El otoño promediaba y las noches reclamaban algún abrigo extra. La ciudad se despoblaba más pronto y la cena también se adelantaba un poco.
Los restaurantes habían abandonado los espacios abiertos que la gente ya desechaba. Nosotros frecuentábamos uno de parrilla que se caracterizaba por su extensión; el patio era simpático por la variedad de plantas y el buen gusto para la distribución de las mesas en el jardín. Luego un ambiente cerrado de similar superficie, decorado con helechos colgantes, que resultaba grato y acogedor.
Las plantas eran atendidas personalmente por el dueño que, evidentemente, parecía entender bastante de ese tema. Fuera del horario de atención al público se lo solía ver ocupándose de ellas y los resultados eran evidentes. En particular los helechos que, saliendo de recipientes pequeños asidos a la quincha, eran muy voluminosos y rompían la monotonía del recinto grande y rectangular, interrumpiendo la visión directa de los extremos.
En el lugar también se destaca la profusión de barriles y toneles de todo tipo, provenientes de viejas bodegas, que le daban nombre al negocio: “Las Cubas”.
Los servicios sanitarios se encontraban dentro de un tonel enorme con divisiones interiores de mampostería, con revestimiento de cerámicos y buena grifería. Los ingresos de los tocadores daban a un pasillo corto donde se destacaban puertas con las clásicas inscripciones: “Damas” y “Caballeros”.
Con el dueño nos conocíamos de tiempo atrás, lo que se traducía en atención personalizada. La asidua concurrencia me transformaba en un buen cliente.
En la oportunidad que ahora recuerdo, fui con un colega con el que iniciaba la transacción de un asunto importante y aún pendían muchos detalles. Nos ubicamos en una mesa cerca de la puerta de entrada. La elección de una mesa chica tendía a evitar la incorporación indeseada de algún conocido común ya que, prácticamente, la reunión era de trabajo y no queríamos intromisiones.
Mi interlocutor, un abogado hábil, defendía bien y pulcramente los intereses que le confiaba su cliente, para quien trabajaba con exclusividad. Era, tal vez, uno de los pocos que conocía aspectos de la vida del dueño de un grupo económico importante; una persona de bajo perfil y escasa exposición pública.
Luego de ubicarnos y ordenar el vino, decidí lavar mis manos. Confieso cierta compulsión por ese hábito y deseaba hacerlo antes de iniciar la conversación para evitar interrumpirla. Así que no esperé demasiado para ir los servicios sanitarios ubicados en el vértice opuesto; prácticamente debía recorrer en diagonal el salón en cuyo centro estaba ubicada la mesa de buffet froid que me detuvo brevemente. Advierto, entonces que, dos mujeres altas y de buena presencia, con atuendos sobrios y caros, empujaban ya la puerta vaivén del pasillo que orienta a los baños.
Cuando llegué al mismo lugar, ellas ya habían entrado y yo seguí hacia la puerta siguiente, que el cartel “Caballeros” inscripto torcido la hacía inconfundible.
Las voces de las mujeres eran francamente audibles, sus risas fuertes resultaban agradables y se escuchaban con nitidez; también intuí una comunicación menos formal que la sugerida por sus aspectos y modos previos.
Hablaban de maquillajes e intercambiaban lápices labiales. Una de ellas dijo: “No me queda como a vos ¿Me dejas que te bese suavecito?”. La respuesta fue cortante: “Aquí no”, y callaron. La negativa condicionada desdibujó la pregunta y la respuesta de ese diálogo, tan corto como enigmático.
Yo salí antes que ellas albergando suspicacias e intrigado por el particular desenlace. Me sentaba nuevamente cuando advertí que ellas también volvían al salón, dirigiéndose a una mesa ubicada en el otro extremo.
El paso de los mozos, la gente que se movía y los helechos, me impedían satisfacer mi creciente curiosidad de identificar al grupo de personas notoriamente foráneas.
Mi reunión con el colega me importaba sobremanera, era un tema complejo y trataría de asuntos delicados de personas inflexibles. Una exigencia inapropiada podía ocasionar que la charla se orientara a la nada sin retorno.
Negociaba con un personaje que detentaba poder real, influyente en el mundo de la política, de los jueces y los curas. Alguien con quien todos querían andar bien. No se trataba de un criminal, por cierto, sino porque sus influencias interesaban y obligaban normalmente a quienes conseguían acercársele. Difícilmente el periódico local criticara a sus empresas o la legislatura ignorara sus sugerencias a la hora de designar magistrados. Tampoco lo olvidaban los candidatos en ocasión de sus campañas políticas y más allá de la tendencia que tuvieran.
