¡Carnaval!

Siempre quise una explicación de qué es, para qué sirve, de dónde salió el carnaval. La verdad es que creo que me voy a quedar con la duda porque no he encontrado significado unívoco, ni varios coherentes entre sí. Algunos lo atribuyen a la Iglesia que así marcaba el comienzo de una dieta de carne los viernes durante la cuaresma; para otros era un permiso de libertinaje y diversión previo a la circunspección que debía guardarse luego durante cuarenta días; varios lo asumen como etapa de juego y disfraz a fin de sostener un retorno a las raíces, finalmente, también se lo entiende como adoración a dioses paganos. Quedan muchos aspectos por referir y explicar que no interesan.

Para mí nunca tuvo mucha importancia y siempre me conformé con vincular el carnaval con el juego de agua, el disfraz que da valor escondiendo la identidad, el engaño, el atrevimiento etc.

No hace mucho, se me ocurrió abrir los ojos y allí estaba frente a mí: “El Carnaval” de todos los días. Un muestrario permanente de mentiras obscenas, de personas disfrazadas que no son lo que parecen, de crueldades gratuitas. Un corso de mascaritas infames, que entre risas te despluman de la confianza, de la plata y, tal vez, de la vida o la ilusión.

En fin, comprendí que ya no valía la pena preocuparse demasiado porque el carnaval también había envejecido; tal vez había muerto ya como un momento determinado, como una fecha del año que supo tener particularidades especiales. Ahora podría ser carnaval cualquier día y confundirse con la festividad o la penitencia de antaño.

Sumido en estas cavilaciones iba caminando por cualquiera lado, un día feriado en honor a las carnestolendas inexplicables y actualmente ignoradas.

Circunstancialmente vi a un hombre que conocía de vista, adormecido por el alcohol, sentado en el umbral de una casa. Zaparrastroso, sucio y baboso. Dudé si se trataba de una feroz borrachera o si también habría sido víctima de algún delito. Era temprano y no había nadie a la vista.

Me acerqué para ayudarlo y apenas escuché un balbuceo inentendible. Insistí en pararlo y, casi arrastrándolo, lo llevé hasta la casa. Nos recibieron unos chicos que se asustaron y llamaron a su madre. Ésta vino visiblemente ofuscada y me pidió que le ayudara a llevarlo a la habitación. Luego entre llantos y reproches me agradeció al despedirme.

Me sacudí la mugre que me quedaba por traerlo y me fui casi sin responder las disculpas de la mujer. Estaba asqueado por la baba y el barro que me dejó aquel sujeto.

Algunos días después me encontré con la pareja, advirtiendo que ostensiblemente ambos deseaban hablarme. Querían agradecerme la ayuda y justificar el bochorno.

Recién ahora pude observar a la mujer que era muy atractiva y simpática; también noté que al despedirnos apretó fuerte mi mano y me dio un beso húmedo cerca de la comisura. Ambos dejaron una invitación abierta para que los visitara, lo que consideré tan sólo un formulismo. Sin embargo, luego fui entrevistado por el hombre que ayudé, ocasión en la que concretamente me invitó a almorzar, alegando que también era el deseo de su esposa; así que acepté.

En la amena reunión me enteré que el hombre era ingeniero, que se desempeñaba por algunos periodos en una mina en la alta cordillera, mientras que ella era una abogada sin mucha actividad. Las respectivas profesiones imponían soledades en los cónyuges. Los dos eran conocidos en la ciudad, sosteniendo amplias vinculaciones sociales. El agradecimiento exagerado del matrimonio se justificada porque el oportuno encuentro del borracho y la ayuda que le presté, habían impedido que trascendiera el suceso denigrante y el alcoholismo de los dos.

Un día en la puerta de los juzgados nos encontramos. Adelanto que yo al principio creí erróneamente en la casualidad, luego me enteraría que el encuentro lo diagramó ella en un santiamén, cuando me vio desde atrás de las columnas del edificio de los tribunales. En esa ocasión me volvió a invitar a su casa, pero esta vez estaríamos solos.

