Concluía 1968 y éramos pocos los que quedábamos en Córdoba, ya terminaron los exámenes y casi todos habían vuelto a casa. Nosotros no sé qué esperábamos para hacerlo pero, con seguridad, todos teníamos las valijas hechas.
La mayoría de esa camada avizoraba ya la culminación de su etapa universitaria. La minoría la integraban unos poquísimos recibidos y los que más pronto decidieron abandonar. Los que quedaban, materias más, materias menos, comenzaban a prepararse para la vida profesional y a esbozar el carácter y las pretensiones que suponían para sí, algo que la realidad posterior se encargaría seguramente de moderar; el resto, los menos, iban a estirar algún tiempo mas su fracaso o, simplemente, lo harían mas estruendoso.
Creo que entre éstos incluyo a los mellizos García, personajes anónimos de la vida y protagonistas de una historia sórdida. Terminaron el Colegio Nacional mas o menos en el cincuenta y ocho y, casi inmediatamente, partieron a Córdoba a estudiar abogacía, camino que seguiría yo unos pocos años después.
Los mellizos eran los menores de cuatro hijos de un procurador conocido y respetado. Una persona seria que trabajaba desde siempre en un estudio jurídico importante y antiguo, algo que le permitió granjearse una posición económica estable.
Los procuradores son personas habilitadas para realizar, siempre bajo la supervisión de un abogado, trámites tribunalicios. Se trata de prácticos con algún conocimiento de Derecho, particularmente el procesal.
En general todos, y García especialmente, albergan cierto desconsuelo por no ser abogados de quienes tienen que depender; íntimamente consideran que saben más que muchos de éstos. Hay, incluso, un resentimiento guardado en lo más profundo de la conciencia.
Cuando García se enteró que los mellizos, bachilleres recientes, decidieron estudiar abogacía, pensó que la vida le estaba dando una revancha. Ya soñaba que la reverencia debida, esa subordinación cotidiana al “doctor”, tendría a los mellizos por destinatarios. Ya sentía que su ausencia del viejo estudio iba a ser valorada como correspondía.
El procurador no ignoraba el sacrificio económico que afrontaba con casi sesenta años, como no desconocía lo que razonablemente iba a durar.
Estaba dispuesto a soportar lo que hiciera falta para que sus hijos fueran mejores que él. Que a ellos les tocara el sillón giratorio y no la silla de enfrente, aquella que incluso él debía ocupar cuando pedía las firmas que habilitaran sus propios escritos.
Los mellizos estaban locos de alegría y llenos ilusiones, aunque, tal vez, aquellas limitaciones del padre inconscientemente fueran determinantes para elegir la carrera de abogacía. De alguna forma se condolían por su padre, pero también íntimamente lo culpaban por no haber llegado más arriba.
De todos modos, desde la perspectiva de ellos el enigma era Córdoba, con misterios y anécdotas exageradas por los que estaban allá y quintuplicadas por los que ya habían vuelto. Eso fue algo que, supongo, escuchamos todos previamente y que, después, pudimos comprobar que algo de cierto tenían.
Para los que estudiamos abogacía y lo hicimos en el viejo edificio de calle Trejo, nos gustaría afirmar que alguna vez creímos sentir el roce helado con algún fantasma ¡Eso si! Sólo los famosos producen fantasmas que valen la pena comentar y por allá habían pasado muchos de abolengo jurídico.
¿Qué otro que el de Vélez Sarsfield se habría molestado conmigo el atardecer cuando ocupé el lugar que, supongo, habrá sido suyo junto a la columna de la galería superior, mientras observaba la vieja estatua de Fray Fernando de Trejo y Sanabria plantada en el medio del patio?
Ir a Córdoba y no volver “doctor” era una clara sugerencia para no utilizar la puerta grande, para regresar callado sin que se notara y ocupar algún lugar que pasara desapercibido.
