El Revolver

Otra vez, como otras tantísimas veces, estoy aburrido. Son terribles los atardeceres dominicales. Alguna vez fueron distintos, cuando tenía qué hacer, cuando volaba o iba a tirar. Ahora se que no me queda mas remedio que esperar, que debo buscar algo para eludir la depresión, el letargo o el alcohol. El ocio me abstrae, convoca recuerdos o reflexiones ingratas, me muestra el tiempo tal como es: pasado, inmodificable y muerto. Nadie disfruta en la tarea de recordar, si se añoran momentos felices aparece la tristeza porque acabaron; si se imponen los desagradables, vuelven a sufrirse como entonces. Los años nos van inmovilizando insensiblemente y obligándonos a recordar cada vez mas; van alejando a los que quisiéramos ver, apagando los ruidos que nos gustaría escuchar y destruyendo los objetos que usábamos.

Vuelvo, entonces, al improvisado taller que hice en la habitación de servicio en desuso. Allí junté unas cuantas herramientas que apenas sé usar, las que fui comprando para encarar alguna hipotética tarea manual que jamás concreté, también me sirvió para guardar con seguridad unas cuantas armas que adquirí a lo largo de mi vida.

Siempre fueron objeto de mi interés y me resultaba insoportable no poseer la que ocasionalmente me atraía que, por cierto, no eran todas ni de cualquier tipo. Era imposible que no me detuviera en la vidriera de cualquier armería o que no incluyera en mi actividad un paso circunstancial por las mas importantes. Los inevitables viajes a Buenos Aires imponían el circuito ineludible, aunque fuera rápido, por aquellos negocios que almacenaban tantas y de buena calidad, algo que no era posible ver donde yo vivía.

A la mayoría las usé muy poco y a varias, jamás. La cacería no me interesaba y la práctica, no muy intensa, se reducía a polígonos o a pedanas de platillo. Después pasaba horas en la tarea de limpieza o en la recarga de cartuchos. Me entretenía desarmarlas, pulirlas y apreciar detalles de calidad de fabricación.

En una ocasión, hace muchos años, me regalaron una pistola Mauser que estaba realmente impecable, no obstante haber sido fabricada hacía más de un siglo. Un arma que puede desarmarse y rearmarse sin necesidad de herramienta alguna. Sus piezas perfectas deben colocarse en la forma y en el orden previsto, sino es imposible el ensamble final. La primera vez, después de muchas horas de intentos fallidos, debí pedirle a un amigo experto que la armara y, desde entonces, soportar las bromas reiterativas del grupo del polígono.

Antes que la violencia se desatara con procacidad en la Argentina, tenía un mueble que me permitía observarlas a todas, después se hizo peligroso tenerlas y, más aún, exhibirlas. Por ello lo primero en desaparecer fue el exhibidor y luego, lentamente, la mayoría de las armas. Las que me quedaron las guardé bajo siete llaves y, de vez en cuando, colocaba a todas sobre una mesa, mas o menos en el orden que pudieron tener en el mueble.

A parte de las que me deshice voluntariamente, también faltaba una vinculada a un hecho muy dramático, que la tuve en mí poder algún tiempo por un pedido especial. Su ausencia me era más notoria que su corta presencia y siempre quedó su impronta terrible. Nunca llegué a justificar por qué las junté si aquella, incluso, me provocaba sensaciones muy desagradables.

Mi particular atracción por algún tipo de armas, seguramente debió estar asociada por la afición al cine que tuve siempre. Mi niñez estuvo plagada de vaqueros, gángsters y policías que disparaban rifles y pistolas demasiado humeantes, que herían casi siempre en el hombro izquierdo a los personajes centrales, de modo tal que ni siquiera interrumpían los diálogos, ni generaban demasiada preocupación por la curación que rápidamente se producía. Los muertos no conmovían y a menudo caían espectacularmente detrás de algún bulto que tapaba los colchones, normalmente no importaban.

Las armas que tuve, con seguridad vista cada una en algún film, en su mayoría fueron nuevas y destinadas a permanecer así; objetos sin uso y sin otra historia que la de ser mías, armas que no mataban en la realidad. Armas para ver o usar contra blancos de papel o botellas vacías y, como en las películas, no debían hacer daño a nadie.

El arma que ahora recuerdo si tenía historia trágica, si había matado de verdad, si produjo daños irreparables. Era un Colt Cobra, un revolver de dimensiones reducidas pero potente; esos de caño muy pequeño que usaban entre sus ropas los detectives en las películas de los años cincuenta.