La cena estuvo magnífica y me hizo elegir el vino de una bodega ubicada en un pequeño sótano de la casa. Verdaderamente, la vinoteca era espléndida. Después de cenar me invitó a conocer la casa, circuito que culminó en el amplio y cómodo dormitorio.

Mientras fumábamos y reposábamos me dijo que en un par de días me haría llegar la invitación a una fiesta muy original. A la misma todos concurrirían con indumentaria apropiada para una gala, así que me sugirió ir con lo mejor que tuviera en el ropero.

El lugar de la fiesta era en una hermosa y grande casa plantada en el centro de una finca solitaria. Como se me había anticipado, había muchas personas elegantemente vestidas y cuidados maquillajes. Las luces no eran escasas, pero si cambiantes y móviles permanentemente, a veces relampagueantes; un sistema que realzaba las figuras y los arreglos femeninos. Todos tomaban sin mayor precaución bebidas exquisitas y caras.

Julieta, mi compañera, que además de bella era simpática y locuaz, me presentó de a una a sus amigas que no le iban en zaga. En un momento, una morocha sugestiva me toma de la mano y me lleva a bailar un tema relativamente lento y sensual. Me apretó todo lo que pudo y al final me cruzó la boca con un beso exagerado que me dejó una ridícula marca de rouge. Hice lo posible por volver pronto al lado de Julieta para explicarle mi participación involuntaria, pero cuando llegué ella no paraba de reírse de mí y de mi sorpresa. Antes que pudiera hablar, una rubia exageradamente ataviada me agarra de la corbata y me lleva a bailar, concluyendo peor que la otra.

Inmediatamente me acerqué a Julieta, instante en que luces claras y fuertes se encendieron impulsando un aplauso jocoso y estentóreo que me tenía por destinatario. Saludaban así a quién podría llegar a ser un nuevo miembro de aquella cofradía, mientras que el baile inesperado era parte de sorpresa para mí y oportunidad de observación de los demás y de tomar fotografías.

Cuando Julieta paró de reír atinó a decirme: “¿conocías a las chicas que conquistaste?”. ¡No, no, te juro que no!, respondí todavía confundido.

“Bueno, te explico: la belleza que te apretó primero, es un travesti que durante el día se desempeña como gerente de una empresa importante. La segunda tan bien emperifollada, aunque exagerada creo, es una drag queen que tiene bastante éxito en un ambiente recóndito. Así que, querido amigo, ya te inauguraste en la homosexualidad disfrazada. Vi que los besos los respondiste con alguna pasión”, Julieta no paraba de reír burlonamente de mi gesto de asombro.

Luego de limpiarme la cara de todo el maquillaje transferido, volví a Julieta que ahora integraba la conversación de un grupo, al que me incorporé sonriente y callado.

Ella me tomó del brazo y caminando al lado me orientó al jardín hermoso y prolijo. Poco después de estar afuera comprendí que el humo que había respirado adentro no correspondía a cigarrillos comunes.

“Enseguida, cuando volvamos, te voy a presentar a los otros. Seguramente te resulten extraños y son extraños para el común. Se trata de un grupo sin problemas económicos, abierto y absolutamente desprejuiciado que sólo repele la violencia, las mentiras y la vulgaridad. Te puedes acostar con cualquiera, hombre o mujer, solo o en grupo. Tu única obligación es no hablar afuera nada de nada. Si alguien lo hace, con seguridad que se enteran y pueden reaccionar con respuestas muy desagradables. En un par de meses seguramente se hará otra reunión a la que puedo invitarte, si te interesa. Piénsalo tranquilo y luego me contestas, pero, por favor, no olvides que de esto o de a quién viste acá no puedes decir absolutamente nada afuera. Te aclaro que yo, que te invité, respondo por tu silencio y me tengo que hacer cargo de las consecuencias por cualquier infidencia tuya. Si alguna vez alguien te preguntara cualquier cosa, solamente debes contestar que ignoras todo, incluso cualquier detalle por nimio que parezca”.