A mi favor contaba, algo que mi cliente me había advertido, que la discusión podía desenterrar cuestiones familiares que dicho personaje preferiría omitir. Pero nada más que eso; si había mucho dinero por medio y era necesario encararlas, él podía dejar de lado sus pruritos.
Mi cliente era parte en un condominio rural muy extenso que incluía canteras en explotación, algo que le llegaba de sus antepasados. Hoy la avanzada edad y la dispersión de sus hijos propiciaban la idea de deshacerse de complicaciones.
En ese condominio habían quedado vinculadas personas que carecían de relación personal actual.
Una parte importante pertenecía a Julio Madariaga, a quién representaba mi interlocutor y, como el terreno sería expropiado para la construcción de una presa, los valores podrían ser siderales. Aún más si se trataba de un influyente.
Quería concentrarme en la conversación que ya iniciábamos, cuando advierto que las mujeres y las demás personas que participaban de su mesa se levantan y avanzan hacia la puerta próxima a nosotros. Pude corroborar que, efectivamente, en la buena presencia de ellas debía incluirse atuendos de calidad. La que evidenciaba algunos años más en su haber, iba adelante y no ocultaba cierto fastidio con el lugar. La seguía cerca un muchacho quinceañero y, algo más atrás, la otra mujer y dos hombres maduros caminaban sin dejar de conversar.
La primera se detiene junto a nuestra mesa y, luego de un gesto de afectada alegría y sorpresa, saludó a mi colega que se levantó inmediatamente. No pude evitar observar especialmente el arreglo perfecto de sus labios y su agradable sonrisa, también recordé el diálogo corto y sugestivo que había escuchado en el baño.
Fui presentado al grupo destacándose que yo era el abogado de Quiroga, un condómino involucrado en la negociación pendiente, la misma que a ellos interesaba y para lo cual habían llegado a San Juan recientemente. Insistieron en seguir y nos abandonaron.
Supe luego que los dos hombres eran abogados y la mujer más joven era la esposa de uno de ellos, todos acompañaban a quién nos saludo primero, Claudia Gentile.
No dudé en advertir que el negocio en curso era más complejo de lo que suponía e involucraba a otros personajes particularmente sugestivos.
La conversación que iba a tener con mi colega en ese momento se vio repentinamente alterada. Había conocido de la existencia de más personas interesadas que participarían en la tratativa, algo que debió informárseme, especialmente a mi cliente.
La omisión descubierta incomodó al abogado que, si bien estaba en condiciones de retomar el tema, ahora lo haría con una modalidad más flexible.
Nuevamente solos, creyó en la necesidad de contar algunos detalles para superar su turbación, casi imperceptible. Me dijo que Claudia Gentile tuvo alguna vinculación con su cliente, Julio Madariaga, y que entre ellos no había contacto alguno, pero que tendría que participar en algún momento de la negociación.
Sin ocultar mi molestia, bajando la jerarquía inicial de la conversación, manifesté que era necesario advertir a mi cliente de esta novedad antes de continuar.
Cuando nos volvimos a encontrar mi colega propuso un tono menos profesional. Había requerido autorización para darme una explicación y la había obtenido bajo condición de discreción. Creo que mi aceptación respondía más a mi curiosidad que al rigor profesional.
Expresamente creyó innecesario justificar la inmensa fortuna de la generación que precedía a Julio y Claudia. Tampoco valía la pena ir más allá del nacimiento del primero, acontecido en junio de 1955.
Me recordó que, a fines de 1954, cuando la suerte política de Perón palidecía, sorpresivamente el Congreso sancionó la Ley 14394, que instauró el divorcio vincular en Argentina, lo que permitía casarse nuevamente. Algo difícil de digerir en aquellos momentos en que los prejuicios y los avatares políticos, económicos, sociales y religiosos se mezclaban y bullían en nuestro país. La vigencia de esa ley terminó abruptamente en marzo de 1956, por decreto del gobierno de facto, renaciendo el viejo régimen que duró hasta mediado del gobierno de Alfonsín.
Aquella ley tuvo una vida efímera y defectuosa. Cuando se la derogó tampoco se lo hizo con pulcritud, quedando un cúmulo de lagunas y problemas pendientes.