Un par de años después que los mellizos, la nueva tanda de sanjuaninos con destino cordobés incluía a Carlos Reta, apodado Coqui; un flaco pintón y engominado, que no disimulaba su orgullo de provenir del Liceo Militar Espejo. Ese origen los identificaba en los modos suficientes y, fundamentalmente, en un gesto indefinido y burlón propio de los que estaban ya liberados del Servicio Militar, baldón que amenazaba al resto. Era notoria también la práctica de ejercicios físicos y, de alguna forma, harían saber del adiestramiento con armas que recibieron.
El flaco pertenecía a una familia terrateniente, de posición económica acomodada y la viudez de su madre le permitió el acceso directo a bienes y dinero, algo que también contribuía para que se distinguiera.
Hace más de cincuenta años, en la época que nos estábamos yendo a Córdoba, la ciudad que dejábamos era más chica, los prejuicios más grandes y en ella todos, mas o menos, nos conocíamos.
Coqui, como los mellizos, también portaba una cuota de resentimiento; un rencor íntimo que no digería y que ocultaba tras la soberbia de sus modos y un poco de prepotencia sobre actuada.
Tiempo atrás había podido constatar personalmente el rumor que provocaba el amorío adúltero de su madre con un oscuro personaje de la política local, alguien que había trascendido como mandadero y guardaespaldas en tiempos de Cantoni. Esa relación había comenzado, tal vez, muy poco tiempo después de la muerte del marido. Para la época ni siquiera habría observado el necesario “periodo de luto y llanto”, algo más notorio cuando vinculaba a personas de estratos sociales muy distantes.
La poca discreción de la mujer ofendía a Coqui, que alguna vez tuvo que soportar la actitud mordaz de uno de los hijos del amante, un poco mayor que él. Tampoco le gustaba percibir algunos silencios repentinos que provocaba su llegada a ciertos círculos
También partía para Córdoba con ilusiones, pero con mucho de huída, llevando su altanería de cartón y la impronta peculiar de su corto pasado. Íntimamente envidiaba y temía la condición de matón que tenía el amigo de la madre.
Pienso que todo eso tuvo algo que ver para orientar, desde el comienzo, su simpatía por la noche que lo confundía y el alcohol que le prestaba valor hasta que empezara la resaca. Le hubiera gustado ser un rudo y componer ciertas situaciones, como en las películas, a tiros y trompadas; sin embargo, las mañanas se encargaban de traerlo a su escuálida realidad.
En fin, cada cual fue llegando a Córdoba con su bagaje de sueños mezclados con la verdad de sus posibilidades. Poco a poco todos, sin excepción, fueron poniendo fin a las fantasías cuando se sentaban al lado del bolillero en la mesa examinadora.
La “Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Córdoba” que nos tocó conocer, además de prestigio, estaba colmada de apellidos ilustres portados por personajes con luz propia en la mayoría de los casos y, también, de otros colgados de su prosapia doctoral. No sé a cuales era peor enfrentar, tal vez a los últimos por que confundían ser malos con ser eruditos.
No había exámenes fáciles o seguros y eran veintinueve en aquel momento los que debían aprobarse, no existía otra forma. El solo hecho de pensar a quienes íbamos a enfrentar, a los tendríamos que explicar los tratados que ellos mismos habían escrito, era motivo de preocupación; verlos ya en el medio del tribunal examinador resultaba sobrecogedor.
Para sentarse frente a Ricardo Núñez, Vélez Mariconde, Pedro J. Frías, Héctor Cámara o el “Payo” Clariá Olmedo, por nombrar sólo algunos, había que estar preparado para decir algo coherente, por lo menos. Además, era de rigor presentarse con saco y corbata.
A la distancia se los recuerda con admiración y aparecen algunas peculiaridades que los caracterizaban; por ejemplo el Payo Clariá era un individuo albino, tan corto de vista que leía ayudado por una lupa, defecto que no le impidió escribir sus extensos tratados o sostener las clases repletas de alumnos a los que, inexplicablemente, reconocía. En los exámenes solía hacer, sin mala intención, preguntas ininteligibles que orientaban al aplazo.
