonces sabría qué hacer.

Ese día Laura estaba sumamente nerviosa, aún no había resuelto cómo actuar y qué decir, lo que se traducía en inconvenientes con su peinado, con su vestido, con sus zapatos. Todo la demoraba e inquietaba a José que tenía la seguridad que llegarían tarde a la iglesia.

Carlos y su familia llegaron a la catedral, él buscaba a Laura ansiosamente y no la podía encontrar.

José al ver a Laura enredada en sus afeites, decidió ir él primero para que no se notara tanto la ausencia del matrimonio.

Ella finalmente, sin estar muy conforme con su arreglo salió al patio dándose los últimos retoques en su figura, pero dudando todavía sobre qué hacer o qué deshacer del romance tan osado.

Inmediatamente de estar afuera escuchó un ruido espeluznante y sintió que el piso se hundía mucho y luego golpeaba muy bruscamente a un costado, ahí fue cuando perdió en equilibrio y cayó de rodillas. Aterrada veía las paredes derrumbarse muy cerca de donde estaba y algo golpeó su frente, la sangre que caía sobre sus ojos la cegaba. Lo último que vio antes de desmayarse fue una intensa polvareda que se levantaba por todos lados.

Cuando volvió en sí todo era un rejunte de escombros que vio mejor cuando restregó sus ojos ensangrentados con la seda de la manga de la blusa, ahora áspera por la tierra.

El terremoto aquella noche de sábado no dejó nada en pie y menos las iglesias atestadas de gente por los casamientos. También desapareció todo lo que conocía y, en especial, se terminó llevando su vida prefabricada con prejuicios, modos, mentiras y torpezas de la época. Ya nada podía volver, nada podía ser parecido a lo que creía conocer de verdad. No quedaba nada más que ruinas y miedo. Mucho miedo.

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