El descenso de la temperatura indicó volver al salón. Allí ya se notaba que cada cual iba ubicándose con quién quería o podía. No había nada de violencia, ni reproches, todos se conformaban con su suerte y con los resultados de sus intentos, aunque fueren fallidos.

Con Julieta recibimos las más variadas propuestas y cada una provocaba que ella me indagara sobre si quería aceptar o no.

Le dije que mi inexperiencia en aquel ámbito me sugería pedirle que me llevara despacio hasta que me sintiera más confiado. Entonces decidió mostrarme la casa y sus dependencias.

El recorrido por las diversas estancias resultaba fellinesco, cada puerta que se abría deparaba una sorpresa. Orgías de hombres, de mujeres, de mujeres y hombres, parejas variopintas, alcohol, drogas diversas, sala para voyeur, en fin, creo que no faltaba nada. En las habitaciones nadie se sorprendía, podían invitarte a participar o simplemente ignorarte para continuar la rutina que eligieron.

En un momento coincidimos en irnos a la casa de ella y allí llevar a cabo un ritual tradicional.

Con Julieta no tuvimos ningún contacto posterior y supuse que se trató para ella de una rara aventura que pasó al olvido. Pero no, hubo luego un día que nuevamente alguien golpeaba a mi puerta para entregarme la invitación que refirió Julieta. Lleno de dudas intenté contactarla y, esta vez si, ella contestó el teléfono.

Como siempre simpática y sonriente, me confirmó la invitación que había recibido a consecuencia de haber traspuesto el umbral de aceptación del grupo, nada más que eso. La aceptación implicaba cierta deliberación previa que admitía mi ingreso y la garantía personal de Julieta respondiendo por mi cumplimiento de todas las reglas del extraño grupo. Me dijo que estaba con el marido y me pidió que esa noche los acompañara a cenar en un restorán prestigioso.

Nos encontramos los tres en el lugar previsto, donde contaban con una mesa reservada con anterioridad. Cuando llegué ellos me esperaban ya sentados frente a copas de jerez en la mesa, incluso la que me correspondía. Saludé afectuosamente escondiendo la intriga y curiosidad que me invadía y procuré ser neutro en el trato, hasta que el marido me sugirió que me sintiera cómodo con ellos, ya que no guardaban secretos entre sí. Julieta dijo que pronto sería la nueva fiesta, preguntándome si estaba decidido a concurrir, en cuyo caso iríamos los tres juntos. Respondí que si, sin ocultar que me resultaba extraña la reunión, pero agradable y original, una experiencia inédita e inesperada. También ratifiqué el cumplimiento de la confidencialidad requerida.

Cenamos frugalmente con muy buena bebida y, al finalizar, me hicieron saber que ellos me buscarían para llevarme el día de la fiesta.

Para mí esas experiencias resultaban extrañas, absolutamente inexplicables los motivos que habrían inducido mi relación íntima y particular con Julieta, la pasividad del marido y mi probable inclusión en el esotérico grupo. No podría negar cierto temor que se ocultaba tras la enorme curiosidad por saber la verdadera naturaleza del grupo, la razón de las perversiones explícitas y la finalidad real de todo aquel misterio guardado bajo siete llaves.

El día y hora previsto llegamos al mismo lugar de la reunión anterior. Caminamos juntos hacia la entrada donde nos esperaba una pareja que nos recibió amablemente. Entre ellos todos se besaron en la boca cariñosamente.

La ambientación era la conocida y yo permanecía prevenido de sorpresas que esta vez no hubo. Tenía a mano la excusa amable para evitar bailes imprevistos. En un momento inesperado para mí, las luces volvieron a aclararse y los comensales se fueron ubicando ordenadamente formando un círculo grande a mi alrededor. Yo procuraba mantenerme tranquilo, sonriente giré saludando a todos mostrando mi disposición para aceptar la broma que presumía.

