Por
ejemplo “El Príncipe” de Nicolás Maquiavelo, que inicialmente careció de mayor
trascendencia y fue despreciado por su destinatario, siendo descubierto
circunstancialmente con posterioridad a su muerte; sin embargo, hasta el día de
hoy se lo menciona y muchos políticos procuran valerse aún de las enseñanzas
que rescatan después de quinientos años de existencia. Claro que se trata de un
pensador político más citado que leído realmente, mucho menos, estudiado. El
autor y su pequeña obra, a la que él refería como opúsculo por su breve
dimensión -menos de cien hojas-, fue un observador sagaz y objetivo de los
gobiernos de su época, de los que extrajo defectos y virtudes relacionados a la
adquisición, conservación o pérdida del Poder. Su actualidad, adaptada a
nuestro tiempo, no se discute.
Él
refería a la historia y al presente que le tocó vivir, algo similar a lo que
sucede hoy; no se aventuró sobre el futuro como tampoco lo hacen ahora. Ésta es
nuestra preocupación, ya que en los discursos políticos sólo se encuentran
referencias pobres y erradas al respecto.
Muy
recientemente volví a escuchar en uno de los tantos programas propios del
momento electoral, a una candidata que se introdujo en una de las agrupaciones
que pretenden competir y que, tal vez, sólo aspiran a tomar el Poder o, al
menos, alguna de sus migajas. Displicentemente, contestando un requerimiento de
la conductora, manifestó que sus hijos dentro de unos veinte años, cuando
terminen sus estudios, decidirán sobre lo que vayan a hacer.
En
igual sentido oficialismo y oposición refieren a la explotación de recursos que
rendirán sus frutos en similares plazos. Ninguno duda que la necesaria y
esencial transformación de la educación demandaría, en el mejor de los casos,
un periodo parecido si comenzara ya.
¡Veinte
años! ¿Qué supone cualquiera de nuestros candidatos cómo será el mundo para
entonces? ¿Con qué o con quienes se van a encontrar los hijos que hoy no dudan
en apostar a ciegas?
Creo
que el principal tema que deberíamos pensar, y resolver entre todos, es el
futuro próximo que nos acecha inexorable e impiadosamente. En estas
circunstancias Maquiavelo es irrelevante. Nosotros proponemos tener en cuenta
las enseñanzas de la historia y no olvidar el desquiciado presente; pero propongo
el ejercicio intelectual de atrevernos a suponer el futuro.
No
avanzar demasiado, porque sería imposible con los pocos elementos que tenemos a
nuestro alcance, tal vez apenas a unos quince años que despreocupadamente hoy
referimos, entendiendo que será más o menos lo mismo que hoy. Si fuese así, el
hijo de la candidata que antes señalé, efectivamente dentro de veinte años
habrá concluido sus estudios y podrá decidir qué hacer. Si no lo fuera, creemos
que el hijo para entonces no tendrá posibilidad de decidir nada.
Las
hipótesis que barajan los políticos de cualquier sector giran a mejorar las
virtudes del gobierno actual, o el de turno, y superar los errores, presumiendo
que las demás variables se mantendrán en el modo actual o más o menos así.
Nosotros
podemos compartir ese criterio, continuar nuestras contiendas internas
habituales hasta que nuevos cantos de sirenas endulcen con promesas de
mejoramiento. Pero si, como también es previsible, las variables externas a
nuestro país se modificarán abruptamente ¿Las posibilidades del joven hijo de
la candidata de decidir qué hacer, se mantendrían como ella supone?
Propongo
como ejercicio de responsabilidad indagar sobre algunas variables cuyas prontas
modificaciones son absolutamente previsibles. Aclaro que la corta lista que
señalaré no es taxativa; simplemente son pautas que a mí me preocupan y no
encuentro respuestas convincentes.
|°-
En primer lugar, ubico la denominada explosión demográfica; entendemos la
expresión como: el incremento súbito de la población mundial que necesariamente
acarrea consecuencias socioeconómicas importantes.
Información
al alcance de cualquiera mostrará que, desde el comienzo de los tiempos, hasta
mediados del siglo pasado, se habrían reunido en el mundo unos dos mil
quinientos millones de personas. En sólo setenta años después esa cifra se
triplicó y el incremento continúa acelerándose permanentemente para superar los
siete mil millones.
Esta
inquietud no es nueva ni original. En 1972, en Europa una comisión de
científicos de reconocido prestigio, elaboró el informe conocido como “Los
límites del crecimiento”. El informe fue solicitado por el Club de Roma (1970).
Ambos son fáciles de rastrear en Internet, lo que sugiero concretar.