Hoy todo ellos serán fantasmas justificados por su célebre alcurnia que deambulan tristes por el viejo edificio, ya sin alumnos que rozar.
En fin, en aquellas mesas se truncaron muchos proyectos, unos antes y otros más tarde, pero ninguno con indiferencia y, mucho menos, con alegría. A los que se iban quedando en el camino los acompañaba alguna forma de tragedia que comprometía el retorno.
Cuando fue mi turno de llegada a Córdoba, algunos patinazos sirvieron para advertirme que no estaba en el Colegio Nacional y la ciudad grande se encargaría de provocar añoranzas pueblerinas.
Los mellizos y el flaco, comprovincianos conocidos, ya estaban afianzados en el lugar y transitaban con suerte distinta la carrera. De todos modos a mi, me parecían inalcanzables.
Con los mellizos tuve más contacto circunstancial pero nunca coincidimos en el algún curso, ni examen. Ambos eran de buen trato y bajo perfil, solíamos frecuentar un mismo club en San Juan en época de vacaciones. Billar mediante, actualizábamos entonces el conocimiento de nuestras historias cordobesas y de las peripecias que cada uno vivió en los exámenes. Muchas veces los mellizos eran acompañados por el viejo procurador que aprovechaba para mirarlos con sonrisa de satisfacción y orgullo; no se quedaba mucho, solo un poco más de tiempo del que demanda un café tranquilo a la hora de la siesta que no lamentaba perder; era la ocasión de verlos sin distracción ni preguntas, de apreciar las transformaciones que las largas ausencias iban aportando. Junto con el café también percibía el sabor agridulce por los años que pasaron y por el tiempo cada vez menor que faltaba para el regreso. Sentía mas pesados los giros mensuales que les hacía, sobre todo últimamente que en el estudio jurídico habían incorporado “doctorcitos” nuevos, que cada vez mordían partes mayores de su trabajo. También los años cargaban su espalda, que enderezaba solamente para alejar sus ojos de los escritos llenos de letras borrosas o inusitadamente móviles. La evidente presbicia lo obligaba también a estirar los brazos para leer.
Hacia el final, en alguna ocasión supe del bosquejo de celebración que se haría en el club cuando se recibieran los mellizos. Los diez años que habían transcurrido no mostraban carreras rutilantes, pero tampoco excedían demasiado lo aceptable.
Ellos, casi desde su llegada, habían alquilado un departamento que no abandonaron nunca. Algunas veces lo compartieron transitoriamente con comprovincianos o parientes que estudiaban otras carreras o que cambiaron de Universidad; esos que siempre estaban enterados en dónde supuestamente era mas “fácil” y para allá emigraban. Pero casi siempre estuvieron sin compañía, aunque en el mismo edificio hubiera varios departamentos también ocupados por estudiantes sanjuaninos. Incluso en algún momento uno de esos fue ocupado por el flaco Reta que generalmente vivía solo. Ocasionalmente supo acompañarlo un primo; un rugbier grandote, violento y de carácter áspero como él, alguien que podría, en todo caso, servirle de guardaespaldas.
Coqui Reta se fue empantanando en forma progresiva, para hundirse totalmente hacia la mitad de la carrera. Después, mientras le quedaba algo de resto para seguir empujando, la noche y el alcohol se encargaban, alternativamente, de aliviar o de agrandar sus tormentos cada vez más complejos. Tampoco para él unos cuantos años le fueron indiferentes, menos con un fracaso a cuestas que, seguramente, complicaban hasta el regreso. Había dejado en el camino altivez, físico, respeto y demasiada plata.
En los últimos tramos, en razón de la existencia de un grupo de amigos comunes, hasta había tenido que admitir algún contacto social con el odiado hijo del amante de su madre que, para colmo, también estaba radicado allá. Incluso, entre copas, le propuso a éste que, en el asado de despedida del año que haría el grupo el veintiocho de diciembre, simulara agredirlo delante de todos para concretar así la clásica broma del día de los inocentes.