En esa burbuja jurídica los padres de Julio se divorciaron y, unos pocos meses después, él nació. Se trataba una pareja desavenida, de intensa vida social en Buenos Aires y relaciones tumultuosas que incluían rumores de infidelidades mutuas.
Después de ese divorcio rápido y sin escándalo, la madre de Julio contrajo nuevo matrimonio con otro acaudalado apellidado Gentile, falleciendo casi inmediatamente en un accidente. La relación anterior de éstos tuvo algo que ver en el divorcio, incluso socialmente se dudaba de la verdadera paternidad de Julio, aunque legalmente se atribuía al marido Madariaga.
Claudia, hija del viudo vuelto a casar, por su parte, consolidaría el patrimonio de sus padres en su persona. Para afirmar que Julio y Claudia pudieran ser ambos hijos de Gentile, había que admitir el adulterio de la muerta. Por otra parte, los principales interesados eludieron indagar bajo la presión patrimonial.
La moralina de la época, las lagunas legales transitorias y las conveniencias, dejaron un tendal de víctimas y situaciones intermedias sin justificación, ni solución.
Julio y Claudia pasaron la infancia y adolescencia desprevenidamente en los cotos que les reservaron cada grupo de familiares interesados. Nadie se preguntó cómo fueron sus relaciones, tal vez porque las suponían indiferentes y alejadas.
Sin embargo, una tía discreta, que conocía la posibilidad real de un vínculo fraterno, dispuso lo necesario para que tuvieran algún contacto entre ellos y que no fuesen absolutamente ignorantes de esos antecedentes, aún cuando figuraran como hijos únicos de distintos matrimonios.
Las relaciones armónicas preestablecidas concluyeron en forma abrupta cuando Julio se alejó de repente, abandonando incluso a Raquel con quién pensaba casarse pronto.
Si el enigma primero lo determinaba la cuestión de la paternidad de Julio, ahora se trasladaba al vínculo roto tan repentina y definitivamente con Claudia. ¿Qué pudo pasar, por qué nació ese muro infranqueable y silencioso entre ellos?
Creí que esa parte sería inescrutable y que lo preferible era intentar concluir el negocio en el nuevo formato; es decir, con más interesados que lo que había supuesto inicialmente.
La estrategia de Julio en el negocio era adquirir todos los bienes del condominio sin mayor contacto con los interesados, a quienes suponía ignorantes de la futura expropiación.
El trato con mi cliente se reducía a la compra de su parte, nada más; sin embargo, respecto a la de Claudia quería obtenerla sin figurar personalmente, algo que no fue posible por la infidencia de un asesor que había sido suyo y que ahora trabajaba para ella. Por cierto, no quedaba duda que el desleal no podía ser otro que el abogado vinculado a la joven mujer que integraba su comitiva.
Todos entendieron que una reunión general se imponía y que el lugar adecuado era mi estudio, resultando imprescindible la presencia de los interesados, no sólo de sus representantes.
El primero en llegar, con algunos minutos de anticipación, fue Quiroga, mi cliente. Quería indagar mi opinión sobre el negocio, en el que se desprendería de inmuebles inmensos. También me dijo que, a sus años, no le interesaba ya continuar en el condominio y, menos, con las sordas pasiones que subsistían entre los demás, lo que impedía cualquier proyecto común. Me informó que estaba de acuerdo con el dinero que le ofreciera Julio en forma privada y temía que la operación quedara en la nada ante las complicaciones que se avizoraban dada la presencia intempestiva de Claudia.
Luego llegó Julio con su abogado. Casi inmediatamente se dirigió a Quiroga en forma directa, a quién le ratificó la oferta cualquiera fuese el final de la reunión, alentando así su tranquilidad y despreocupación.
Finalmente llegaría Claudia, acompañada por su amiga y el esposo. La presencia de éstos era todo lo que faltaba para tensar al máximo los ánimos, nada explicaba la presencia allí del asesor infidente que no fuera un avieso propósito de ella.
Cuando entraron saludaron con cortesía y frialdad en forma general, notándose enseguida los finos perfumes que usaban. Las mujeres se sentaron juntas y el hombre prefirió continuar parado cerca de ellas, ocultaba su vergüenza con un gesto innecesariamente adusto, pero delataba su incomodidad que sus ojos se dirigieran permanente al suelo.