En el lento giro pude reconocer a varias personas importantes y destacadas socialmente. Me tranquilizó parcialmente aquellas presencias, pero mi prevención iba en aumento. Completado el giro me detuve enfrentando a una pareja que ahora vestían capas oscuras. Tanto el hombre como la mujer aparentaban aproximadamente setenta años de edad. Aquella presencia seguida de un silencio sepulcral me resultó algo estremecedor y creo que se notaba mi sensación de sorpresa.

La pareja encapotada avanzó algunos pasos hacia mí y el hombre de gruesa voz me sugirió tranquilizarme. Levantó los brazos para indicar el comienzo de la ceremonia estrafalaria, luego me enfrentó vociferando mi nombre completo; después me enteraría que lo hacía para que todos supieran de mí y no quedaran dudas de ello. Luego, también a viva voz, hizo un sorprendente repaso de todas mis circunstancias personales, seguramente para hacerme saber que había sido cuidadosamente investigado.

A esa etapa la siguió un breve silencio para que se supiera si alguien del grupo rechazaba mi ingreso y luego recordar que, cualquiera fuese la decisión de ellos o la mía, subsistía el compromiso de confidencialidad de todo lo que sucediera, conociera o escuchara.

El hombre que oficiaba de maestre, esperó el silencio absoluto para avanzar a mi encuentro en el centro del círculo formado por los comensales. Se detuvo a un metro de distancia y habló con voz fuerte y grave indicándome que no debía interrumpirlo, ni hablar hasta que se me autorizara a hacerlo. Yo, mudo, me limitaba a mirarlo a los ojos sin moverme.

Cuando lo consideró oportuno habló admonitoriamente: “Se te concede el privilegio de ingresar a la Orden de Tiresias que conformamos los presentes y otras pocas personas ahora ausentes, pero que quizás las llegues a conocer en el futuro.

Según los griegos, Tiresias fue hijo del pastor Everes y de la ninfa Chariclo. En distintos momentos de su existencia gozó de la condición de hombre, luego fue un periodo mujer y finalmente volvió hombre. Ciego para lo terrenal, pero adivino certero respecto del futuro, también fue un gran clarividente que vivió durante siete generaciones en la ciudad de Tebas.

Todas sus virtudes son alabadas por la Orden y practicadas por sus miembros. Sus reglas son estrictas y su cumplimiento vigilado tan severamente como castigadas las infracciones que, advierto, no se nos pueden ocultar.

Ahora debes callar, después pensar y luego contestar si deseas realmente integrarte a la Orden que conformamos. Tu deseo final se lo expresarás a tu tutora, quién nos lo transmitirá, liberándose con ello de sus responsabilidades actuales respecto de tu persona. Si aceptas no hay vuelta atrás. Si no aceptas, todo lo que has visto y oído nunca existió.

Damos por finalizada la ceremonia de aceptación preliminar y pronunciadas las prevenciones que paso a recordar: silencio absoluto de la Orden; ninguna mentira; nada de violencia, física o verbal; necesidad de permiso expreso para desvincularse. Tú decidirás.”

El maestre volvió a levantar sus manos y desprendió su capa, indicando con ello que la reunión tomaba su ritmo habitual.

Sin salir totalmente de mi asombro me dirigí lentamente hacia Julieta y su marido. Cuando llegaba ella dijo: “Esto es así, nada hay que agregar. Tienes una semana para responder y concluir esta etapa; seguramente que meditarás profundamente lo que se te ha dicho y definirás tu respuesta en forma concreta. Si o no”.

Julieta y su esposo no dejaban de sonreír y de mostrarse agradables conmigo. Dos hombres se acercaron, uno tomó de la mano al marido de Julieta y lo orientó hacia el interior del jardín; mientras el otro pretendió hacer lo propio con ella.

Amablemente la mujer lo rechazó justificándose por mi compañía. Bebimos, bailamos y finalmente nos acurrucamos solos en una pequeña pieza llena de almohadones. Mas tarde me sentí incomodo y algo mareado, tal vez por la bebida y la densa atmosfera colmada de sahumerios, marihuana y algo más, que respirábamos. Julieta entonces me llevó a casa y se fue.