Los mellizos también se habían quedado hasta entonces, afirmando compromisos que surgían de la futura y repentina boda de uno de ellos, algo que era cierto. Pero también era absolutamente cierto que ninguno de los dos había rendido una materia jamás y nunca supieron cómo parar esa farsa. La primera vez creyeron zafar con una mentira recuperable, difícilmente recuperable porque son deudas que se pagan con éxitos que luego deben ser ignorados, esos que luego hay que callar.
Cuando había que estudiar se acababan los enigmas misteriosos y aparecía la Córdoba real; los que estaban en las mesas de exámenes todavía no eran fantasmas, hacían preguntas y esperaban respuestas de este mundo.
A los hermanos no les quedaba margen para sostener la fantasía ni para eludir el bochorno. Habían pasado diez años mintiendo los dos, defraudando juntos a todo el mundo y ahora hasta los festejos que se preparaban los atropellaban.
Lo que empezó como comedia terminó como tragedia cuando uno de ellos atendió el llamado de la puerta. Allí estaba parado el viejo procurador, con el saco puesto a pesar del calor agobiante; tal como se lo había visto toda la vida. Estaba enterado de todo y no pidió ninguna explicación, su bochorno se notaba apenas en los ojos por una incontenible lágrima. Sólo atinó a decir: “Ha llegado el día para terminar con todo esto ¡Vamos a San Juan ya, mamá nos espera destruida!
Dio la espalda y comenzó a caminar titubeante hacia la calle; los mellizos lo siguieron en silencio dudando si llegaría.
Por supuesto que el anecdotario cordobés no se agotaría en ese episodio y, a ese día en particular, le quedaban chanzas pendientes.
El flaco Reta dudaba sobre si iría al asado de despedida, era otro de los tantos compromisos que había asumido sin sentido a lo largo de su vida para mostrar una personalidad que no tenía, ni podría sostener. La mañana, sin alcohol todavía, le mostraba mas claro el panorama de posibilidades que, seguramente, una vez más iba a descartar.
Nuevamente apuraba las situaciones que no quería, alentaba desafíos que no deseaba afrontar. También sabía que un poco de alcohol le daba esa cuota de valor que la mañana le negaba.
Diciéndose que no se acicalaba como el torero, suponía que la única salida daba al ruedo y que debía afrontar la situación; a veces tenía un atisbo de duda si buscaba el desafío innecesario o al vino. De todos modos siempre encontraba a éste primero.
Así, con la pulcritud que nunca perdió, partió a la vieja casa de calle Chile donde se haría la reunión, llevando las botellas que había prometido aportar. Por cierto que su ansiedad lo hizo llegar primero, cuando ni siquiera habían encendido el fuego.
Esos menesteres previos permitieron los brindis que trajeron tranquilidad y le afirmaron las manos. También mejoraron su ánimo y le mostraban a cada rato más aceptable su participación en el festejo. Al momento de usar el asador estaban todos los comensales y la predisposición a la risa fácil los acompañó desde el comienzo.
Incluso el hijo del matón, odiado y temido como al padre, no enrarecía el ambiente hasta que se cruzó con la mirada cómplice del flaco Reta, que le recordaba la broma acordada alentándolo con la tozudez propia del ebrio. Para entonces ya no quedaba ninguno totalmente sobrio y Coqui menos que menos. Así surgió primero una ironía, luego una respuesta canchera y empezó la farsa de agresión. Entonces el flaco, sin más, sacó el revolver que siempre portaba oculto y le plantó dos tiros en el pecho mientras murmuraba bajito: “¡Que la inocencia te valga!”
Ante el estupor de todos, dio media vuelta y salió caminando satisfecho; se sentía complacido porque que al fin se recibió de matón, concretando también una venganza deseada.
El título de abogado podía seguir esperando; tampoco le importaba demasiado.
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