Su dueño había sido un relamido abogado perteneciente a una familia arraigada y conocida en la capital provinciana. De apellido ilustre, buena posición económica y, por cierto, fundamentalmente conservador. No ejercía profesionalmente la abogacía, pero en razón de ella ocupaba un cargo adecuado en la Justicia que le proveía jerarquía, ocupación moderada y buen sueldo. Aunque sus modales mostraban que no tenían necesidad de ser amables, se trataba de una buena persona, incapaz de hacer daño. Su paso por algún colegio militar y la posterior permanencia en la universidad le dejó vínculos que, sumados a los que acarreaba por su origen, lo incluían en un sector socialmente destacado e influyente en su época y en aquel lugar.

En la década de los cincuenta vivía cómodamente en una de sus propiedades cercanas a la ciudad y sus dos hijos concurrían a las mejores escuelas públicas, donde la admisión entonces no era simple y, a su vez, se integraban al sector social que los homologaba, participando también de los estratos sociales un poco más bajos y populares. La familia pertenecía a esa especie de aristocracia lugareña sin mayores pretensiones.

Ya desde aquel entonces se iban identificando los amoríos escolares que estaban, en principio, todos orientados a cumplir un destino más o menos parecido en el tiempo. El caso de Mariana, la hija menor, no fue una excepción y la simpatía reciproca con Julio no se disimulaba.

Él era uno de varios hermanos pertenecientes a otra familia de similares características quienes, como varios de nosotros, transitaban el Colegio Nacional como trampolín necesario para la ansiada Universidad de Córdoba. Por entonces, ser médico, abogado o ingeniero, eran tan sólo pretextos para embarcarse en una experiencia rumbo a lo desconocido, que en muchos casos orientó frustraciones y sorpresas de toda clase.

La década del sesenta nos albergó en la “Docta” como universitarios; época de transformaciones viscerales que producirían el celebre “mayo francés”, la revolución estudiantil que deglutió al Gral. De Gaulle, victoreado como héroe pocos años antes. Entre nosotros el “Cordobazo” hacía trastabillar a Onganía, en su turno presidencial del gobierno de facto que depuso a Illia, poniendo en crisis la ilegalidad que también representaba.

Contra lo que podía suponer un observador desprevenido, Julio se involucró desde el comienzo. Quienes no eran muy cercanos, difícilmente podrían saber de la profundidad y naturaleza de su compromiso.

La siguiente década, los catastróficos años setenta, implicó la irrupción de violencia cotidiana, confusión, autoritarismo y muerte. Para entonces, Julio y Mariana se habían casado, se fueron, volvieron, tuvieron hijos y corrieron muchas vicisitudes, ora juntos, ora separados. Finalmente, Julio pasó a engrosar la nómina de los desaparecidos por el régimen militar y Mariana fue recluida en una unidad en el norte del país.

Mucho tiempo después trascendió que a él lo habría matado en Mendoza un grupo de tareas del Ejército y, si con ella no ocurrió algo parecido, tal vez fue por las súplicas de su padre que lograron rozar algún oído uniformado conocido de antaño. La otra concesión que obtuvo el padre de Mariana fue que ella, brevemente y bajo custodia, pudiera asistir al entierro de su pequeña hija muerta, quién junto a sus hermanitas había quedado al cuidado de los abuelos.

Mi vinculación con Julio fue siempre circunstancial, teníamos edad similar y el colegio pueblerino nos hacía conocidos. Era un joven más bien bajo de estatura, afable, de sonrisa fácil y buen trato. A Mariana la conocí apenas de vista en la adolescencia común, aparentaba una retracción más compatible con la timidez que con la hosquedad. Supe que tuvieron tres hijas, las que en algunos momentos compartieron las penurias de los padres y, cuando los apresaron, fueron a vivir con los abuelos en la vieja casa cercana a la ciudad. Para entonces, pocos años bastaron para que el suburbio, también en ebullición, se aproximara demasiado alterando la tranquilidad de antaño.

La vieja casona estaba rodeada de jardines y viñedos. Esa distribución geográfica producía un aislamiento por momentos incomodo para los tiempos que corrían. Sin embargo, durante el día parecía lo mejor para el grupo, en particular para las pequeñas que les evitaba la curiosidad morbosa de allegados y proporcionaba abundante espacio para sus juegos.

Una tarde, la segunda de las hijas, que tendría unos cinco años, hurgando rincones, revolviendo placares y cajones inalcanzables, con la persistencia de un mandato ineludible, encontró el arma de su abuelo y se destrozó el rostro de un disparo.

Ese revólver en un instante, en forma tan trágica como increíblemente irónica, ató los hilos dispersos de un circunstancial conservador, un revolucionario y una inocente. También iba a destruir todo lo que quedaba alrededor.

Ya no recuerdo porqué tuve unos días aquel arma, pero si recuerdo cuando por distracción la ubique por un instante junto a las mías. Un momento que bastó para que volviera a disparar de frente una historia terrible y sórdida.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Muchas gracias por tus comentarios.