Yo no podía pensar con claridad, lamentaba que ella se fuera, pero deseaba acostarme y dormir sin demora, sabiendo que el sueño tardaría por mi estado mental y cierta taquicardia. Para entretenerme usé Google para informarme de Tiresias y, efectivamente, constaté que se trata de un personaje mitológico transexual, bastante complejo, escuetamente bien descripto por el maestre.

Finalmente me dormí y tuve ensueños desagradables relacionados con la experiencia vivida y la mitología que jamás antes me interesó. Tuve una prolongada resaca y recién al segundo día pude pensar normalmente. Recordé que me tocaba responder si aceptaba el ingreso a la Orden o no, lo que debía comunicar a Julieta dentro de la semana para evitarle perjuicios.

El grupo esotérico me resultaba interesante y las bacanales que organizaban las consideré originales y divertidas. Pero no podía negar que, permanecer indefinidamente en esa secta secreta y rigurosa, podría ser incómodo o un riesgo desconocido. Las personas que pude reconocer eran poderosas, política y económicamente influyentes, de las que sería difícil desprenderse indemne.

Finalmente decidí abstenerme y comunicarlo francamente a Julieta. Cuando lo hice evidentemente le desagradó, fue cortante en su respuesta y brusca en su despedida. No obstante, me sentí tranquilo y sin dudar del acierto en la elección.

Luego volví a pensar en el “carnaval” y de allí pasé a preguntarme si toda aquella gente se disfrazaba realmente dentro o fuera de la Orden. Así un circunspecto juez, en la reunión correteaba como un fauno desnudo algunas ninfas no muy jóvenes; un ministro manoseaba al hombre que tuviera cerca y el jefe de policía besuqueaba al jovencito que servía tragos. Otros simplemente conversaban sin discutir. En fin, había varios con poder diverso de los que no sería conveniente soportar sus disgustos.

También se me ocurrió que todo aquello era una fantochada erótica cuyo desconocimiento público me hacía dudar; era raro que esa organización se mantuviera desconocida a pesar del cuidado silencio. A los pocos días de comunicarle a Julieta mi decisión de no participar, recibí la visita de dos individuos fornidos que había visto en las reuniones, los que amablemente me preguntaron por qué no quería integrarme, haciéndome saber que aún podría intentarlo. Insistí en mi negativa que admitieron y se despidieron cortésmente. Todavía creo que la visita fue un disimulado recordatorio de la conveniencia de no comentar nada, según se me exigió desde el principio. Realmente lograron su cometido.

No tardó demasiado Julieta en reaparecer. Vino a casa mostrándose agradable nuevamente. Contra lo que presumí, no habló de mi rechazo de permanecer en el extraño grupo. Me pidió algo de beber evidenciando que quería permanecer y hablar. Me dijo que, luego de meditarlo, entendía acertada mi decisión de no ingresar definitivamente a la Orden, que actualmente también la agobiaba, no sabía qué hacer para salir.

Si bien ella aparentaba sincera, no me atreví a creer su relato pensando que solamente me estaba probando y pretendiendo sonsacar la verdadera razón de mi negativa, para informar luego al grupo. Le manifesté entonces que, previendo en mi esa imposibilidad asfixiante que ella sufría, yo no quería afrontarla prefiriendo no ingresar, respetando al pie de la letra mi compromiso de confidencialidad. Incluso agregué que entendía que la conversación que manteníamos nos estaba vedada y se sabría por los poderes de clarividencia que decían poseer.

Julieta acompañó con un gesto de hastío su comprensión de que yo dudara de su sinceridad. Evidenciando congoja se retiró luego de manifestar que nuestra relación íntima había cambiado totalmente su criterio sobre la Orden.

Yo procuré retornar a mi vida sin sobresaltos y sacarme de la cabeza aquel periplo tan original que, más tarde, asocié a un par de películas viejas donde hubo algunas escenas similares a instantes vividos en la Orden.