Entre Julio y Claudia sólo hubo una mirada breve y sin gestos, él no se conmovió ni ella perdió la sonrisa agradable de su boca bien pintada. Estaban preparados ya para ese encuentro.
Cuando las mujeres se sentaron, sus manos se rozaban entre sí al apoyarlas sobre el sillón en el espacio que había entre ellas. Así permanecieron, algo que no pasó desapercibido para Julio sentado al frente. Un leve y reiterado movimiento de los dedos de la más joven devenían en caricias disimuladas.
“Advierto doctor que es mediador”, me dijo Claudia sin sacar la vista del diploma que pendía de la pared. No terminaba yo de asentir cuando ella agregó: “Creo que usted podría prestarnos un servicio invalorable y, siempre que el Sr. Quiroga lo permita, quisiera mantener una reunión con Julio y usted a solas”.
Sobrevino un silencio denso y varios ojos se cruzaron en todas las direcciones. Los rostros inmutables, salvo los de la mujer joven y su esposo que no pudieron disimular su sorpresa y desagrado. La pretensión de Claudia era totalmente inesperada para ellos, como insoportable la prescindencia que evidenciaba.
El primero en reaccionar fue Quiroga quién, dirigiéndose a mí, dijo que prestara toda la colaboración a mi alcance. Luego mire al letrado de Julio que asentía con la cabeza y, finalmente, el de Claudia hacía lo propio levantando apenas sus hombros, dando clara muestra de saber que su opinión no importaba.
Ya a solas, anticipándose, Claudia dijo que sólo pretendía estricta confidencialidad sobre lo que se hablara y calló aguardando nuestras respuestas, que coincidirían en ello.
Luego dirigiéndose a Julio, con el esfuerzo de quién interrumpe un silencio de muchos años, le dijo: “Se que estás interesado en la totalidad de los campos del condominio y que, seguramente, vas a hacer buen negocio con la expropiación que viene”.
Julio sin admitir ni negar, contesto con una pregunta: “¿Y vos qué sabés de eso?”
“Es evidente que conozco todos tus movimientos –contestó-, hace poco tiempo, cuando apareció el tema del condominio imaginé que vos lo estabas impulsando, entonces decidí seducir a la mujer de tu asesor, lo demás vino solo”.
Con sarcasmo y odio no disimulado Julio recriminó: “No te bastó con Raquel. Todavía no digiero haberlas sorprendido muy cariñosas en mi propia casa. Por ahí debo tener los lápices de labios que cayeron de su mano cuando me vio”.
La asociación repentina con el diálogo que escuché tras la débil pared del tocador del restaurante me rescató del asombro, la coincidencia de mujeres y elementos me hizo suponer una especie de táctica premeditada de seducción.
La mujer se puso de pie, con calma, sin ninguna prisa, sin ironía y con particular seriedad, le dijo: “La verdad es que lo único quise tener realmente en mi vida, fue a vos. Como no podía o no debía porque no sabía si eras mi hermano o no, busqué hacerte daño y me arrepiento de haberlo hecho. También arruiné mi vida con ello. Raquel no tuvo la culpa y, para mí, no fue ninguna sorpresa que llegaras ese día que nos viste, te esperaba y quise que nos encontraras para herirte. Ella te quería y yo la confundí. Nunca tuve claridad ni ocasión para pedirte disculpas. Ya nada puedo modificar”.
Dio unos pasos y agregó: “Con todo el condominio puedes disponer como que te plazca, voy a firmar lo que decidas. ¡Ah! También quiero que sepas que me acompaña un jovencito, es el hijo que Raquel tuvo poco antes de suicidarse. Yo lo adopté sabiendo que era hijo tuyo”.
Salió del cuarto, saludó cortésmente a Quiroga y a mi colega, con un gesto indicó a los suyos que se retiraban y, sin más, se fueron cerrando la puerta con suavidad. Algunos momentos después Julio también se iba sin articular palabra y su abogado lo siguió perplejo, sin entender qué había pasado. Yo ni siquiera atiné a acompañarlos.
Algunos meses después, en el verano, volví a la parrilla como siempre, saludé al dueño como siempre y fui hacia los sanitarios como siempre. Cuando pasé la puerta vaivén, vi que todo el pasillo había sido pintado y que, en la primera puerta de la derecha -que nunca olvidaría-, habían sustituido la inscripción “Damas” por una figura humana de metal, sin rostro ni identidad.
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