Pasado algún tiempo, al entrar a casa, vi una carta que fue pasada por debajo de la puerta. La remitente era Julieta y me decía que ponía en mis manos la prueba de su deseo espontáneo de salir de aquella cofradía y pretendía conversar conmigo algunos aspectos que nos interesaban a ambos. Para ese fin viajaría a un lugar lejano y se hospedaría donde yo podría contactarla sin compromiso. Por cierto, que absolutamente intrigado y atraído por ella, viajé y me alojé donde se me ocurrió y allí mismo nos reunimos luego. Casi inmediatamente fuimos a la cama y luego me invitó a ducharnos juntos.

Cuando volvimos a la cama dijo que ansiaba encontrarme así, pero también, con su desnudez y baño, hacerme saber que no portaba ningún dispositivo que pudiera receptar lo que se hablara o sucediera. Consideró necesario contarme cómo fue que su marido, actualmente homosexual, la introdujo en el círculo donde ella hizo de todo.

Yo fui invitado para comprometer mi silencio, porque el borracho que ayudé informó que no sabía cuanto pudo contarme en aquel estado. Entonces el grupo desplegó sus influencias para una breve pero profunda investigación de mi persona y dispuso que fuera llevado a su seno. Lo demás era conocido y, sin duda, ella ofició de anzuelo.

Dijo que el grupo que integraba la Orden era económicamente poderoso, de infinita influencia y que operaba de nexo con otros más potentes y peligrosos; probablemente algún cartel narco, verdadera fuente de recursos.

Las festicholas impúdicas, donde se eludían todo tipo de prejuicios, inhibiciones o vergüenzas, estaba ideadas para comprometer silencios y otras obligaciones. A nadie le convenía hablar afuera de lo que sucedía adentro, de tal modo que los sujetos así comprometidos callaban los favores que debían retribuir a los desconocidos, según las ordenes que bajaban como sugerencias circunstanciales por vías desconocidas.

Mi caso, tanto el ingreso como el rechazo, nunca fue bien digerido y mucho menos podía considerárselo concluido. Julieta dijo que creía fundadamente que yo, ella y su marido estábamos en peligro. El esposo por irresponsable que no controlaba su alcoholismo; ella por su cercanía y yo por desconocido, hasta ahora inasible.

Después del extenso relato, con tono intimista dijo que conmigo había experimentado una sensación acogedora. Que la había tratado con respeto y la había inducido a volver a un pasado que, sin saberlo, añoraba. La pura genitalidad ambivalente que le procuraba su marido y los miembros de la Orden, absolutamente despersonalizada y desechable, como el instructivo que regía su vida, la agobiaba y permanecía sin darse cuenta. Luego de reencontrarse con una relación sin sofisticaciones, simple, con cariño y privacidad como la nuestra, había comprendido que las orgías y la prostitución que aquel grupo procuraba, tenía por fin principal el compromiso de sus miembros. Confesó que el paso de los días hacía más y más insoportable una permanencia que no sabía cómo concluir. Dijo que tenía miedo.

Julieta me atraía, pero no imaginaba cómo podría ayudarla, por lo que propuse pensar más pausadamente qué hacer. Nos separamos con cautela acordando no usar teléfonos, ni mostrarnos juntos mientras tanto.

La Orden ya no confiaba en el borracho entendiendo que, un individuo que periódicamente pierde el control de su persona y de sus palabras, es peligroso en grado extremo.

Un extraño accidente ocasionó la muerte del marido de Julieta; según trascendió, en el campamento cordillerano, confundió veneno con un antiácido, tal vez a consecuencia del alcohol ingerido previamente. Para ella y para mí se trató de un asesinato mafioso.

Julieta recibió las condolencias y todo el apoyo del extraño grupo, aunque íntimamente desconfiara de la veracidad. El dramático suceso justificó su aislamiento temporario y su falta de interés por las reuniones. Luego de un plazo prudente, recibí otra carta de ella convocándome en forma similar a la anterior.

Nos reunimos con toda precaución en el cuarto del hotel que yo me hospedaba. Habían trascurrido casi cinco meses de la muerte del marido y ella se mostraba más delgada y preocupada. Pronto me dijo que por una vía impensada le habían confirmado que al marido lo asesinaron sin más vueltas. Que se había considerado qué hacer con Julieta y conmigo y prevaleció la opinión de evitar otros homicidios.

El grupo que integraba la Orden no hablaba, ni tenía certeza del homicidio, pero tampoco dudaba que eso era lo que le pasó al borracho. Hasta ahí, casi tranquilizaba a todos no tener que depender de semejante personaje. Pero más asesinatos por las dudas, seguro que producirían miedo que espantaría a los demás.

Los pequeños hijos de Julieta fueron tenidos en cuenta, pero ella y yo quedábamos bajo observación por algún tiempo.

La charla me produjo más de un escalofrío y comprendí bien el estado de ánimo de ella. Si bien sus sentimientos hacia su marido estaban deteriorados desde mucho antes de su muerte, no era nada fácil soportar en silencio un asesinato sabiendo que su propia integridad también fue evaluada y no estaba completamente a salvo.

Me rogó que no la abandonara en este momento en que su mundo se hizo trizas. No quería desaparecer porque así delataría su conocimiento de las cosas y su temor; de todos modos, huir no era una opción válida frente a los intereses que temía. Para ellos no hay escondite que valga.

Consideramos innecesario también pretender ocultar nuevos encuentros en el futuro, pero no convenía mostrar la naturaleza de nuestra relación, algo que debíamos manejar con cuidado.

Habitualmente me asaltaba el pensamiento desagradable sobre mi situación compleja y delicada; también la circunstancia contingente de aquel encuentro con el marido de Julieta en su bochornoso estado de ebriedad, con total falta de control de su persona. Verdaderamente, tanto el aspecto lamentable que mostraba, absolutamente impropio de un ingeniero de mucha jerarquía en la empresa minera, como la posibilidad cierta de hablar y vociferar inconveniencias, se evidenciaba peligroso para los intereses de la Orden y, consecuentemente, para los de más arriba.

Julieta me agradaba bastante, pero ese sentimiento no alcanzaba para justificar el sobresalto permanente y sin fin a que me encontré sometido. Cargaba con las impensadas consecuencias propias del innecesariamente acomedido. Si lo hubiera dejado tranquilo al borracho tirado en el zaguán, no tendría que soportar esta angustia cotidiana. Después de llevarlo a su casa, caí como un chorlito en la cuidadosa telaraña que fabricaron para atraparme y asegurar el silencio, todo lo que facilitó mi curiosidad malsana. Por suerte que no me metí más rechazando la invitación a integrar la esotérica Orden.

Julieta estaba comprometida de por vida y su disimulado alcoholismo se tornaba una acechanza permanente frente a una adicción relativamente controlada, por ahora; sus hijos eran especialmente tenidos en cuenta por ella, algo que obraba a su favor.

Creí, todavía lo creo, inconveniente para ambos prolongar un vínculo tan conflictivo; un tropezón de cualquiera de los dos podía desatar consecuencias graves e irreparables. Así fue que, lentamente, me fui alejando. No confiaba en ella e ignoraba cuanto de verdad había en lo nuestro o si era sólo una forma de control.

Ya pasaron varios años de aquellos sucesos que todavía me intrigan. Creo que el tiempo y mi silencio diluyeron la responsabilidad pendiente que me preocupó bastante. De la Orden, de Julieta y de sus hijos no supe más nada.

Un día se me ocurrió repentinamente retomar las cavilaciones sobre el carnaval que interrumpí cuando encontré al borracho. Luego de lo vivido y conocido supongo que jamás podré identificar qué es el carnaval, más allá de las mentiras, los disfraces y las apariencias prefabricadas. La Orden fue sólo un corso con mascaritas especiales que poco se diferencian de las que transitan cotidianamente por las calles ¿Quién no está disfrazado realmente?.

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